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Durante muchos años, Marc Márquez fue puro fuego. Su innata voracidad se combinó con el hedonismo habitual de la adolescencia para dar como resultado una explosión incontrolada de talento que le llevaba tanto a realizar exhibiciones prodigiosas como a cometer numerosos errores -algunos de ellos de bulto- fruto de un exceso de fogosidad.
Un fuego que llevaba dentro, que le salía de forma natural y con el que consiguió dar luz y calor a MotoGP en una época donde se empezaba a apagar el brillo de los cuatro fantásticos que habían protagonizado una época gloriosa mientras el joven Marc quemaba etapas en 125cc y Moto2.
La llamarada del 93 arrasó con todos ellos a base de victorias y títulos, trepando peldaños a marchas forzadas por las escaleras de la historia del motociclismo. Siempre despreocupado, ajeno a que su gran poder también conllevaba una gran responsabilidad.
Hasta que empezaron las quemaduras.
La primera, en 2020, le sumió en una larga oscuridad de que la que, por momentos, creyó no poder salir. Cuando por fin lo hizo, había madurado. Ya no era aquel barbilampiño adolescente que se plantó ante los mayores y les derrotó a todos. Era un hombre adulto.
Sin embargo, su fogosidad innata seguía prácticamente intacta. La mesura que demostraba ante los micros desaparecía cuando se bajaba el casco, el momento en el que volvía a entrar en ignición y a ser, quizás con algunos leves matices, el mismo Marc Márquez de siempre: el de cava o grava.
Hasta que llegó el gran incendio.
La temporada 2025 fue la explosión de un volcán que llevaba un lustro inactivo. Vestido de rojo fuego Ducati, brotaron ríos de lava que arrasaron con todos sus rivales como antaño. De repente, todo el mundo -incluso aquellos que pensaban que estaba dormido para siempre- recordaron su poder. Como si nada hubiera cambiado.
Pero sí había cambiado. El título dio paso a una nueva lesión y el paso de los meses fue revelando la magnitud real de la misma. No era una quemadura más, porque debajo no había piel sana, sino otra cicatriz.
Su cuerpo ya no era el mismo y lo sabía.
Entender eso nunca fue el problema. El problema fue asumir que nunca más volvería a serlo.
Asumir que tenía que dejar de jugar con fuego, porque la próxima quemadura podría ser la última. De eso se dio cuenta en Silverstone, cuando creyó estar más recuperado de lo que estaba y volvió a las viejas costumbres de salir a fuego desde el viernes. Craso error: el domingo, de su brazo solo quedaban cenizas.
Fue ahí cuando entendió que, con 33 años, resurgir de las mismas como un ave fénix una y otra vez es jugar a la ruleta rusa. Lanzar una moneda al aire que puede salir cara, muy cara, o hasta clavar su carrera deportiva en la cruz.
Y por fin, siendo ya plenamente consciente de su nueva realidad, tomo la decisión que va a marcar su última etapa en MotoGP: entrar en la edad de hielo.
Utilizar ese hielo que se ha convertido en el mejor amigo de su brazo para hacer descender la temperatura media de su cuerpo y de su mente, especialmente los viernes. Volverse frío como un témpano: poner el corazón al servicio de la razón, y no al revés.
Apagar aquel fuego con el que ganaba carreras por acoso y derribo para convertir los grandes premios en poco menos que tundras, congelando el asfalto para que no suceda prácticamente nada. Si se puede ganar la carrera con un solo adelantamiento, mejor no hacer dos.
Una estrategia que también traslada fuera de pista, manteniéndose impertérrito pese a conseguir la victoria en un Sprint o sacarse un vueltón en la Q2. Se conserva frío como el hielo desde la primera vuelta del viernes hasta que pasa la bandera a cuadros del domingo.
Porque sí, la fuerza de la lava es descomunal y ser un volcán le funcionó durante muchísimos años, pero el nivel de descontrol era desmedido y las quemaduras cada vez más serias.
Por el contrario, el hielo es mucho más estable y duradero. No en vano, en la Tierra llevamos 2,58 millones de años en la Edad de Hielo. De momento, no se sabe cuánto durará la de Marc Márquez, pero si parece claro que es la única forma realista de prolongar su leyenda minimizando los potenciales riesgos y maximizando las posibles recompensas.
Y hay algo muy evidente: le está funcionando.
