Andrea Dovizioso y Nicky Hayden, los grandes héroes de la clase trabajadora de MotoGP

En una época de grandes talentos, Dovi y Nicky se han hecho muy grandes.
Nacho González -
Andrea Dovizioso y Nicky Hayden, los grandes héroes de la clase trabajadora de MotoGP
La mítica imagen de Indianápolis 2013, cuando se salieron de pista en la última vuelta (Fotos: Gold & Goose / Ducati)

No había dormido en toda la noche por una intoxicación alimentaria. No salió al warm up para no gastar energías. Aunque estaba en casa, prácticamente nadie contaba con él y, sin embargo, ganó. Cuando cruzó la línea de meta, Andrea Dovizioso casi no se lo podía creer. Había conseguido su tercera victoria en MotoGP, igualando a Nicky Hayden.

Sin trabajo, el talento no sirve de nada. Una verdad tan cierta como que, cuando el talento es innato y descomunal, la mitad del trabajo ya está hecho. En la era MotoGP, se pueden separar seis pilotos cuyo talento les allana el camino: Valentino Rossi, Casey Stoner, Dani Pedrosa, Jorge Lorenzo, Marc Márquez y Maverick Viñales.

Los demás se ven obligados a complementar su innegable talento, de unos niveles más terrenales, con altas dosis de esfuerzo y trabajo para poder rivalizar con ese puñado de genios elegidos. Hay muchos nombres en esa lista: Alex Barros, Sete Gibernau, Loris Capirossi, Marco Melandri, Cal Crutchlow… pero hay dos que, por unos u otros motivos, han ido un paso más allá: Nicky Hayden y Andrea Dovizioso.

Siendo muy distintos sus logros, ambos han alcanzado cotas cuasi impensables para la ‘working class’ de MotoGP; que por lo general no ha ido más allá de robar un puñado de victorias en un breve periodo de tiempo. En el caso de Nicky, lo que destaca es la calidad de su hazaña. En el de Dovi, la cantidad.

La calidad de la hazaña de Hayden es la mayor que cualquier piloto de la clase trabajadora puede soñar: el título de MotoGP. Desde entonces, ningún piloto que no esté dentro del sexteto de talentos ha podido ni tan siquiera acercarse a repetir su proeza.

Puede que Nicky tuviera suerte, que se viese ayudado por una conjunción de factores. Pero lo que es indiscutible es que esa ‘suerte’ le pilló trabajando. Tanto que ni la mala suerte (ver Estoril 2006) le impidió colar su nombre y su 69 en el cielo de MotoGP, debajo del de Valentino Rossi y encima del de Casey Stoner.

Un hito inolvidable que Andrea Dovizioso lleva una década soñando igualar. Nunca ha estado cerca de ganar un título de MotoGP; pese a que, como Hayden, logro llamar la atención del Repsol Honda. Allí estuvo tres años y sólo ganó una carrera –bajo la lluvia de Donington 2009-, siempre a la sombra de inmensos talentos como Pedrosa y Stoner.

En 2012 firmó por el Tech 3, y un año después por Ducati. En poco más de un año se había subido a tres motos, y con todas lograba estar, más o menos delante. Esa es la proeza de Dovi, la cantidad de años que lleva batallando por hacerse un hueco: haberse mantenido siempre justo detrás de la élite, trabajando agazapado, esperando la oportunidad de brillar. Tras cuatro años en Ducati, encontró el premio en Sepang 2016. Allí supo que podía.

Por eso, en Mugello, confió en su moto. Tras un warm up en el que no salió; sintió, como todos, el silencioso escalofrío que recorrió Mugello durante 69 segundos en honor a Nicky Hayden. El estadounidense fue su compañero en Ducati, en un año donde ninguno de los dos pisó el podio. La Desmosedici GP13 estaba muy lejos de Honda y Yamaha, pero ellos siempre encontraban la motivación para trabajar: batir al otro.

Un pique sano por la octava posición final que se llevó Dovi por 14 puntos, y que alcanzó su punto álgido en Indianápolis, cuando ambos se fueron largos en la última vuelta, saltando acompasados el piano rumbo a la escapatoria en una imagen inolvidable. Porque los trabajadores de MotoGP nunca dan una posición por perdida, y tener un piloto delante es motivación suficiente, sea cual sea el puesto en juego.

Por eso, después de esos 69 segundos de silencio en honor a uno de los grandes héroes de la clase trabajadora de MotoGP, Dovizioso guardó fuerzas para la carrera. Mientras, en pista, otros dos trabajadores italianos tocaban la gloria: primero Andrea Migno, un piloto siempre a la sombra de talentos como Romano Fenati o Nicolò Bulega y que se ha hecho hueco a base de trabajo. Después, otro trabajador como Mattia Pasini, que dejó atrás a un talento como Franco Morbidelli para firmar una última vuelta memorable y llevar el delirio a la grada.

Era el día de los trabajadores. Otro más, como Danilo Petrucci, logró resistir a un talento como Rossi para colarse en el podio. Pero la gloria de Mugello estaba reservada al más incansable de los trabajadores de la era MotoGP, con permiso de Nicky Hayden.

Con el 69 en el lateral de su moto, Andrea Dovizioso resistió ante un talento innato como Maverick Viñales y, en casa, logró la mejor de sus victorias. La recompensa al trabajo, y ya van tres en MotoGP. Igual que Nicky.

No había dormido en toda la noche por una intoxicación alimentaria. No salió al warm up para no gastar energías. Aunque estaba en casa, prácticamente nadie contaba con él y, sin embargo, ganó. Cuando cruzó la línea de meta, Andrea Dovizioso casi no se lo podía creer. Había conseguido su tercera victoria en MotoGP, igualando a Nicky Hayden.

Sin trabajo, el talento no sirve de nada. Una verdad tan cierta como que, cuando el talento es innato y descomunal, la mitad del trabajo ya está hecho. En la era MotoGP, se pueden separar seis pilotos cuyo talento les allana el camino: Valentino Rossi, Casey Stoner, Dani Pedrosa, Jorge Lorenzo, Marc Márquez y Maverick Viñales.

Los demás se ven obligados a complementar su innegable talento, de unos niveles más terrenales, con altas dosis de esfuerzo y trabajo para poder rivalizar con ese puñado de genios elegidos. Hay muchos nombres en esa lista: Alex Barros, Sete Gibernau, Loris Capirossi, Marco Melandri, Cal Crutchlow… pero hay dos que, por unos u otros motivos, han ido un paso más allá: Nicky Hayden y Andrea Dovizioso.


Siendo muy distintos sus logros, ambos han alcanzado cotas cuasi impensables para la ‘working class’ de MotoGP; que por lo general no ha ido más allá de robar un puñado de victorias en un breve periodo de tiempo. En el caso de Nicky, lo que destaca es la calidad de su hazaña. En el de Dovi, la cantidad.

La calidad de la hazaña de Hayden es la mayor que cualquier piloto de la clase trabajadora puede soñar: el título de MotoGP. Desde entonces, ningún piloto que no esté dentro del sexteto de talentos ha podido ni tan siquiera acercarse a repetir su proeza.

Puede que Nicky tuviera suerte, que se viese ayudado por una conjunción de factores. Pero lo que es indiscutible es que esa ‘suerte’ le pilló trabajando. Tanto que ni la mala suerte (ver Estoril 2006) le impidió colar su nombre y su 69 en el cielo de MotoGP, debajo del de Valentino Rossi y encima del de Casey Stoner.


Un hito inolvidable que Andrea Dovizioso lleva una década soñando igualar. Nunca ha estado cerca de ganar un título de MotoGP; pese a que, como Hayden, logro llamar la atención del Repsol Honda. Allí estuvo tres años y sólo ganó una carrera –bajo la lluvia de Donington 2009-, siempre a la sombra de inmensos talentos como Pedrosa y Stoner.

En 2012 firmó por el Tech 3, y un año después por Ducati. En poco más de un año se había subido a tres motos, y con todas lograba estar, más o menos delante. Esa es la proeza de Dovi, la cantidad de años que lleva batallando por hacerse un hueco: haberse mantenido siempre justo detrás de la élite, trabajando agazapado, esperando la oportunidad de brillar. Tras cuatro años en Ducati, encontró el premio en Sepang 2016. Allí supo que podía.

Por eso, en Mugello, confió en su moto. Tras un warm up en el que no salió; sintió, como todos, el silencioso escalofrío que recorrió Mugello durante 69 segundos en honor a Nicky Hayden. El estadounidense fue su compañero en Ducati, en un año donde ninguno de los dos pisó el podio. La Desmosedici GP13 estaba muy lejos de Honda y Yamaha, pero ellos siempre encontraban la motivación para trabajar: batir al otro.


Un pique sano por la octava posición final que se llevó Dovi por 14 puntos, y que alcanzó su punto álgido en Indianápolis, cuando ambos se fueron largos en la última vuelta, saltando acompasados el piano rumbo a la escapatoria en una imagen inolvidable. Porque los trabajadores de MotoGP nunca dan una posición por perdida, y tener un piloto delante es motivación suficiente, sea cual sea el puesto en juego.

Por eso, después de esos 69 segundos de silencio en honor a uno de los grandes héroes de la clase trabajadora de MotoGP, Dovizioso guardó fuerzas para la carrera. Mientras, en pista, otros dos trabajadores italianos tocaban la gloria: primero Andrea Migno, un piloto siempre a la sombra de talentos como Romano Fenati o Nicolò Bulega y que se ha hecho hueco a base de trabajo. Después, otro trabajador como Mattia Pasini, que dejó atrás a un talento como Franco Morbidelli para firmar una última vuelta memorable y llevar el delirio a la grada.

Era el día de los trabajadores. Otro más, como Danilo Petrucci, logró resistir a un talento como Rossi para colarse en el podio. Pero la gloria de Mugello estaba reservada al más incansable de los trabajadores de la era MotoGP, con permiso de Nicky Hayden.

Con el 69 en el lateral de su moto, Andrea Dovizioso resistió ante un talento innato como Maverick Viñales y, en casa, logró la mejor de sus victorias. La recompensa al trabajo, y ya van tres en MotoGP. Igual que Nicky.


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