Michael Dunlop: “Los bancos llegaron reclamando nuestra casa”

En esta segunda parte, Michael Dunlop vuelve a hablar con claridad de los problemas a los que se ha enfrentado. Depresión, un techo sobre sus cabezas…
Carlos Domínguez -
Foto: MPIB

Ayer os hacíamos llegar el primer extracto publicado por Belfast Telegraph del nuevo libro de Michael Dunlop, Road Racer: it’s in my blood. La historia sobre cómo vivió la muerte de su padre durante la North West 200 de 2008 llegó ayer a decenas de miles de aficionados que leyeron, con calma, las palabras del piloto norirlandés. El mismo diario publica además ahora una segunda parte en la que el pequeño de los Dunlop habla con claridad y sin filtros sobre la dura situación económica que pasaron o la depresión que sufrió. A partir de aquí, palabra de Michael.

A finales de 2013 decidí colgar el mono, para bien. Dejar las carreras tenía todo y nada que ver con los aspectos económicos. Sí, estaba cabreado con Honda, pero aquello era sólo la punta del iceberg. Lo que tenía lugar en mi cabeza era lo que hundiría el Titanic.

El problema, admito ahora a toro pasado, es que nunca me enfrento a los problemas tal como me llegan. Quizás, si le hubiera explicado a Honda para lo que necesitaba el dinero, hubieran ofrecido un contrato enfocado a mis necesidades. Porque no quería más pasta para gastármelo en cervezas, sólo quería que mi madre no se quedara sin techo.

Pedí más dinero sólo para poder pagar la casa para mi madre.

En 2013 nos quedamos sin tiempo. El administrador llamó a la puerta diciendo que los bancos habían reclamado la casa. Mi madre estaba sola cuando llegaron. Les hubiera dado si hubiera estado allí, a pesar de que sólo estuvieran haciendo su trabajo. No puedes aterrorizar a alguien de esa manera. Teníamos que hacer las maletas y dejar la casa, tal cual, sin más miramientos. Encontramos sitios donde quedarnos que nunca podrías llamar “hogar”.

Dejé que los problemas se apilaran, ahora lo sé. Cuando estaba corriendo lo hacía tan bien que el mundo real nunca llegaba a tocarme. Ignoré todo el lío montado por la casa, con la herencia de papá, su entierro, todo. Me negaba, simple y llanamente. Llamaban todos los días a la puerta para pedir la devolución de la deuda, pero mientras estuviera en los circuitos no me podía tocar. No se podía meter en mi casco. Ahí no hay teléfono. Pero a finales de año, cuando me quité el casco, se abrieron las compuertas de la presa y, aunque yo me veía como Moisés dividiendo las aguas, el torrente estaba a punto de pillarme del todo.

Estaba perdido hasta tal punto que no sabría donde acabaría. Teníamos mil cosas a la vez y me llegaban palos por todas partes. Empieza poco a poco y luego se acumula. Cuando tantos problemas te llegan así, es difícil ver lo positivo entre tanto golpe.

Cuando llegó lo de Honda ya ni me molestaba en pelear. No podía ver la luz al final del túnel. No me daba cuenta pero la competición era mi soporte, lo que me mantenía. Había alcanzado tal altura en 2013, que el suelo estaba muy, muy lejos. Y me sentía cayendo sin paracaídas.

Tras el no de Honda, ya ni peleaba.

Nunca hablé con nadie sobre lo que estaba pasando. Soy un hombre en un mundo de hombres. La única persona con la que pude hablar de esto hasta ahora, aparte de mis perros, era yo mismo. No lo sabe nadie. Será interesante ver cómo sienta… no puedo ser el único hombre que sintió que perdía todo y al mismo tiempo no hacía nada por evitarlo, el único chaval que se ha sentido en mitad de un huracán y sólo quiere acurrucarse escondido.

A principios de 2014 las cosas no pintaban bien. Vendí mis motos o las guardé en alguna parte. Los bancos iban a subastar la casa de mi madre. No había nada en el horizonte en lo que mereciera la pena fijarse, simplemente no me interesaba. Aun así el teléfono siguió sonando, yo ignoraba la llamada y luego miraba qué número era. Me di cuenta de que había un número que insistía durante días. Al final, lo cogí… era alguien con una moto nueva que no aceptaría “No” por respuesta.

Y así es cómo volví a las motos. Todo tomó inercia desde ese momento. Otros temas empezaron también a solucionarse. Nuestra antigua casa no se había vendido aún y quería que quedara así hasta que pudiera ahorrar un poco y hacer mi propia puja. Al final, el banco perdió la paciencia por la ausencia de pujas y me pude hacer con ella.

El legado de mi padre, la casa que construyó Robert, se quedaba en la familia. Fue un momento muy emotivo. Aparte de las motos, la casa era nuestra conexión con nuestro padre. Durante esas semanas empecé a ver algo de brillo al final del túnel.

Mi madre estaba feliz por volver a casa pero no quería vivir allí. Era demasiado grande y había demasiadas cosas que le recordaban a papá, así que le encontramos un sitio más pequeño, agradable, que podía alquilar y hacer propio.

En lo que a mi respecta, me hice con una parcela de los terrenos y seguí los pasos de mi padre para construir mi propia casa. Alquilé la casa principal para pagarlo. Me llevaría un par de años pero me encantaba estar allí, haciendo todo lo que podía para después dejar a los expertos finiquitarlo. La de cosas que aprendí. No puedo pensar en nada más satisfactorio. Lo primero que hice nada más mudarme, fue colocar con orgullo los siete trofeos que había ganado en el TT. Lucían espectaculares… pero había sitio para muchos más.

Joey y Robert

El chico de Ballymolly, Joey Dunlop, era intocable en prácticamente cualquier circuito donde corría. Pero en el que era sin duda alguna el rey no está en Irlanda. El Tourist Trophy de la Isla de Man es la cumbre de este deporte. Entre 1977 y 2000, ganó 26 carreras en el trazado de la montaña, hoy aun ostentando el récord de victorias. El tío Joey era un pionero, pero no era el único que ponía a la ciudad en los medios. Cuando Joey traía a casa otra estatuilla de Man, no habría nadie más orgulloso que su hermano pequeño.

Ocho años más joven, Robert admiraba a su hermano mayor como todo el mundo. Pensando qué hacer con su vida, decidió seguir los pasos de Joey, pero ese un camino complicado para cualquiera. El peso del apellido Dunlop sería demasiado, decían muchos. Los medios, incluso mi abuela, decían que tenía que buscar su propio lugar en la vida o ser siempre comparado con su hermano. Y quizás tenían razón, teniendo en cuenta que lo único que le valía a Robert era ganar.

En muchos circuitos, Robert era tan bueno como Joey

Hasta el punto que creo que papá decidió competir precisamente por todo lo que rodeaba la victoria y ese runrún. Los pilotos siempre estaban fuera cada fin de semana, pasándoselo bien, de cervezas, persiguiendo chicas…y él también quería una parte del pastel. Esa es, sinceramente, mi opinión.

Luego ocurre lo siguiente: se da cuenta de que es bueno. Muy bueno. A los más fans de Joey Dunlop no les gustará esto pero muchos expertos dicen que papá era un talento inusual. En muchos circuitos tan bueno como Joey, en otros quizás incluso mejor.

No lo digo para faltar a Joey de ningún modo, él es sin duda alguna el Rey de las carreras. Él era The Man. Nuestra familia entera se lo debe todo a ese hombre, y nuestra ciudad también. Pero creo que si mi padre hubiera empezado a competir antes, podría haberse labrado mucha más fama.

Mientras Joey tenía la reputación de ser callado y comedido, a papá le encantaba vivir a la altura de su título de “George Best of racing”. Pero la verdad es que eso fue también una preocupación. Cuando intentaba hacerse un hueco a la sombra de Joey, fue en realidad mi madre quien le sugirió que saliera de su caparazón y saliera en algún que otro titular.

La competición es un deporte que te priva de muchas cosas; necesitas tu propia gente y tu propio espacio a tu alrededor. Pero si Joey tenía un problema en la moto, sabía que habría al menos un tipo en la parrilla que le daría su propio motor para que su héroe pudiera llegar a la meta primero. Y después, se iban a tomar unos vinos con los chicos y cuando los periodistas aparecían, era Robert quien daba la nota. A Joey le encantaba eso, cuanta menos gente queriendo hablar con él, más feliz.

Eran como dos gotas de agua. Hubieran caminado sobre brasas por una pizca de carreras, y eso es lo que respetaba la gente.

He estado en pubs en mitad de ninguna parte donde hay una foto de uno o de los dos en la pared. Gente que no habla ni una palabra de inglés me ha dado la mano en Hong Kong por ellos dos. Incluso, un par de veces ha habido desconocidos que se han arrodillado ante mi. Así que, sí, hay cierta presión sobre el apellido Dunlop, nada de lo que tengamos que preocuparnos el resto…

La muerte de Joey

Destrozó el pueblo, sin duda. Había desconocidos abrazados, llorando en las calles. Nadie se podía creer que Joey se había ido. Era el 2 de julio de 2000. Mi tío corría en Tallinn, Estonia, y las condiciones eran de mojado… como mínimo. A día de hoy, el TT no corre si las condiciones no son buenas, pero antes sí, como hacían en otros eventos.

Nadie sabe exactamente qué pasó. No tiene nada que ver con no conocer el circuito, porque Joey ya había ganado las carreras de 750 y 600cc. Iba de camino al triplete con la 125 cuando se salió y fue a chocar con los árboles. Allí no había público. Sólo se empezaron a preguntar si había ocurrido algo cuando no le vieron pasar por el siguiente punto de control.

Obviamente, llamaron a mi padre. Se presentó con la familia de Joey en un momento. Había que ocuparse de todo. Lo primero era lo primero, había que traer el cuerpo de vuelta a Reino Unido. Decírselo a su madre fue la peor parte. Nadie debería enterrar a sus hijos y esa mujer ya había sufrido suficiente con las lesiones de mi padre y las de Jim.

Lo peor para ella y mi abuelo Willy, fue no tener tiempo para ellos mismos. Está muy bien que todos te den el pésame cuando sales a comprar el pan, pero no tienes tiempo para llorarles. Estaban en el objetivo de todas las cámaras desde el mismo momento en que llegaron las noticias.

Fue bien intencionado pero no estuvo bien. Todos estaban en shock. Incluso con 48 años, Joey seguía volando. Hacía poco que había firmado otro triplete en el TT por lo que no se podía decir que estaba perdiendo tacto. Si a mi padre ningún accidente podía detenerlo, Joey nunca sufría uno. Nunca tuvo uno de esos momentos que desequilibra una carrera deportiva. El tío nunca cometió un fallo.

A mi padre ningún accidente le paraba… Joey nunca tuvo uno.

Recuerdo un ambiente terrible en casa. Nadie habló en semanas. Creo que por si acaso empezábamos a llorar. Era tremendo.

Las flores seguían llegando y entonces te acordabas porqué. Mi padre no se ponía a llorar pero podías ver como le dolía todavía más que caerse él mismo de la moto. Toda la ciudad se quedó en silencio. Todos sentían que conocían a Joey. Hizo tantísimo por ellos que querían darle algo a cambio.

El día del entierro quedaron todas las casas vacías. Apareció el pueblo entero. No sólo de Ballymolly. Hubo gente viajando desde todo el país. Y, por supuesto, los moteros eran más que bienvenidos. De los 50.000 que se pasaron, un buen puñado iban en moto.

La procesión hasta la iglesia fue como sacada de una película. Pensarías que había muerto la reina. Mi padre iba en el coche principal, yo andaba por delante con mi primo Ben, hijo de Jim. Nos moríamos por dentro pero lo sentíamos más por los niños de Joey; nosotros habíamos perdido a un tío, pero esos chicos y chicas a su padre. No me podía imaginar lo que era eso… pero lo único que sabía es que no quería descubrirlo.

Fuente | Belfast Telegraph

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