Dakar 2018: La prueba más dura, la esencia más pura

Vuelve a ser el raid más duro del mundo, aquel que enamoró a tantas personas durante décadas.
Nacho González -
Dakar 2018: La prueba más dura, la esencia más pura
(Fotos: Honda / KTM / Yamaha)

Hace ya muchos años que Dakar es algo más que la capital de Senegal. Durante décadas, los sueños de profesionales y amateurs se teñían del cristalino rosa del lago donde el proclamado rally más duro del mundo clavó la más honorable bandera que conoce el deporte: la de la culminación del esfuerzo.

Llegar hasta allí estaba reservado al alcance de un puñado de valientes. Ganarlo, el sueño de unos elegidos. Nunca fue una prueba de velocidad, sino de resistencia. Siempre se trató de mirar a los ojos a la duna más alta del horizonte y soñar con conocer su anverso. Para la mayoría de participantes, el despertar llegaba de forma abrupta y prematura, sin llegar a ver el otro lado.

El sueño, se viese o no cumplido, se tornaba en obsesión al abandonar la arena. La obsesión de volver. Al igual que sucede en otra prueba icónica como el Tourist Trophy de la Isla de Man, el Dakar siempre ha encerrado una especie de magnética atracción que sólo conocen quienes han sufrido su dureza. La lucha entre vehículo y desierto, que en la categoría de motos se convierte en un cara a cara donde sólo puede quedar uno. O ganas al Dakar o el Dakar te gana a ti.

Tradicionalmente, el desierto arrasaba. Hacía claudicar a la mayoría de pilotos e, incluso a quienes arribaban a Dakar, les ganaba para siempre. Se quedaba con su alma como fianza, obligándoles a un eterno retorno. De una u otra forma, la carrera siempre ganaba.

Esa ha sido, siempre, su esencia. Por eso, hace mucho que Dakar dejó de ser un punto como otro cualquiera en el mapa geográfico. Sus coordenadas se sitúan en el mapa mental del imaginario colectivo de los deportes de motor. Un punto perfectamente reconocible en el calendario de los mismos. Tampoco es aquí un punto cualquiera: es el origen. El año nuevo de los aficionados a la gasolina, el regalo de reyes para los adictos a hacer surcos en las dunas.

En 2008, todo aquello se acabó. Cuestiones políticas enterraron en las dunas el sueño de Thierry Sabine. Para la afición, ávida de aventuras, un año sin Dakar fue como tragar una cucharada de arena diaria, horadando sus áridas gargantas. Para los participantes fue verse sumidos en una duna de hastío y soledad, haciendo de la cuesta de enero una pared vertical.

Un año después, el traslado a Sudamérica actuó de placebo. Una cantimplora para paliar la sed inmediata. Necesario pero insuficiente: calmaba, mas no colmaba. A las adicciones se las puede distraer, pero no se las puede engañar. Al menos no por mucho tiempo.

Se fue instalando, entonces, la resignación. Hubo quien optó por el pragmatismo de entender la nueva idiosincrasia de la prueba como una inevitabilidad de su obligada reubicación geográfica. También hubo quién dejó de verlo ante la pérdida de la esencia, del espíritu original del raid. Concretando tan abstractos términos: por la pérdida de su dureza. Cambiando una letra: la pérdida de su pureza.

El público se polarizaba en dichas opciones, pero hubo quien se resistió a abandonar una tercera vía. Quien no comulgaba con la resignación de dejar enterrada la esencia del Dakar. Alguien se propuso coger una pala y excavar esa duna hasta hacer recordar a todo el mundo que Dakar es mucho más que un punto geográfico.

Porque las ciudades no se pueden mover, pero los espíritus vuelan libres en busca de suelos donde hacerse terrenales. Basta con que alguien crea en ese espíritu y abone el terreno para hacerlo posible. Ese alguien fue Marc Coma.

Ya el año pasado recuperó las Memorias de África, difuminadas por algunos factores impredecibles que afearon el resultado. Pese a eso, la intención era firme y evidente. Devolver al Dakar la esencia del Dakar. Y la esencia del Dakar son las dunas, la navegación, una lucha entre la persona y el desierto en la que la persona puede ganar o perder, pero el desierto siempre gana. Y les está ganando a todos.

No es ya ese mega prueba de hard enduro propiciada por la orografía del trazado en sus primeros años tras la reubicación. Vuelve a ser el raid más duro del mundo, que es justamente lo que se esperaba. Para lo que se concibió y por lo que enamoró a tantas personas durante décadas.

Cuestionarse si la edición 2018 está siendo demasiado dura es haber perdido la perspectiva. Desde donde esté, Sabine está rendido a Coma. Porque el Dakar, su Dakar, siempre fue esto. Mirar a los ojos a la duna más alta del horizonte y soñar con conocer su anverso.

Ha vuelto, por fin, el Dakar puro y duro. Al revés: duro y puro. Ha recuperado la dureza para reencontrarse con su pureza.


Esa ha sido, siempre, su esencia. Por eso, hace mucho que Dakar dejó de ser un punto como otro cualquiera en el mapa geográfico. Sus coordenadas se sitúan en el mapa mental del imaginario colectivo de los deportes de motor. Un punto perfectamente reconocible en el calendario de los mismos. Tampoco es aquí un punto cualquiera: es el origen. El año nuevo de los aficionados a la gasolina, el regalo de reyes para los adictos a hacer surcos en las dunas.

En 2008, todo aquello se acabó. Cuestiones políticas enterraron en las dunas el sueño de Thierry Sabine. Para la afición, ávida de aventuras, un año sin Dakar fue como tragar una cucharada de arena diaria, horadando sus áridas gargantas. Para los participantes fue verse sumidos en una duna de hastío y soledad, haciendo de la cuesta de enero una pared vertical.

Un año después, el traslado a Sudamérica actuó de placebo. Una cantimplora para paliar la sed inmediata. Necesario pero insuficiente: calmaba, mas no colmaba. A las adicciones se las puede distraer, pero no se las puede engañar. Al menos no por mucho tiempo.

Se fue instalando, entonces, la resignación. Hubo quien optó por el pragmatismo de entender la nueva idiosincrasia de la prueba como una inevitabilidad de su obligada reubicación geográfica. También hubo quién dejó de verlo ante la pérdida de la esencia, del espíritu original del raid. Concretando tan abstractos términos: por la pérdida de su dureza. Cambiando una letra: la pérdida de su pureza.

El público se polarizaba en dichas opciones, pero hubo quien se resistió a abandonar una tercera vía. Quien no comulgaba con la resignación de dejar enterrada la esencia del Dakar. Alguien se propuso coger una pala y excavar esa duna hasta hacer recordar a todo el mundo que Dakar es mucho más que un punto geográfico.


Porque las ciudades no se pueden mover, pero los espíritus vuelan libres en busca de suelos donde hacerse terrenales. Basta con que alguien crea en ese espíritu y abone el terreno para hacerlo posible. Ese alguien fue Marc Coma.

Ya el año pasado recuperó las Memorias de África, difuminadas por algunos factores impredecibles que afearon el resultado. Pese a eso, la intención era firme y evidente. Devolver al Dakar la esencia del Dakar. Y la esencia del Dakar son las dunas, la navegación, una lucha entre la persona y el desierto en la que la persona puede ganar o perder, pero el desierto siempre gana. Y les está ganando a todos.

No es ya ese mega prueba de hard enduro propiciada por la orografía del trazado en sus primeros años tras la reubicación. Vuelve a ser el raid más duro del mundo, que es justamente lo que se esperaba. Para lo que se concibió y por lo que enamoró a tantas personas durante décadas.

Cuestionarse si la edición 2018 está siendo demasiado dura es haber perdido la perspectiva. Desde donde esté, Sabine está rendido a Coma. Porque el Dakar, su Dakar, siempre fue esto. Mirar a los ojos a la duna más alta del horizonte y soñar con conocer su anverso.

Ha vuelto, por fin, el Dakar puro y duro. Al revés: duro y puro. Ha recuperado la dureza para reencontrarse con su pureza.


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