KTM 250 Freeride. Prueba

Siete son las maravillas arquitectónicas declaradas como tales a nivel mundial. A esta lista debería unirse una obra de arte como esta KTM, con la que no cabe otro sentimiento que el de admiración.
Santi Ayala / Fotos: Juan Sanz -
KTM 250 Freeride. Prueba
KTM 250 Freeride. Prueba

Gran Muralla China, Torre inclinada de Pisa, Coliseo de Roma, Taj Mahal en la India, Gran Pirámide de Guiza, Egipto… Son algunas de las consideradas Maravillas del Mundo dentro de una de las dos listas que hay -del mundo antiguo y otra, del moderno- con las siete mejores. Son arquitecturas consideradas obras maestras, únicas y de visita obligatoria. Haciendo un símil con «construcciones off road» proponemos la lista de las siete maravillas de la moto de campo, y en ella, estará la Freeride 250.

Libertad

Cuando probamos el año pasado la primera 350 nos dimos cuenta de que no se trataba de una montura al uso si no que con ella irrumpía un concepto innovador, basado en hacer por el monte lo que nunca antes hemos sido capaces, con una pasmosa facilidad y máxima diversión. A su favor, además, que resulta válido para todo el espectro de edades y de sexos porque con ella los «quinceañeros» se pueden volver locos en acciones propias de las bicis y los maduros, también pues les ayudará a mantener viva la llama de su ilusión endurera, sintiéndose activos y buenos. Sin olvidar a las chicas que en la Freeride encuentran, una moto de su talla y volumen. Hay quien puede apuntarse a una tendencia concreta pero luego no se atreve a llevarla o a aprovecharla -por ejemplo, la del enduro 350 4T-. Esto no pasa con la «Free», con la que todo resulta más sencillo de lucir, aún en mayor medida con la nueva 250 2T que lleva a un escalón superior ese ideal de «libertad» que quiere transmitir esta moto. La movilidad con la dos tiempos resulta mayor que con su hermana «Free» 350 por un dato claro como es el de que pesa ¡ocho kilos! menos que la 4T, marcando en nuestra báscula una cifra en vacío de 92 kg. -98, llena-.

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Quedaros con ésto porque marca la realidad de esta «Free» 2T, con gran manejabilidad y mínimas inercias, mejor que a la 4T. Estamos escribiendo en tono eufórico pues hacía mucho que una moto nos encandilaba tanto. Ya nos sentimos así con la juguetona «Kate» en la jornada de presentación en Il Ciocco, Italia, el pasado verano y nos quedamos con ganas de más, de probarla en casa. Eso y ofrecerle la ocasión de subirse a ella a uno de nuestros colaboradores habituales, Alfredo Gómez -sabia información pues aúna la técnica «pro» de enduro extremo y trial «high level»-. Significativo ha sido ver a Gómez afrontar muchas de las mismas zonas que hace de trial, con efectividad: «Tiene un motor sensacional para hacer trial, es muy lleno. Vale de sobra para todo lo complicado. Se nota que tiene fuerza y poderío.

Cuenta con un gran golpe de gas que catapulta e incluso en las empuntadas se defiende. A este cilindro, le metes una buena limada, y estiraría de locura. Inagotable en rampas, superando escalones a base de revolucionar a tope». Alfredo encontró otros elementos de su agrado, como el escape «recogido y acoplado al conjunto, protegido de los golpes y, aportando buena ergonomía. Algo parecido querría yo para mi enduro de carreras, en lugar de la bufanda convencional». Otros aspectos nos apuntaba Gómez : «tiene una movilidad en parado óptima. No es una trialera pura, en términos de agilidad, pero no está lejos de ellas, y frente a las enduro, se mueve mucho mejor. A favor, frente a las trial, es la de poder ir sentados, cómodos, y la autonomía».

A medida que rodaba más tiempo con la moto, Alfredo se atrevía a más y afrontaba zonas de mayor complicación -grandes escalones de dos metros, altas rocas, desde las que luego saltaba al suelo…-. E incluso, un poco de trial urbano, en las calles de su pueblo, Cercedilla, Madrid, subiendo y bajando escaleras. «Parece no tener límite. Igual de adelante va un poco blanda la suspensión, pero poco más habría que retocar. El embrague es el componente que mejoraría, pues, a veces, si le exiges muchísimo, se pierde el tacto y se vuelve todo o nada. Una opción a considerar. La Freeride valdría para correr enduros extremos pero, en mi caso, sólo en los que no haya crono o enduro previo, o salida multitudinaria. Entonces, la contenida potencia te limita en aceleración frente a la de una enduro convencional. En un prueba, por ejemplo, como la Erzberg, si sales mal, luego ya te comes todos los atascos y el tiempo perdido es difícil recuperarlo».

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Envidias

Tras la prueba de un «top», realizamos el análisis junto a clientes potenciales, amateur, que vieneron a montar con su motos -KTM 500 4T, una Gas Gas 250 2T…- para ver diferencias con la «novata».

Primera consideración: su tamaño reducido facilita subir a la moto. Perfecto el arranque  eléctrico -el botón, es una maravilla, os pongáis como os pongáis los puristas-. Si hiciese falta, se arranca la KTM muy bien a empujón. Comenzamos rodando por pistas de tipo medio, en las que nos damos cuenta de que la «Free» nos pide pilotarla siempre de pie, pues sentados, aunque es cómoda para lo pequeña y estrecha que es, no tiene la agilidad que encontramos erguidos al quedar las rodillas algo altas. La posibilidad de regular los estribos en dos posiciones, más o menos avanzados, es otro gran detalle de esta moto.

Nosotros hemos puesto el manillar lo más avanzado posible sobre la tija y adelantado, en estilo trialero. Nos gustaría elevarlo con alzas para ir más cómodos de pie (medimos 1,83 m). Los primeros kilómetros pisteros nos bastan para ver que ir con la «Free» es una locura constante. No se puede evitar el ir jugando con ella y, además, relajados. Cambia la mentalidad de las trazadas, y nos pide buscar líneas rectas, incluso subiéndonos por los peraltes, saliéndonos de la traza buena, y saltando las zanjas o roderas. Con la «Free» en pista se va rápido porque nunca se corta gas y porque nos alienta a pilotar sin tocar apenas freno.

Cierto que el motor no tiene un golpe de gas contundente pues con 22 CV no hay el empuje de una quinientos. En subidas o en cortafuegos, por ejemplo, la 500 que nos acompañaba, con Burgueño a los mandos, se nos escapaba. Pero sólo es en este terreno en el que la «Free» queda fuera de juego. No es una moto poderosa en aceleración así que no vale esperar que los caballos nos catapulten, no pidáis peras al olmo. Dejamos la pista y nos adentramos al terreno estrella: sendas y trialeras. Aquí la Freeride es rápida, ratonera, y casi invencible. Incita a crear, inventar trazadas y pensar que sólo existe el camino recto. Nos hace rodar muy deprisa, inalcanzables y, casi sin esfuerzo, gracias a su facilidad de movimientos, pequeño volumen y motor controlable.

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Al final, sin darnos cuenta, nos escapamos del resto del grupo, hasta tal punto que nuestros acompañantes nos acabaron diciendo «o la dejas o llevamos una todos o no vamos a seguir tu ritmo». Con la «Free» te mueves por cualquier sitio con seguridad, sabiendo que lo pasas y salvas situaciones de riesgo con soltura. Tampoco hace milagros y, siempre irá todo acorde al nivel del piloto, pero con ella vuestro nivel sube. ¿Sabéis esas roderas que se nos atragantan con la enduro, sobre todo si son de bajada? Pues con la «Free» se pasan sin meternos en ellas, por el filo superior, como si nada, dejando clavados al resto del grupo que reman con las piernas en la regatera. Una sensación que también tenemos rodando por la típica vereda al borde del barranco en la que, con otras motos, intentamos ni mirar abajo y vamos concentrados en la ruta.

Con la Freeride se puede rodar tranquilos, disfrutando del paisaje e ir al lado del barranco sin miedo. Entre otras cosas porque, aparte de que ruede muy aplomada y mantenga la trazada, es que, en caso de susto, resulta muy fácil hacerse con ella y colocarla en el carril bueno. Librar los peligros resulta, en general, natural y sencillo con ella. Y cuando llegamos a los escalones trialeros, en muchos momentos, parecen no existir. En primera, segunda o tercera, ayudados por la tracción que ofrece el neumático trasero de trial y el buen par, abajo y medio régimen, del motor, la Freeride escala como si nada, una vez más, sin cansarnos. Vuelve a ser creativa y te hace creativo para buscar las trazadas por la zona alta de los riscos, incluso sin frenar, jugando con las inercias y el efecto catapulta de impactar, comprimir la suspensión y aprovechar la extensión. Esas trazadas que, con la enduro, evitas, porque o te escupe o no te sientes capacitado a pasar por su peso o inercias. Con la «Free» rodar trialeando es un embriagador juego que nos permite pasar rapidísimo por los espacios más difíciles.

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Rompiendo esquemas

A uno mismo como a los demás la KTM acaba por descolocarnos, al ver el ritmo loco en senda y recorrido revirado que se lleva con ella. E incluso sin miedo a caernos pues, de ocurrir, es fácil separarse de la moto, y de golpearte son menos de cien kilos encima. Además, levantarla del suelo resulta sencillo y te haces con ella. La baja del asiento al suelo y la menor distancia al suelo también ayuda a poner pies salvadores de forma rápida, librando situaciones complicadas. Apoyo fundamental es la suspensión con una genial capacidad de absorción, sin rebotes extraños en ambos ejes. Reglajes divertidos en la horquilla (10 compresión/16 rebote) y el amortiguador (8 comp./12 ext.). Una amortiguación absorbente, que lo traga todo, y juguetona, que aporta agilidad, perfecta para el fin de esta moto que es la diversión. Nadie pensará en meterse en un circuito de cross con ella porque no ha nacido para eso. A veces, si vas rápido y pillas baches, se complica un poco, pues parece como si se doblase. Pero como la controlas, sigues acelerando y pasa sin problemas.

Alabanzas a esta moto, muchas, pero también hay críticas o aspectos que modificaríamos. Comenzamos con las ruedas Maxxis que, aun siendo mejor que las Dunlop del año pasado, para enduro, parecen no agarrar demasiado, sobre todo la delantera y en terreno, como en el que rodamos, embarrado. Una de tacos nos parece obligada, aunque reste agilidad, lo mismo que montar un mousse delante por aquello de que con esta moto estamos siempre impactando contra las piedras. Detrás, como nos apuntaba Gómez, «la rueda no va mal. Con una de enduro, claro, agarraría mucho más. Iría mejor una rueda mixta, del tipo Goldentyre, con tacto grande pero de enduro, siempre pensando en ir más por veredas que dedicarnos a hacer zonas». Más cosas a mejorar, el embrague. Si abusamos de él, algo que, por cierto, no hace falta, se pierde el tacto y se vuelve brusco.

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También los frenos se podrían mejorar, sobre todo el delantero, que «dando caña» y, eso resulta habitual y sencillo con esta moto, se queda un poco justo delante y nos falta tacto en la bomba. Aspecto a mejorar es la palanca de cambios, que se queda larga y distanciada del estribo, así como la ausencia de llave de contacto junto a estriberas para el pasajero -hacerla más urbanita, ayudaría a muchos para la compra de la moto sin romper con sus parejas. Y, como toda 2T, tiene el inconveniente de hacer la mezcla -KTM recomienda bajar la cantidad de aceite, pues el motor, al girar habitualmente menos revolucionado no necesita tanto lubricante-, así como de mimar la carburación. Lo que, seguramente a todos, no gusta es el precio de 6.300 euros. Aun siendo seiscientos euros más barata que la 350 y casi mil menos que la 250 EXC de enduro, a muchos, psicológicamente, la barrera de los seis mil se antoja elevada para franquearla.

Por mucho que la «Free» ayude a pasar cualquier obstáculo, en el del precio, colabora poco. Ello no quita para que, sigamos pensando, es la octava maravilla del mundo. ¡Viva la KTM que te parió!

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