El 6 de abril de 2001 se disputó la primera jornada de entrenamientos del Gran Premio de Japón, la carrera inaugural del Campeonato del Mundo de Velocidad. El circuito de Suzuka era entonces un circuito de referencia. Era, a decir de muchos, el circuito de los circuitos, y debutar en una pista así, en la nada fácil categoría de 125, repleta de cantidad de pilotos locales rápidos y agresivos, se convertía en una tarea compleja. A ese reto se enfrentaron tres jóvenes llegados desde el CEV y la Movistar Activa Joven Cup: Joan Olivé, Raúl Jara y Dani Pedrosa.
Los tres escenificaban la llegada de una nueva generación de pilotos españoles al Mundial, la generación CEV, y sería Pedrosa el que terminaría llamando la atención y despertando el interés de propios y extraños. La primera sesión de entrenamientos del gran premio inaugural siempre ha servido para tener una referencia cruda e inmediata, pero muy real, de las capacidades de los nuevos pilotos. Y en ese contacto frío y exigente con Suzuka, donde lo innato sale a flote, Dani Pedrosa no pasó desapercibido para los expertos, esos que han vivido decenas de campeonatos, han visto cientos de carreras, y han conocido a miles de pilotos.
Uno de esos con ojo clínico era Ian MacKay, que en más de treinta años de andanzas por el Mundial había sido amigo de Mike Hailwood, mecánico de Phil Read, técnico de Yamaha Sonauto, y en esos momentos trabajaba para HRC como relaciones con los medios. El bueno de Mac, como se le conocía familiarmente, gustaba de ir a las curvas y echar un vistazo. Le llamó la atención del número 26 de 125. “¿Cómo se llama ese novato?”, preguntó a un periodista español. “Es Dani Pedrosa, viene con el nuevo equipo de Alberto Puig”. Mac asintió: “Es muy bueno”.
A Mac le bastaron unas cuantas pasadas por esa curva para darse cuenta. No miró el cronómetro ni la clasificación, donde Pedrosa no destacó especialmente. Fue 23º en entrenamientos y 18º en su carrera de debut en el Mundial. Contemplando ese rendimiento con la frialdad de los números, no era nada destacable, pero a ojos de un experto como MacKay la posición carecía de interés. Lo importante fue esa grata impresión que Pedrosa dejó en su debut. Dos semanas después, en Sudáfrica, Dani araño sus primeros puntos en el campeonato al terminar la carrera en 13º posición
Pueda que ahora sepan a poco esos resultados viendo cómo muchos debutantes en el Mundial de Moto3 hacen podio, puntúan e incluso pueden llegar a ganar carreras e incluso el título en el año de su debut. Pero si tenemos en cuenta que Pedrosa llegó a esa primera carrera en el Mundial con el escaso bagaje de seis carreras a lomos de una Honda RS 125 de serie en la Movistar Activa Joven Cup 1999, y otras tantas en una RS con kit en el CEV 2000, tiene aún más merito. Sólo doce carreras a lomos de una moto de GP con la preparación más básica que uno pueda imaginarse. Hoy, cuando un piloto debuta en el Mundial de Moto3, lo hace con no menos de 50 o 60 carreras sobre una Moto3 durante varios años en diferentes campeonatos: Talent, Rookies o JuniorGP.
Pedrosa no fue el primero de la generación CEV que ganó un GP. Ese honor le pertenece a Toni Elías, que debutó en 1998 en el Campeonato de España y en 2000 disputó su primer Mundial al completo, ganando dos GP en 2001 y peleando ese año por el título frente a Manuel Poggiali y Youichi Ui. Pero Pedrosa ya subió al podio en 2001, ganó carreras en 2002, y se proclamó Campeón del Mundo de 125 en 2003, iniciando una brillante carrera que llevaría a convertirse en el icono de toda una generación, ese grupo de pilotos que cambiarían el statu quo del Mundial y convertirían al motociclismo español en la primera potencia. Y todo empezó en Suzuka, hace 25 años.
