La vuelta al mundo en Vespa en 79 días

En el VIII Encuentro de Grandes Viajeros se hablará de la Operación Elcano, un recorrido por Europa, Asia y América de 19.000 km, que emprendieron dos amigos en una Vespa en el año 1962. Fue la primera circunvalación del planeta realizada por españoles en scooter.

Antonio Veciana -
La vuelta al mundo en Vespa en 79 días
La vuelta al mundo en Vespa en 79 días

Santiago Guillén y Antonio Veciana se habían conocido en Albacete cuando estudiaban Bachillerato. Posteriormente, coincidieron también en la Facultad de Derecho de Madrid, donde emplearon su escaso tiempo libre en la preparación del viaje en moto alrededor del mundo, que llevaron a cabo en 1962, cuando ambos apenas tenían 20 años.

Como reconocimiento a su hazaña, fueron condecorados con las medallas de la Juventud, Mérito Deportivo y de Oro del Vespa Club de España. En 1964, la Editorial Doncel publicó la primera edición del libro en el que narran su intrépida aventura.

Santiago falleció en 1972, en plena juventud. Su personalidad arrolladora le había dotado de una capacidad de liderazgo capaz de mover voluntades y su estilo dejó huella en todos los que lo conocieron. Antonio vive actualmente con su familia en Albacete, donde ejerce como abogado y continúa practicando su gran afición a la motocicleta. Será el anfitrión del VIII Encuentro de Grandes Viajeros y cuenta su aventura en estas páginas.

Hace 48 años, cuando la Organización Juvenil Española acababa de nacer, cuajamos un proyecto cuyo objetivo era participar de forma activa en las tareas colectivas que afectaban a nuestro entorno. Nos implicamos con intensidad en las actividades propias de nuestra edad, deportivas, culturales, sociales... Éramos consecuencia de la España que nos tocaba vivir: la España del Seat 600, la Vespa y la Montesa. La España de la escasez y de la falta de medios. De la emigración y de las dificultades económicas.

Una España que necesitaba de la colaboración de todos, de los que estábamos dentro y de los que estaban fuera. La España europea que tenía que llamar a la puerta de la Europa que se estaba formando. Participamos en campamentos, viajes culturales, campeonatos escolares de deportes y marchas por etapas. Reivindicamos la participación de la juventud, que representábamos en foros y actividades de nuestra ciudad y nuestro entorno. En ocasiones lo conseguimos.

Recorrimos España en autobús, tren, moto y auto-stop. Viajamos por Europa como pudimos, conociendo y viviendo la realidad de nuestro entorno y terminamos el bachiller. Entonces surgió la idea: dar la vuelta al mundo en moto. Era factible si se preparaba bien. Se podía hacer. Habíamos aprendido a prever y a improvisar. Era necesario tener 20 años y la oportunidad de hacerlo. La edad la teníamos y la oportunidad teníamos que forzarla.

Santiago y yo nos pusimos a ello. Nos inspiró el relato de «La vuelta al mundo en 80 días», pero si un inglés, en la mentalidad de Julio Verne, lo había hecho en 80 días, nosotros teníamos que aspirar a hacerlo en un día menos. Había que adornar el proyecto con un punto de dificultad añadida. Tomamos la decisión de hacer el viaje en octubre de 1959 y dos años y medio después conseguíamos iniciar el camino.

Una vez expuesto el plan, la única dificultad que se ponía de manifiesto era conseguir hacer la salida. Casi todo durante el viaje estaba previsto. La ruta a seguir, fijada desde el principio, tuvo que ser modificada como consecuencia de incidencias del momento. Dificultades de tipo político, diplomático e incluso bélico, nos impedían recorrer Egipto, Israel y Oriente Próximo. El itinerario quedó fijado por el Mediterráneo norte. Fue el siguiente: España, Francia, Italia, Grecia, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India, Malasia, Hong Kong, Japón, EE.UU, Inglaterra, Francia y otra vez España. 18.937,2 kilómetros en total.

Los 79 días previstos quedaron enmarcados en dos fechas simbólicas para un español: 25 de junio, festividad de Santiago Apóstol, patrón de España, y el 12 de octubre, festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Curiosa coincidencia que nos llenó de satisfacción. Serían unos buenos compañeros de viaje.

Conseguimos vincular al proyecto a muchos amigos e instituciones para gestionar los apoyos que hicieran realidad la idea. También tuvimos que sufrir ironías cariñosas unas veces y guasonas otras, que sirvieron de acicate para no abandonar. Gracias a todos ellos conseguimos lo más importante del viaje: salir de Madrid el día 25 de julio de 1962 para dar la vuelta al mundo en moto.

Santiago y yo éramos conscientes del riesgo que afrontábamos, de la dificultad del viaje y de la osadía del plazo, pero contábamos con los requisitos imprescindibles para llevarlo a término. El primero y esencial, una amistad profunda, forjada en muchos proyectos hechos realidad. El segundo, la ilusión necesaria para provocar la ocasión y el momento para hacerla realidad. Y por último tener 20 años, vividos con intensidad, en una época que no era fácil para los españoles en el mundo.

Elegimos la Vespa como vehículo. Conocíamos su manejo y su mecánica. Fabricada en España. Había repuestos en todos los continentes. Potencia suficiente y posibilidad de transportar los 347 kg que tenían que ir sobre sus ruedas. Además, una sola Vespa reducía el riesgo de averías y accidentes.

El itinerario, aparentemente sencillo, planteaba dificultades, sobre todo atravesar Asia, desde Estambul en Turquía hasta Calcuta en la India. Los mapas de carreteras en Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán y la India no era fácil conseguirlos. Sobre todo el de Afganistán, porque en España no había embajada y la documentación necesaria para el recorrido había que gestionarla a través de su embajada en Roma o directamente en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Kabul. Tardamos varios meses en disponer del material cartográfico más elemental.

El punto clave del recorrido era el enlace con el avión en el aeropuerto de Calcuta, que estaba fijado con fecha y hora desde Ankara. El resto de los enlaces eran más asequibles. El recorrido en moto dependía mucho de nosotros y podíamos «controlarlo», pero los enlaces de avión y barco tenían sus horarios y teníamos que estar en la salida. Esto os hará comprender la sensación de urgencia que vivimos durante los 79 días.

Una de las cosas más difíciles, y posiblemente menos valorada por los que miren la aventura de la vuelta al mundo en moto, era la dificultad que significa la convivencia, la relación permanente de dos personas durante tres meses en el reducido espacio del asiento de una moto. Esto, os lo aseguro, exige una capacidad de comprender, de justificar, que solo es posible soportar tomando conciencia de las limitaciones propias y que únicamente se puede vencer con el cariño que genera una amistad sólida, sentida y compartida.

El viaje debía tener algunos adornos que añadieran aliciente a la noticia que en sí era capaz de generar la aventura. Esto era importante para la consecución del objetivo final, y un atractivo complementario para la presencia en los medios de comunicación, no solo de España sino también de los países del recorrido. La llamamos «Operación Elcano», en recuerdo del español que fue quien realizó la primera vuelta al mundo. La Vespa la identificamos con el nombre de Dulcinea, en recuerdo de la tierra donde nació la idea.

Salvador Dalí, español universal y genio reconocido de la pintura en todo el mundo, también comprendió y colaboró en el proyecto. Días antes de la salida pintó la moto y dejó en las maletas laterales de la Vespa los nombres de Gala y Dalí, con los símbolos que autentificaban su firma. Al regreso decoró los guardas del libro, que nos habíamos comprometido a escribir relatando la aventura. Gracias a una gestión afortunada desde el Colegio Mayor José Antonio, el Papa Juan XXIII recibió de nuestra mano una navaja típica de Albacete por mediación de un joven monseñor español que trabajaba en la Secretaría de Estado del Vaticano.

El trayecto por Europa fue rápido y normal, solo éramos unos estudiantes viajando en moto. Nuestra estancia en Roma para hacer la visita al Santo Padre nos permitió disfrutar de la Ciudad Eterna. A partir de Atenas empezamos a notar el cambio. La ruta hasta Estambul nos acostumbró poco a poco a otra civilización, estábamos en Oriente. Atravesando el Bósforo, Europa quedaba atrás. Comenzábamos la etapa dura del viaje.

En las carreteras el asfalto sería una excepción. Teníamos que cubrir casi 9.500 km atravesando un continente con desiertos, cadenas montañosas, selvas, junglas con zonas húmedas en época de lluvias monzónicas, a través de carreteras que en muchas ocasiones respondían al trazado de las antiguas rutas de caravanas que habían sido utilizadas por Alejandro Magno, en la época de las grandes invasiones, hace 2.500 años, como el paso de Khyber, entre Afganistán y Pakistán, en las estribaciones del Himalaya.

En Turquía notamos que estábamos tomando contacto con una civilización distinta a la occidental. Oriente, piensa, siente y reza de una forma distinta. Una sensación similar a la que sentimos en Hong Kong y también en San Francisco, aunque allí la huella de Europa es patente. California huele a Europa. Hay algo de lo que sí pudimos dejar constancia después de recorrer 12 países, pueblo a pueblo, con diferentes culturas, razas y religiones y conocer hombres distintos. Tanto en Europa como en Asia como en América, descubrimos que todos tienen un mismo denominador común: la sonrisa y la mirada en los 12 países nos parecieron iguales.

En Irán y Afganistán el mayor problema fueron las carreteras, las distancias entre poblaciones superaba a veces los 200 km. En alguna ocasión nuestra reserva de gasolina llegó a mínimos. Había zonas desérticas en las que el termómetro llegó a marcar 51 grados. En Teherán nos enseñaron dos motos matrícula de Barcelona con las llantas y los amortiguadores inutilizados. Nosotros también rompimos amortiguadores pero teníamos repuesto.

En Afganistán atravesamos zonas de arena en las que recorrer 100 kilómetros suponía casi nueve horas de viaje. Sobre la arena se notan muchísimo más 340 km que van sobre las dos ruedas. Allí tuvimos la más importante avería de la Vespa: se rompió el punto de apoyo del amortiguador trasero en el cárter del motor. Pensamos que no podríamos seguir. Afortunadamente un taller de una empresa americana y la experiencia adquirida trabajando en la fábrica de Vespa en Madrid hicieron el milagro.

En Pakistán, como antes en otros países, la amabilidad y el sentido de la hospitalidad se puso de manifiesto en innumerables ocasiones. Nosotros, en viaje a miles de kilómetros de España, teníamos necesidad de encontrar amigos y buscábamos cariño en las personas con que tratábamos. Nuestros interlocutores tomaban conciencia de nuestro problema y correspondían con el mismo afecto sincero. La hospitalidad es un valor del ser humano que, cuando se busca con sinceridad y limpieza, se encuentra siempre. Así pudimos comprobarlo.

Atravesamos la India cuando terminaba el periodo de lluvias provocado por los monzones. Acumulábamos diez días de retraso en nuestro plan de viaje y las carreteras inundadas no iban a facilitarnos la recuperación del tiempo, aunque el piso era de asfalto y podíamos hacer muchos kilómetros. Delhi, Agra, Kandur, Benarés, Calcuta. Allí teníamos una cita importante: tomábamos el avión.

En una comida, en la Embajada de España en Nueva Delhi, relatamos nuestras peripecias y de labios de una dama india escuchamos el elogio más agradable de todo nuestro viaje: «Después de conocerles a ustedes comprendo cómo solamente podían ser españoles quienes quemaron las naves en la conquista del Nuevo Mundo».

En Singapur y Hong Kong solo estuvimos unas horas, el tiempo suficiente para dar un paseo por la ciudad, una rueda de prensa con periodistas y disfrutar de la compañía de unas azafatas que nos enseñaron cómo vive Oriente. En Tokio y Honolulu la escala fue todavía más breve. El plazo de los 79 días no permitía otra cosa. El sacrificio del viaje estuvo fundamentalmente en la rapidez. No podíamos entretenernos en países y ciudades que quizás no podríamos volver a visitar.

El día 24 de septiembre llegamos a San Francisco, en EE.UU. Desde Calcuta a San Francisco fue un cambio muy brusco de temperatura. Estábamos a siete grados cuando días antes era normal superar los 40ºC. Dormimos en el Hilton Inn de San Francisco durante 14 horas. El cambio de horario, el cambio de temperatura y los viajes en avión nos dejaron agotados.

Hasta Nueva York teníamos que recorrer 5.600 km. Teníamos que tomar el avión el día 8 de octubre, si queríamos cumplir el horario previsto. Hubo algún día que superamos los 1.000 km en la Vespa. Esto significaba 16 horas sobre la moto. California, Nevada, Ohio, Pensilvania, Maryland, Nueva York... En total 14 días.

Las carreteras y autopistas eran impresionantes, pero tuvimos que acostumbrarnos a la intensidad del tráfico, a la velocidad y al sistema de señalizaciones que, en ocasiones, nos complicaba en exceso la salida de las ciudades. La Vespa no superaba el mínimo de velocidad admitida para circular por determinadas autopistas. En Estados Unidos todo era distinto. Las ciudades responden a un mismo esquema urbano. Todo parece nuevo e improvisado. El hombre es más pequeño, aunque su talla sea mayor. La vida se vive más rápida. Nos lo refería muy gráficamente un español residente allí muchos años: «Los americanos viven la vida con más intensidad, pero en España la vivimos mejor».

En Chicago tomamos paella en el Club Taurino y unas chicas cubanas nos recordaron cómo se baila el pasodoble. En Washington nuestro embajador nos ofreció transporte aéreo hasta el aeropuerto en Nueva York. Renunciamos, para no defraudar a quienes confiaban en que todo el trayecto sería en moto. Llegamos al aeropuerto de Nueva York con solo unos minutos de margen.

En las oficinas de BOAC decidieron que los pasajeros debían esperar para cargar la Vespa en el avión. Así lo comunicaron al pasaje explicando nuestra aventura. Cuando subimos al avión, intentamos pasar inadvertidos pero nos recibieron con un aplauso. La Estatua de la Libertad debió advertir que por una vez la olvidaran dos viajeros.

La llegada de la Vespa al aeropuerto de Londres causó sensación en la aduana y muchos periodistas y fotógrafos dejaron constancia de nuestra llegada. Desde la Embajada confirmaron los pasajes para el ferry-boat. Viajamos con mucha niebla y dormimos en Dover.  Ya en Francia, en Amiens, visitamos el monumento a Julio Verne, dedicándole en una oración el recuerdo que sentíamos hacia quien con su imaginación contribuye a despertar la nuestra motivando la aventura que íbamos a finalizar.

En París, el día 11 de octubre, a las cinco de la mañana, estábamos reparando un amortiguador a la luz de una farola ante la expectación de dos gendarmes. El trayecto París-Madrid lo hicimos en 30 horas. En la frontera de Irún un abrazo para nuestros familiares y seguir.

Forzamos al máximo la Vespa y nuestra capacidad de resistencia, pero había que hacerlo. El día 12 de octubre, a las 12 en punto, llegábamos a la sede de la Delegación Nacional de Juventudes, ante el Jefe Nacional de la Organización Juvenil Española.

La aventura, terminó el 14 de octubre de 1962. Después nos quedamos tan tranquilos. Solo quedaron los recuerdos, que reflejamos en un libro: «En 79 días vuelta al mundo en Vespa». Si todo salió bien fue porque hay algo que se llama fe y tres sitios en donde ponerla: en Dios, en uno mismo y en los demás.

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