El día más triste de Kevin Schwantz

El día en que Wayne Rainey se lesionó en Misano, el Mundial perdió a dos grandes pilotos. Rainey, por razones obvias, nunca regresó a los circuitos. Schwantz sí lo hizo, pero acosado por los remordimientos no volvió a ser el mismo.
Marta Gastón Fotos: Gold&Goose -
Fotos: MPIB

“Ha sido algo con lo que he soñado cada día de mi vida desde hace un buen puñado de años, pero renunciaría a ello si con eso Wayne Rainey estuviese de vuelta entre nosotros”. Una semana después de que el paddock conociese la gravedad de la lesión de Rainey, Kevin Schwantz realizaba estas declaraciones en el Gran Premio de Laguna Seca. Las heridas del de Yamaha convertían automáticamente en campeón a su archienemigo, pero el 34 tuvo que esperar hasta la carrera del Jarama para ganar de forma oficial la corona.

En España, Schwantz por fin lograba aquello por lo que había estado luchando tantos años. La ausencia del californiano en la parrilla de salida le coronaba como nuevo rey de la clase reina y le permitía tocar la gloria; aquella que, una veces por falta de regularidad otras por la ausencia de una máquina competitiva, el campeonato siempre le había negado. “Es como si me hubiese quitado un enorme peso de encima”, aseguraba una vez terminada la prueba. La alegría por la consecución del entorchado, sin embargo, no fue completa. Había ganado el Mundial, sí, pero sin su archienemigo y compatriota en pista. Y eso pesaba demasiado.

Catorce carreras antes las sensaciones eran muy diferentes. Schwantz llegaba a Australia, la primera cita del curso, pletórico y lleno de confianza: “Entrenamos mucho y bien en la pretemporada. Las motos a penas nos dieron problemas y los tiempos empezaron a salir desde el principio. Además, las noticias que nos llegaban de nuestros rivales apuntaban a que ellos tenían problemas serios”. Las buenas sensaciones se refrendaron en carrera, donde el tejano logró la victoria por más de tres segundos de ventaja.

Pese a que Rainey se hizo con los siguientes dos triunfos (Malasia y Japón), Kevin regresó a la senda del éxito en España y Austria y fue segundo en Alemania, por detrás de Daryl Beattie. Cuando el Mundial recaló en Assen, el yankee se aupó nuevamente al escalón más alto del podio. Se trataba de la cuarta victoria de la temporada y, a la postre, la última que conquistaría ese año.

Superado el ecuador del certamen, el 34 lideraba la clasificación provisional con una buena renta sobre Rainey. Doohan, cuarto, ya se había resignado a no poder inmiscuirse en la lucha por la corona. A partir de Montmeló, sin embargo, Rainey encadenó una serie de buenos resultados que le permitirían recortar distancias. El colofón llegó en Brno, donde gracias a un nuevo triunfo el tricampeón le adelantó en la provisional. Schwantz, que venía de no puntuar en Donington Park (Doohan se llevó por delante a Barros y éste a su vez hizo lo propio con el tejano), solo pudo ser quinto.

Con solo tres carreras por disputar y 75 puntos en juego, Rainey contaba más papeletas que Schwantz para coronarse. Disponía de una ventaja de 11 puntos y, además, el calendario le favorecía. Por ello, cuando el Mundial recaló en Misano a nadie le extrañó que el de Yamaha se alzara con el segundo mejor tiempo en los entrenamientos, por el cuarto del de Suzuki. Un día más tarde, el cinco de septiembre, llegó la fatídica caída. Rainey se fue al suelo mientras lideraba la prueba y quedó paralizado de cintura para abajo. Su lucha por el Mundial había terminado. Su carrera también. “Esto le podría haber pasado yendo en un scooter a por el pan, pero él sabe que ha sucedido mientras luchaba en una carrera, mientras hacía lo que más le gustaba” contaba días después Kenny Roberts.

El final de la historia en conocido por todos: Schwantz recuperó el liderato en Italia (fue tercero) y ya no lo cedió más. De esta forma, el piloto más carismático y querido por la afición pasó de eterno aspirante a campeón por derecho propio. La victoria final, sin embargo, no pudo borrar de su menta la idea de que no se merecía por completo el título. La ausencia del californiano en pista le impidió disfrutar plenamente de su éxito y le trastocó de tal manera que ya nunca más volvió a ser el mismo.

Un año y pocos meses después del accidente de que gran adversario, Schwantz colgaba el mono. La decisión la tomó tras disputar el GP de Suzuka, trazado en el que solo pudo ser sexto. De vuelta a casa, en el avión que lo llevaría a Estados Unidos, el tejano coincidió con Rainey, quien le aconsejó abandonar la competición si tenía la sensación de estar corriendo por satisfacer a otros.

Y así lo hizo. En Mugello, Kevin convocó a la prensa y anunció su retirada. Con los ojos llenos de lágrimas confesó que “no podía evitar mirar de reojo los guardarraíles y pensar que estaban demasiado cerca”. El Mundial perdía a uno de sus estandartes y, como homenaje, la organización decidió retirar de forma permanente su dorsal, el número 34.

“Ha sido algo con lo que he soñado cada día de mi vida desde hace un buen puñado de años, pero renunciaría a ello si con eso Wayne Rainey estuviese de vuelta entre nosotros”. Una semana después de que el paddock conociese la gravedad de la lesión de Rainey, Kevin Schwantz realizaba estas declaraciones en el Gran Premio de Laguna Seca. Las heridas del de Yamaha convertían automáticamente en campeón a su archienemigo, pero el 34 tuvo que esperar hasta la carrera del Jarama para ganar de forma oficial la corona.

En España, Schwantz por fin lograba aquello por lo que había estado luchando tantos años. La ausencia del californiano en la parrilla de salida le coronaba como nuevo rey de la clase reina y le permitía tocar la gloria; aquella que, una veces por falta de regularidad otras por la ausencia de una máquina competitiva, el campeonato siempre le había negado. “Es como si me hubiese quitado un enorme peso de encima”, aseguraba una vez terminada la prueba. La alegría por la consecución del entorchado, sin embargo, no fue completa. Había ganado el Mundial, sí, pero sin su archienemigo y compatriota en pista. Y eso pesaba demasiado.

Catorce carreras antes las sensaciones eran muy diferentes. Schwantz llegaba a Australia, la primera cita del curso, pletórico y lleno de confianza: “Entrenamos mucho y bien en la pretemporada. Las motos a penas nos dieron problemas y los tiempos empezaron a salir desde el principio. Además, las noticias que nos llegaban de nuestros rivales apuntaban a que ellos tenían problemas serios”. Las buenas sensaciones se refrendaron en carrera, donde el tejano logró la victoria por más de tres segundos de ventaja.


Pese a que Rainey se hizo con los siguientes dos triunfos (Malasia y Japón), Kevin regresó a la senda del éxito en España y Austria y fue segundo en Alemania, por detrás de Daryl Beattie. Cuando el Mundial recaló en Assen, el yankee se aupó nuevamente al escalón más alto del podio. Se trataba de la cuarta victoria de la temporada y, a la postre, la última que conquistaría ese año.

Superado el ecuador del certamen, el 34 lideraba la clasificación provisional con una buena renta sobre Rainey. Doohan, cuarto, ya se había resignado a no poder inmiscuirse en la lucha por la corona. A partir de Montmeló, sin embargo, Rainey encadenó una serie de buenos resultados que le permitirían recortar distancias. El colofón llegó en Brno, donde gracias a un nuevo triunfo el tricampeón le adelantó en la provisional. Schwantz, que venía de no puntuar en Donington Park (Doohan se llevó por delante a Barros y éste a su vez hizo lo propio con el tejano), solo pudo ser quinto.

Con solo tres carreras por disputar y 75 puntos en juego, Rainey contaba más papeletas que Schwantz para coronarse. Disponía de una ventaja de 11 puntos y, además, el calendario le favorecía. Por ello, cuando el Mundial recaló en Misano a nadie le extrañó que el de Yamaha se alzara con el segundo mejor tiempo en los entrenamientos, por el cuarto del de Suzuki. Un día más tarde, el cinco de septiembre, llegó la fatídica caída. Rainey se fue al suelo mientras lideraba la prueba y quedó paralizado de cintura para abajo. Su lucha por el Mundial había terminado. Su carrera también. “Esto le podría haber pasado yendo en un scooter a por el pan, pero él sabe que ha sucedido mientras luchaba en una carrera, mientras hacía lo que más le gustaba” contaba días después Kenny Roberts.


El final de la historia en conocido por todos: Schwantz recuperó el liderato en Italia (fue tercero) y ya no lo cedió más. De esta forma, el piloto más carismático y querido por la afición pasó de eterno aspirante a campeón por derecho propio. La victoria final, sin embargo, no pudo borrar de su menta la idea de que no se merecía por completo el título. La ausencia del californiano en pista le impidió disfrutar plenamente de su éxito y le trastocó de tal manera que ya nunca más volvió a ser el mismo.

Un año y pocos meses después del accidente de que gran adversario, Schwantz colgaba el mono. La decisión la tomó tras disputar el GP de Suzuka, trazado en el que solo pudo ser sexto. De vuelta a casa, en el avión que lo llevaría a Estados Unidos, el tejano coincidió con Rainey, quien le aconsejó abandonar la competición si tenía la sensación de estar corriendo por satisfacer a otros.

Y así lo hizo. En Mugello, Kevin convocó a la prensa y anunció su retirada. Con los ojos llenos de lágrimas confesó que “no podía evitar mirar de reojo los guardarraíles y pensar que estaban demasiado cerca”. El Mundial perdía a uno de sus estandartes y, como homenaje, la organización decidió retirar de forma permanente su dorsal, el número 34.


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