Danilo Petrucci, del pozo de MotoGP a los baños de champán

Ha tardado seis años en tener una moto ganadora, pero está aprovechando la oportunidad.
Nacho González -
Danilo Petrucci, del pozo de MotoGP a los baños de champán
Danilo Petrucci, del pozo de MotoGP a los baños de champán

Danilo Petrucci tenía sólo 21 años cuando le llegó una oportunidad-trampa.

La oportunidad era el qué: MotoGP. Ni más ni menos, el sueño de todo piloto. Completamente irrechazable.

La trampa era el cómo: la moto. La vetusta Ioda, la más lenta de las CRT que poblaron el vagón de cola de la categoría reina en aquel 2012 y el subsiguiente 2013.

Además, llegaba enrabietado. Venía de perder, por sólo dos puntos, el título de la Copa FIM de Superstock 1000 frente a su compatriota Davide Giugliano, que lo había asegurado en la penúltima carrera y no corrió la última. ‘Petrux’ acabó el año con tres triunfos seguidos y la miel en los labios. Pero suficiente como para recibir tan irrechazable oferta. Aun con trampa.

No empezó bien en Qatar. Ya en clasificación, las carencias de la Ioda se hacían patentes: era la única moto que no llegaba a 300 por hora en la eterna recta de Losail, quedándose en 296,8. Pero lo grave no era que las Ducati le sacasen 40 km/h (registraron 338,1). Lo malo es que las CRT le sacaban entre 10 y 20. Y lo peor es que esa falta de velocidad no se compensaba con fiabilidad: en carrera, tuvo que retirarse a falta de siete vueltas cuando iba penúltimo.

El sueño de MotoGP amenazaba con convertirse en pesadilla, pero Petrucci lo impidió. Sabía que estaba en lo más hondo del pozo, pero al menos era el pozo en el que siempre había querido estar. En la segunda carrera apretó los dientes y acabó 13º, sumando tres puntos y acabando por delante de otras CRT como Mattia Pasini, Iván Silva o Colin Edwards.

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Acabó la temporada con un octavo puesto en la lluvia de Valencia, para sumar un total de 27 puntos y acabar 19º en la general y sexto entre las CRT. El año siguiente se quedó en 26 puntos, pero finalizó 17º y quinta CRT.

Pero lo mejor no fue eso, fue la prueba de que los resultados eran mucho más cuestión de piloto que de moto, ya que en ese 2013 no estuvo solo en el box del Ioda. Lo compartió con el checo Lukas Pesek, todo un ganador de grandes premios –llegó a ganar dos en 125cc en 2007-, que no fue capaz de sumar ni un solo punto en todo el año, siendo último carrera tras carrera.

En 2014 siguió en Ioda, pero con una ART debido al cambio de CRT a Open; y fue su peor año. Se perdió cuatro carreras y acabó 20º y séptimo entre las Open, pero ya había llamado la atención de Ducati en general y del Pramac en particular. Por fin, en su cuarta temporada en la élite, podía subirse en una MotoGP de verdad. No desaprovechó la ocasión.

Puntuó en 16 de las 18 carreras y se destapó con una memorable exhibición bajo la lluvia de Silverstone, donde probó el champán de la clase reina y en el que solamente Valentino Rossi le impidió hacerlo en lo más alto. Acabó décimo el mundial y renovó.

Sin embargo, 2016 no empezó bien. Se lesionó en Qatar y se perdió las cuatro primeras carreras. A su regreso se hizo asiduo al ‘top ten’; y cuando el Pramac se aseguró una Ducati Desmosedici GP17 para la próxima temporada y creó una competición interna entre sus pilotos, supo que sería para él. Arrasó a Scott Redding y se convirtió en el tercer piloto Ducati.

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Y así, en su sexta temporada en MotoGP, por fin tenía una moto top. De auténtico primer nivel. La misma que Andrea Dovizioso y Jorge Lorenzo. Por eso se fija en ellos. Ya no quiere ser la primera Ducati satélite, quiere ser la primera Ducati. Y en ello está. Las cinco primeras carreras no fueron del todo bien, con dos abandonos, dos séptimo y un octavo.

La GP17 ofrecía una serie de dudas. Dovizioso llegaba incluso a decir que tenían que empezar a centrarse en 2018, y Lorenzo daba cinco de arena por cada una de cal. Incluso Redding reconoció que, de momento, la GP16 era mejor opción. Y en Mugello todo cambió.

En casa, ante unos tifosi entregados, junto a las Yamaha oficiales de Maverick Viñales y un renqueante Valentino Rossi –que se había lesionado haciendo MX-, se colaban dos Ducati con dos pilotos italianos encima: Dovizioso y Petrucci.

El joven ‘Petrux’ no pudo impedir la escapada de Dovi, que hizo valer su excepcional conocimiento de los entresijos de la Desmosedici para coger una ventaja que Viñales no pudo enjugar tras zafarse de Petrucci, al que sólo le quedaba luchar con Rossi por el último escalón. Aunque estaba delante de sus fans, tenía que dejar sin podio al ídolo de todo su país. No le tembló el pulso y cruzó la meta tercero para volver al podio casi dos años después. Y en seco.

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Después, y tras salir de Montmeló con un cero mientras Dovi extendía la fiesta ducatista, era el turno de Assen. Allí, el año pasado llegó a liderar bajo la lluvia, pero se fue al suelo. Pero esta vez todo había cambiado: ya no dependía de que el líquido elemento igualase las mecánicas para brillar entre los grandes. Podía hacerse grande por méritos propios.

Como en Mugello, se gestó un grupo de cuatro en el que también viajaba Rossi, pero esta vez con Marc Márquez como representante español y con Johann Zarco en un principio, sustituido por Dovizioso cuando cayeron unas gotas. Pero Danilo supo ver que ese día, el rival a batir era Rossi, y en cuanto cogió la cabeza, le metió sin paliativos la moto a Márquez para irse con él.

Acabó la carrera enfadado. Era su tercer podio, el segundo en tres carreras, pero se le había escapado la victoria. Por sólo 63 milésimas, y con los doblados perjudicándole en la última vuelta, en la que tenía pensado preparar el ataque y, como en Mugello, aguarle la fiesta a Rossi. Ya se está acostumbrando a empaparse en champán, pero no es suficiente.

Quiere hacerlo desde lo más alto, y visto su rendimiento y el de su GP17, se diría que es cuestión de tiempo. Porque incluso en aquellos tiempos en los que estaba en el pozo de MotoGP, en sus ganas de escalar hasta la superficie, ya se veía que Danilo Petrucci es un piloto ganador. Por eso le cabrea ser segundo, porque sabe que puede ganar.

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