Por Gustavo J. Cuervo
A veces, la diosa Fortuna nos acecha al borde del camino para quitarnos un sueño largamente deseado, y esta vez me esperaba con su trampa en una cuneta al norte de Pakistán. Había pasado muchos años imaginando cómo sería un viaje por esta ruta mítica, y muchos meses preparando lo que sería la más complicada de las etapas de esta Vuelta al Mundo BMW. Tan difícil y laboriosa que hasta mi buen amigo y muy motero Sebastián Álvaro, director del programa de TVE «Al Filo de lo Imposible» había organizado todo para realizar un programa especial. Trabajamos duro con la inestimable ayuda de Ricard Tomás para conseguir los casi imposibles permisos de entrada en China, implicando a las embajadas, e incluso a las Administraciones centrales de España y China, peleando con Australia para el transporte de las motos hasta Islamabad, reuniendo el recambio mecánico que podríamos necesitar, concretando mil y un detalles... Teóricamente, todo estaba listo para iniciar la gran aventura.
A finales de Mayo, «Sebas», Eduardo Martínez Pisón (catedrático de geografía) Javier Pérez (médico) Toñín (operador de cámara) y el que escribe volamos a Islamabad, allí nos reuniríamos con Ricard y Joan. Una mala jugada del concesionario de Sidney nos retuvo durante una larguísima semana en la capital de Pakistán al no cumplir su compromiso de revisar y enviar las motos en el plazo acordado. Cuando por fin llegaron, necesitamos dos días completos para montarlas, revisarlas, ponerlas en orden de marcha y solucionar los complejos tramites de importación.
Una luminosa mañana partimos de Islamabad rumbo norte con la sonrisa en los labios y el corazón latiendo fuerte ante lo que se avecinaba. Aun no llevábamos ni 200 km cuando unos gallos saltaron a la carretera bajo las ruedas del coche que nos precedía, se sucedieron los frenazos y para evitar colisiones elegí una trayectoria evasiva saliéndome de la ruta. Prácticamente parado al intentar poner pie a tierra y vencido por la inercia, la moto cayo de lado y mi hombro golpeo con un fatídico montículo. Nunca, en 30 años de profesional de la moto, y bastante más del millón de kilómetros por setenta países de los cinco Continentes había sufrido un accidente que me imposibilitara continuar; nunca me había roto un hueso, ¡hasta ahora! La mala fortuna quiso que no siguiera esa racha, no quiso que me admirase ante la contemplación del K-2, ni que volviera a rodar por China. No me dejó vivir uno de los sueños más deseados. Me había roto la clavícula izquierda.
Asumiendo que éste es el tributo que hay que pagar por vivir la aventura, y que ésta es la mejor forma de robarle tiempo a la muerte, inicie el regreso a España (y al quirófano), mientras mis compañeros proseguían hacia el norte penetrando en el Himalaya. Este es su diario, de la mano de Sebastián Alvaro.
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