Valentino Rossi: El animal que no duerme

Píldoras 2018, capítulo 8: Valentino Rossi, tercero en el Mundial de MotoGP.
Nacho González -
Valentino Rossi: El animal que no duerme
Valentino Rossi (Fotos: Gold & Goose)

La temporada 2018 ha sido la primera en la que Valentino Rossi no ha logrado ni una sola victoria de todas las que ha competido en MotoGP con una moto japonesa. Un frío dato que, unido a sus 39 años, lleva a sus detractores a pedir por enésima vez su jubilación, que si nos fiamos a su contrato tendrá que esperar al menos dos años más.

Por el contrario, sus fieles cuentan con otro argumento de peso para desear y defender –como si hiciera falta- su continuidad. Ha sido la mejor Yamaha en la clasificación general, donde ha ocupado la tercera posición, alcanzando el top 3 final de la categoría reina por 15ª vez, una cifra a la que evidentemente nadie había llegado (el segundo es Giacomo Agostini con diez temporadas).

Así pues queda una balanza equilibrada donde ha faltado velocidad pero ha sobrado regularidad. A partir de ahí entra el debate de hasta qué punto la falta de velocidad es atribuible al italiano o es un déficit de la Yamaha YZR-M1 2018, que en la mayoría de los grandes premios no ha estado a la altura de Ducati y Honda, viéndose incluso por debajo de Suzuki en momentos concretos.

Esa duda sólo podrá ser despejada si se produce la esperada mejoría en Yamaha. De momento, Rossi ha mejorado sus prestaciones globales respecto a la temporada anterior en la clasificación general, pese a haber logrado menos victorias, podios y puntos. Una cosa está clara: con su bagaje, hace mucho que Rossi compite contra sí mismo.

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Valentino Rossi: El animal que no duerme

Valentino Rossi: El animal que no duerme

El veredicto más allá de los resultados es que Valentino Rossi sigue en posesión de la piedra filosofal. En Qatar 2019 ya habrá cumplido los 40 y seguramente no partirá como gran favorito en ninguna quiniela, pero al mismo tiempo ninguno de los favoritos le quitará ojo. No por ser el que fue, sino por el que todavía sigue siendo.

Eso quedó patente en una carrera: el Gran Premio de Malasia. Se había pasado casi todo el año agazapado, que no dormido; recolectando puntos entre la adversidad, maximizando recursos para mantenerse en la lucha por el subcampeonato. Una táctica fruto de la experiencia para subsistir en la época de vacas flacas, pero insuficiente para ganar.

En Sepang, por fin, se vio ganador. La moto cumplía y le tocaba a él echar el resto, llevando a sus ‘yellows’ al delirio y soñando con la 116. El sueño tuvo un mal despertar y la cuenta sigue parada en 115, pero fue lo de menos. Tampoco importó que se terminara de escapar el subcampeonato. Ni siquiera que el desenlace fuese idéntico en Valencia, donde la lluvia también le permitió soñar.

La carrera de Malasia es la mejor prueba de que el elixir de Valentino Rossi sigue estando lejos de agotarse. Que la constancia es fruto de su madurez deportiva, pero que si la M1 responde conserva la voracidad ganadora intacta. Si la constancia es la que le permite mantenerse en la brecha; la voracidad es la que recuerda a todos sus rivales que el bronce no calma el hambre, que el apetito de un animal ganador sólo se sacia con la victoria.

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