«Copy market»

GP China. Diario de un GP. II. Volvimos a Shanghai. La ciudad provoca sentimientos encontrados, una relación amor-odio difícil de evitar. Pero mucha gente se muestra entregada, y su mayor aliciente no es la ciudad en sí, sino comprar y comprar.
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El jueves, como todos los jueves de Gran Premio, fue un día relajado y tranquilo en el circuito. La única noticia –curiosidad, más bien- digna de mención fue el gesto de John Hopkins en la habitual foto de familia de los pilotos participantes en la rueda de prensa. El inquieto y díscolo Hopkins le puso orejas de burro a Daniel Pedrosa, una mueca juguetona que quiso poner un poco de pimienta a la tediosa y monótona sesión del jueves. Todos los medios se hicieron eco del hecho, y todo el mundo obtuvo una instantánea del gesto, porque Hopkins permaneció así durante toda la sesión fotográfica. La presencia de su novia –española, por cierto- y un grupo de amigos entre los asistentes a la conferencia, seguro que le animó a realizar la «gracieta», que, lógicamente, a Pedrosa no le agradó, pero tampoco quiso darle más importancia.

Todo podría haberse quedado ahí, en la gracia de Hopkins, pero fue más allá. Dorna, en su web, censuró la foto. Por obra y magia del Photoshop la mano de Hopkins desapareció de la imagen. ¡Eso sí que es una noticia! Realizando esta modificación se ha conseguido el efecto contrario, porque en vez de pasar desapercibido el asunto, ahora todo el mundo habla de ello. Estas historias de la censura no son nuevas, pero no corresponden con los tiempos que corren. Recuerdo que hace mucho, mucho tiempo, Graenme Crosby, un extraordinario piloto neozelandés que corrió en 500 de 1980 a 1982 –fue subcampeón en su última temporada-, se dio a conocer en Europa en 1979 corriendo en el campeonato británico de F-1 con una Moriwaki-Kawasaki de manillares altos. Cuando la BBC, la cadena estatal británica, cuyo lenguaje es pulcro y académico hasta extremos insospechados, acudió a realizarle una entrevista, Crosby, con el lenguaje punzante y distendido que se utiliza en las antiguas colonias, usó una expresión coloquial pero cordial, «pommies», que se podría traducir como «cabrones» o algo así, y que australianos y neozelandeses emplean para referirse a los británicos. Punto y final a la entrevista. Y a pesar de realizar una brillante campaña en 1979 –tan brillante que le valió una Suzuki oficial en el equipo Heron para el Mundial de 500 en 1980- la BBC nunca más le entrevistó.

Fue una anécdota en un día de anécdotas. Esa tarde volvimos a Shanghai con la intención de echar un vistazo en algún mercadillo local. Ellos los llaman «copy market» (mercado de copias), pero para las organizaciones internacionales de consumo son mercados de falsificaciones. Y es verdad, porque se pueden encontrar copias y falsificaciones de cualquier producto. Personalmente, no soy un entusiasta de estas cosas, no suelo comprar prácticamente nada. De hecho, recuerdo que el año pasado paseaba tranquilamente con las manos en los bolsillos mientras que me encontraba a mucha gente del «paddock» cargada con bolsas y paquetes de todo tipo. Esta vez tenía algún encargo, pero no soy bueno en estas cosas. No me entusiasma empeñarme en regatear durante minutos y más minutos para conseguir una rebaja de un puñado de euros. Así que mi experiencia compradora no resultó muy fructífera.

Los vendedores chinos son muy vehementes, hasta el punto de llegar a ser molestos. No sólo te persiguen, si no que no dudan en agarrarte, en tirar de ti para que entres en su colmado. ¿Qué se compra en Shanghai? Absolutamente de todo. Ropa, calzado deportivo, maletas de viaje, DVD’s con cualquier estreno de actualidad, juguetes de radio control, aparatos electrónicos… Y, por supuesto, los equipos de golf. Los juegos de palos se despachan como rosquillas. Evidentemente, los relojes de imitación abundan, pero a decir de los expertos, no son comparables con los que se pueden conseguir en el puesto de Johnny Mo en el Chinatown de Kuala Lumpur, o también en Singapur. Los de Shanghai no están mal, pero aquellos son material de primera. También son muy apreciados los manojos de calcetines y calzoncillos. En serio. Media docena, un euro.

El mercadillo de Shanghai es una metáfora del éxito en la transformación de la economía y la sociedad chinas. Los chinos ansían enriquecerse por el simple hecho de que hasta ahora les estaba prohibido acumular bienes. A veces dudo si quieren convertirse en lo que ven, en consumistas convulsivos. Porque tengo la impresión de que asisten divertidos a la estúpida pugna del cliente occidental por conseguir un buen precio, sabiendo que, a pesar de todo, aunque el turista abandone su puesto orgulloso de su compra, ellos salen ganando siempre en la operación. Porque en eso consiste este juego bobalicón, en aparentar salir ganando. Qué importa que puedas conseguir unas zapatillas o una camiseta de calidad en cualquier Carrefour por ocho o nueve euros, si puedes encontrar una imitación de marca por tan sólo cuatro. Lo importante no es lo que se consigue, sino cómo se consigue. Los chinos siempre han sido astutos comerciantes, pero ahora el gobierno chino no sólo autoriza la actividad económica privada, sino que alienta el exhibicionismo de la riqueza. Shanghai es la mejor muestra de ello. Es una ciudad exhibicionista. El lujo está presente en sus calles principales, pero si rascas en la envoltura descubres una realidad demasiado oscura que esconde. La flamante Nanking Road, con sus neones brillantes, sus «boutiques» y sus tiendas de moda, desemboca a los pies de la Bocom Financial Tower 1, un edificio sobrecogedor de 265 metros de altura. El brillo de las luces apenas permite percibir los cables del trolebús y el alumbrado que se enredan sobre nuestras cabezas. Por la mañana, cuando el «glamour» nocturno deja paso a la realidad diaria del trabajo agotador de sus habitantes, que viven jornadas de auténtica explotación, la verdadera cara del éxito económico chino, descubrimos la fealdad de contemplar el cielo con aquella tupida red.

En China el desarrollo económico se ha realizado con una brutalidad sólo comprensible por tratarse de una dictadura despiadada, que reproduce formas semejantes al feudalismo de hace siglos. Sólo bajo una dictadura militar como la china se puede entender el sometimiento de miles de millones de personas. No hay otra forma de imponer la arbitrariedad de los actos dictados por el partido. Las dificultades para acceder a la información facilitan esa desinformación que es el desconocimiento generalizado de la realidad. Un avezado viajero me contó que, no hace mucho, en una de las regiones agrícolas y semidesérticas del suroeste de China, sobre las que la cordillera del Himalaya ejerce de paraguas evitando la llegada de los monzones que convierten al sudeste asiático en un lugar fértil y floreciente, se produjo una terrible sequía que dejó sin cosechas un amplia área, dando lugar a una hambruna que provocó cerca de tres millones de víctimas… Sorprende que suceda algo así cuando estamos hablando de la cuarta economía mundial, la que está experimentando el mayor crecimiento económico en el último decenio.

Lo más repugnante de esta situación no es la actitud del gobierno chino, si no que la comunidad internacional consienta en China lo que no permite en otros lugares. Es repugnante que no sólo mire hacia otro lado ante la reiterada falta de libertad de expresión, la censura en los medios de comunicación, incluso la consentida censura en los modernos sistemas de acceso a la información: Google, Yahoo, o Microsoft han impuesto una autocensura en sus buscadores de información de Internet en China con el fin de no contravenir su legislación… O mejor dicho, han aceptado las condiciones restrictivas del gobierno chino con tal de no quedarse sin un buen pedazo del pastel: el segundo país del mundo en número de usuarios de Internet. Nada menos que 120 millones de personas.

Es repugnante que no contenta con esas concesiones inadmisibles, la comunidad internacional colme a China con excelentes recompensas, como los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 o la Exposición Universal de Shanghai 2010, que no sancione la explotación infantil que se esconde detrás de esta tremenda factoría en que se ha convertido todo el país, que no denuncie y condene el uso masivo de la pena de muerte –se habla de 4.000 ajusticiados al año por motivos políticos, amén de otros tantos miles de presos comunes-, ni tampoco el desarraigo salvaje que se produce en las zonas rurales, donde pueblos y ciudades enteros son enajenados y trasladados a nuevos territorios para construir fastuosas ciudades, en condiciones laborales inaceptables.

Y Occidente, plácidamente, contempla esta situación con los ojos ciegos de la codicia, con ansiedad por acceder al mercado inabarcable que es China. Esa mirada de codicia está presente en los mercadillos de Shanghai, en busca del más barato todavía.

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