Pioneros en Cabo Norte en invierno

Raúl Calvo y Fernando Toha han sido los primeros españoles en llegar al Cabo Norte en moto en pleno invierno. Lee su historia porque no tiene desperdicio.
Raúl Calvo y Fernando Toha -

A priori, todo son inconvenientes y desánimo, pero poco a poco las cosas van tomando forma y la idea descabellada se convierte en un reto bastante cabal y sopesado, no solo para los protagonistas, sino para todo aquel que ha seguido los preparativos y el desarrollo del mismo. Ya sabéis lo que se dice por ahí: cuando más loca es la aventura, más cuerdo es el aventurero.

El primer hándicap que me argumentaban todos era el extremo frío al que no estamos acostumbrados en los países del sur de Europa. Un ejemplo: rodando a 48 km/h de velocidad, con temperaturas de -22º C la sensación térmica es de -50º C pudiendo congelarse las zonas expuestas en menos de un minuto. A ello se le sumaba la dificultad de circular por hielo y nieve, y el miedo a que a las motos no respondieran con temperaturas tan bajas. Después nos encontramos con el escollo monetario y finalizamos con el problema psicológico: ¿Será posible llevarlo a cabo?

Pusimos encima de la mesa todos los contras que imaginamos e intentamos darles solución. Mi perseverancia me lanzó a buscar información en Internet. Contacté con personas que circulan con moto por el hielo: Motards finlandeses y el holandés Sjaak Lucassen. La experiencia es un grado y los consejos de estas personas han sido de inestimable ayuda. A estos consejos se sumaron las ideas propias y aportaciones de compañeros de las redes, empecé a preparar mi máquina e intentar ahorrarme unos cuantos euros. Hubo personas que creyeron en el reto y aportaron su grano de arena en estos tiempos tan difíciles.

A priori, todo son inconvenientes y desánimo, pero poco a poco las cosas van tomando forma y la idea descabellada se convierte en un reto bastante cabal y sopesado, no solo para los protagonistas, sino para todo aquel que ha seguido los preparativos y el desarrollo del mismo. Ya sabéis lo que se dice por ahí: cuando más loca es la aventura, más cuerdo es el aventurero.

El primer hándicap que me argumentaban todos era el extremo frío al que no estamos acostumbrados en los países del sur de Europa. Un ejemplo: rodando a 48 km/h de velocidad, con temperaturas de -22º C la sensación térmica es de -50º C pudiendo congelarse las zonas expuestas en menos de un minuto. A ello se le sumaba la dificultad de circular por hielo y nieve, y el miedo a que a las motos no respondieran con temperaturas tan bajas. Después nos encontramos con el escollo monetario y finalizamos con el problema psicológico: ¿Será posible llevarlo a cabo?

Pusimos encima de la mesa todos los contras que imaginamos e intentamos darles solución. Mi perseverancia me lanzó a buscar información en Internet. Contacté con personas que circulan con moto por el hielo: Motards finlandeses y el holandés Sjaak Lucassen. La experiencia es un grado y los consejos de estas personas han sido de inestimable ayuda. A estos consejos se sumaron las ideas propias y aportaciones de compañeros de las redes, empecé a preparar mi máquina e intentar ahorrarme unos cuantos euros. Hubo personas que creyeron en el reto y aportaron su grano de arena en estos tiempos tan difíciles.


Con todo ello, empezaron los preparativos de Beltza, la máquina de mi mujer, una moto de 800 cc que me cedía para el viaje. Primero construí unas cadenas para la rueda trasera soldadas por un amigo profesor de soldadura y para la rueda delantera fabriqué unas pequeñas cadenas de acero inoxidable que se ataban con una goma. La escasa distancia entre la rueda delantera y el guardabarros con las cadenas o clavos podía reventar el guardabarros si había mucha nieve, lo que me llevó a confeccionar una pequeña pieza elevadora del guardabarros y modificar las sujeciones de los latiguillos de freno.

Los manguitos de agua y partes más expuestas del motor y embrague los cubrí con un material que se usa en fontanería, pues circular a  muy bajas temperaturas podía provocar algún tipo de avería, el anticongelante se cambió por uno de congelación más baja, también lo pensaba hacer con el aceite del motor utilizando un 5W pero desde Bikerland Zaragoza no lo recomendaron para el buen funcionamiento del embrague y la moto. Ellos se encargaron de la revisión y montaje de neumáticos Heidenau k60 SIO2 que Rodamoto nos envió a un buen precio.

Diseñé unos deflectores auxiliares de metacrilato para proteger un poco más al cuerpo, y en el radiador instalé un sistema casero para poder taparlo en caso de temperaturas muy bajas, una especie de cortinilla enrollable que sirve para tapar el radiador y conseguir que la temperatura del motor sea la óptima, evitando el consumo excesivo y averías. Con un tubo de canalización fabriqué un habitáculo para portar las cadenas y los skies cuando no son necesarios, la verdad es que los esquíes me dieron bastantes quebraderos de cabeza, porque una vez terminado este reto quiero dejar la moto original y para ello he diseñado todo de tal forma que nada se ha cortado, soldado o modificado, la moto se puede dejar tal cual  salió de fábrica. Los esquíes están hechos de acero inoxidable, con amortiguadores de un scooter y barras de suspensión de aluminio de aeronáutica con unas rotulas utilizadas en las direcciones de los kart, los patines de acero inoxidable los fabricó un compañero de un foro de motos que también hizo unas bieletas a medida. A lo anterior, le sumamos las conexiones eléctricas para el casco Scorpion 900 air con pantalla calefactable, los faros auxiliares LED de 3.000 lumen (solo para utilizarlos en caso de imperiosa necesidad), la ropa eléctrica…

También puse un conector para el Optimate y otro de fuerza para una batería auxiliar que llevábamos en la maleta y utilizarla en caso de que las motos no arrancaran. Finalmente no tuvimos que utilizarlo pues por las noches las motos dormían a cubierto o con la funda y conectadas al Optimate la mayoría de los días. Realicé una instalación paralela a la de la moto con interruptores en el manillar que activan unos relés situados bajo el asiento, de esta manera todo queda más ergonómico y sin modificar nada original de la moto. Fernando tenía muchas cosas de su anterior moto que iba a acoplar a la Yamaha 1200 Super Ténéré, incluidos los esquíes. Llevó la moto a MKR, en Zaragoza, y les comentó sus necesidades y acoplaron la moto a las características del viaje. Lo más llamativo fue la segunda batería para que tuviese potencia suficiente para los accesorios eléctricos además de ayudar en el arranque en frío durante las gélidas mañanas.


Llegó el día de partida, 16 de febrero, hora de poner en práctica todo lo que se había preparado y comprobar si éramos capaces de lograr el objetivo. Acostumbrado a la comodidad y autonomía de mi «Paneuro» esto se hacía duro pues debía parar cada 230 km a repostar y la protección es mucho más precaria. Tras cruzar por Puttgarden al bajar del ferry veo que Fernando está parado a lo lejos. ¿Qué pasará? Resulta que me había dejado el ordenador portátil sobre una de las maletas mientras estábamos en el barco y cuando bajé del ferry y recorrí unos 800 metros cayó al suelo, gracias a Dios Fernando lo vio y no pasó de ahí el susto. La cita ineludible era en Lund (Suecia), donde esperaban las ruedas de clavos.

Cruzar el puente de Malmo con viento y nieve es una experiencia increíble. Tras recoger las ruedas, y bajo una copiosa nevada, intentamos sobrepasar Estocolmo, pero las indicaciones del GPS nos llevaron por 120 km de carreteras de interior, con muchísima nieve y lenta circulación. La jornada siguiente, la cosa se complicaba por momentos, y ante las previsiones meteorológicas, cambiamos los neumáticos Heidenau por los de clavos. La conducción con clavos se hizo un poco rara en principio, la moto rebotaba y era muy difícil de conducir, los expertos del taller sueco nos habían puesto 2,9 kg de presión en las ruedas, tuve que tirar de mi manómetro y compresor para poner las presiones adecuadas. En Suecia las carreteras principales están más o menos limpias y echan sal para que no se acumule nieve y hielo en la superficie.

Otra cosa es repostar ya que esas zonas están cubiertas de hielo totalmente, dicho sea de paso, la mayoría de las gasolineras son de pago con tarjeta y no hay personal atendiéndolas. A esto hay que sumarle que las temperaturas bajaron drásticamente. Rodar a - 14 º no es tan complicado con buena equipación y convencimiento. Suecia dio paso a Finlandia y el estado de las carreteras cambió radicalmente: en Finlandia las carreteras están heladas, la nieve seca que cae, forma una capa de hielo en el asfalto que los vehículos que circulan por ellas compactan. Para que tengan adherencia, unas máquinas, como si fueran cosechadoras, hacen unos surcos-carriles para intentar dar algo de agarre.

Al principio, la conducción en esas pistas de hielo se hace rara, impresiona y da respeto, teniendo en cuenta que son carreteras de doble sentido y allí los trailers y demás vehículos circulan a velocidades similares a las de España, pero sobre el hielo. Las ruedas son súper fiables, extraordinarias y con ellas las velocidades pueden llegar hasta los 80 km/h sobre el hielo. Los paisajes se vuelven espectaculares, un blanco inmaculado cubre árboles y lagos helados. Antes de abandonar Finlandia, en Inari, tuvimos la suerte de divisar nuestras primeras auroras boreales. Hasta este momento todo fue bastante bien, las jornadas transcurrían según lo previsto.


El último tramo hasta Nordkapp se hizo duro. La idea era llegar desde Inari, Finlandia, hasta Honningsvag, Noruega (360 km) en un solo día, pero casualmente, Fernando quiso parar en una gasolinera en Lakselv a tomar algo para hidratarse. Allí nos dijeron que era imposible continuar la ruta por los fuertes temporales de viento y las altas temperaturas de 1º C que hacen que el hielo se derrita. En esa zona se da un fenómeno extraño y es que llueve a -3º C lo que crea una película sobre el hielo de la carretera dejando a los clavos de las ruedas inútiles para circular.

Hay multitud de quitanieves imparables, pero pese a ello el clima extremo es implacable. Algunos túneles permanecen cerrados, pero cuando te acercas con tu vehículo se abren automáticamente, curioso sistema de mantener los túneles sin nieve que además sirven de refugio en caso de temporal.

Estábamos en Lakselv a 160 km de Nordkapp y decidimos hacer uso de los esquíes. Por la mañana intentamos llegar hasta Honningsvag, pero a tan solo 60 km, una fuerte racha de viento me sacó de la carretera dejando la moto sepultada en la nieve, teniendo que tirar de la pala para desenterrarla y después atarla a un 4x4 para que la sacara de la cuneta. Tuve muchísima suerte porque esa carretera preciosa en verano, es una trampa en invierno y si hubiera pasado pocos metros después quizás hubiera caído al mar por el acantilado. Todos los vehículos que pasaban nos indicaban que debíamos retroceder por nuestra integridad física y si los lugareños dicen que hay que retroceder, es mejor hacerles caso, nadie mejor que los nativos para saber qué pasa en su tierra. Retornamos a un túnel para decidir a salvo si proseguir o retroceder y así fue, regresamos hasta Olderfjord.

Nos cobijamos a 97 km de Honningsvag, donde debíamos esperar dos días a que amainase el temporal, en una cabaña que abrieron para nosotros en el camping de Olderfjord. Afortunadamente sobre las 10 apareció el encargado del camping y nos comunicó que había una ventana de «buen tiempo» y que nos fuésemos rápidamente hacia Honningsvag. Confundidos llamamos a José Mijares propietario del Ártico Ice Bar de Honningsvag, que reafirmó esta opción. José también nos ha ayudado antes y durante el viaje. Sin perder tiempo, sin tan siquiera desayunar, metimos la ropa recién lavada en unas bolsas, cargamos todo y pusimos rumbo al norte.


El temporal nos llevó a cobijarnos a 97 kilómetros de Honningsvag, al norte de Noruega, nuestra siguiente parada. Conocimos a José y su perro Lonchas, el malamute del Ártico Ice Bar. José nos informó de los pasos a seguir para recorrer los 30 últimos km hasta el ansiado destino. A la mañana siguiente y con las indicaciones, comprobamos que Nordkapp se hace de rogar y que tampoco podíamos llegar ese día, había que volver y aplazar el asalto al objetivo.

La desesperación empezó a ser latente. Las fuertes nevadas y el viento de 80 km/h hacían intransitable la zona. Una máquina quitanieves quedó volcada en mitad del camino impidiendo el paso. La espera en el albergue de Honninsvag fue más llevadera por el Skype, Facebook y por un bonachón polaco que nos deleitaba con sus pescados durante días, además de explicarnos dónde podíamos ver mejor las auroras boreales.

También estuvimos con un chaval alemán que nos encontramos días atrás y que viajaba a Nordkapp en bicicleta. La mañana del 28 de febrero parecía ser el día señalado, aunque el camión cruzado en la carretera días atrás intentaba truncar de nuevo nuestros deseos. Madrugué un poco más y me acerqué a la primera barrera a 25 km de Nordkapp, que nuevamente estaba cerrada… No, no, no puede ser posible son ya tres intentos.

No podía más. Regresé a Honnigsvag y junto a José Mijares y Fernando nos acercamos de nuevo a la oficina de turismo. La derrota pasó de ser un fantasma a una posibilidad muy real, pues si esa mañana no podíamos subir las previsiones eran malas para los próximos cuatro días. Ello conlleva un gasto extra muy elevado por la estancia y por los días para regresar a casa a trabajar. Al final, desde la oficina de turismo dieron por fin el permiso para llegar a Nordkapp ya que la carretera estaba por fin despejada y el clima nos daba un respiro.


La magnitud del viento y nieve es tan fuerte allí, que un quitanieves abre camino una vez al día a un convoy, y debes estar atento para integrarte en él o de lo contrario hay que esperar al siguiente, que puede ser un día después o no. Allí estas supeditado a la climatología. Llegamos a la segunda barrera situada a 13 km de Nordkapp (curioso número) donde nos encontramos con unos reporteros de la televisión noruega que flipan con dos tipos en moto, españoles y con rumbo a  Nordkapp. Mientras esperamos al quitanieves, disfrutamos jugando con Lonchas en la nieve. Por fin el ansiado momento llegaba, levantaron la barrera, el quitanieves abrió paso y nos dijeron: adelante.

Las emociones estaban a flor de piel. Mientras subía, las lágrimas inundaban mis ojos, me acordaba de mi objetivo, mi fallecido perro Thor, de mi esposa Ascen, de los que ya no están con nosotros físicamente y de todos aquellos que nos han apoyado en este reto. Del apoyo al Hospital de parapléjicos de Toledo… Las ganas de llegar me desbordan. Son los 30 km más largos y más bonitos que jamás haya sentido encima de una moto. No puedo explicarlo con palabras. Las nubes van dejando paso a un sol diferente, parece que alguien desde el otro lado del aro iris nos está ayudando. Por fin llegamos al destino, los dos al mismo tiempo, nadie es el primero. Nos damos la mano y las levantamos en alto. Sin poder contener las lágrimas, llamé a mi esposa que también estaba llorando, era incapaz de poder hablar. Pese al sol, el fuerte viento hacía que los dedos dolieran como si cientos de agujas se clavaran en ellos. Unas nubes raras emergían del mar reflejadas por los rayos de sol.

Hice mi particular tributo a Thor con su collar en la mano, en un lugar mítico para nosotros, un lugar que puede llegar a ser épico. Ya estuvimos allí en el verano de 2005, pero esto ha sido totalmente diferente, en invierno no hay apenas gente por ningún lado, el frío, la nieve, el hielo, el viento hacen que día a día avanzar 100 o 200 km sea todo un reto físico y sobre todo psicológico. No hay que rendirse, no hay que desistir, pero tampoco hay que arriesgar más de lo necesario. Estás a expensas del clima, si él quiere avanzas y si no tienes que refugiarte. Es como en las montañas, si ellas quieren haces cumbre y si no puedes perder hasta la vida.

Fernando llamó a su madre. Lo hemos logrado, somos los primeros españoles que han llegado a Cabo Norte en invierno, en solitario, sin ninguna asistencia. Por Thor, por todos vosotros que nos habéis dado vuestro apoyo, por las ilusiones cumplidas. Hemos sido muchos los que hemos viajado en esas dos motos y lo hemos conseguido. Miro la webcam del edificio de Nordkapp y saludo a todos los amigos y compañeros que llevan meses viendo nuestras dudas, nuestras mejoras y nuestros pensamientos. Todas las tardes en lugar de descansar en la cama me conectaba para contar mis vivencias, yo soy feliz y disfruto compartiendo, la gente corresponde. Eso te da ánimos y fuerza para seguir aunque apenas duermas cinco horas diarias, la energía que te llega hace posible lo imposible.


La tarde del 28 de febrero, cuando nos conectamos a Internet y abrimos Facebook, nos quedamos boquiabiertos, estupefactos, desbordados por el aluvión de felicitaciones recibidas. No nos cansamos de repetirlo: Gracias por vuestro apoyo.

El objetivo se ha conseguido, pero ahora tenemos que volver, sanos y salvos, que de eso se trata. El reto se completa cuando ya estás en tu casa. Iniciamos el regreso, aún falta la mitad del viaje. Los objetivos se fijan sobre la marcha y en la primera jornada la nieve dificulta la visibilidad por lo que tenemos que parar donde ya habíamos estado cuatro días antes. Al día siguiente reanudamos la marcha, con las temperaturas más bajas de todo el viaje. Estamos rodando con - 22º C por la llamada tundra. Allí no hay prácticamente nada, solo tú, tu máquina y un millón de pensamientos. Hoy sí sentimos algo de frío, pero aun así logramos avanzar 230 km.

No queremos avanzar más, porque en Finlandia son las semanas blancas, los hoteles están bastante llenos y encontrar alojamiento es un poco más difícil. Al día siguiente, avanzamos hasta Rovaniemi, con la misma temperatura del día anterior, pero ello no es obstáculo para visitar la casa de Papa Noel en la línea del Círculo Polar Ártico. Tras Rovaniemi, tomamos dirección a Helsinki, la nieve no da tregua pero la temperatura sube hasta -12º C con lo que la conducción es más llevadera. Nos cuesta dos días cubrir los 830 km de distancia.  Por el camino encontramos a gente encantadora que se desvive por facilitarnos un poco nuestra aventura y así la siguiente etapa de Rovaniemi nos lleva hasta Kärsämäki, hasta un pequeño motel motero, cuyo propietario se desvive por poner a resguardo nuestra motos y facilitándome un pequeño modem USB para tener conexión. Al día siguiente marchamos a Helsinki donde nos espera Raúl Lapuerta, su esposa Catharina y sus graciosas perritas, quienes nos darán cobijo durante tres noches. Han sido unos anfitriones extraordinarios, además Raúl ha sido un elemento muy importante en este viaje, siendo nuestro traductor en numerosas ocasiones y centro logístico en tierras nórdicas.

En su casa descansan los neumáticos de carretera Heidenau k60 SIO2 y ya había contactado con un taller para realizar el nuevo cambio. El taller es de unos jóvenes chavales que tienen mucha ilusión, no nos quieren cobrar nada por realizar el cambio de neumáticos, finalmente les pagamos y les regalamos dos botellas de vino español que fuimos a comprar allí mismo. Raúl también se encargó de los billetes del ferry a Alemania. El ferry es un carguero de 30 horas de travesía, que se hacen pesadas y para colmo de las desgracias, justo antes de desembarcar, alguien me robó la cámara de fotos y gran parte del material en el que había trabajado duramente en el último mes se ha perdido. La desolación a partir de este momento ha enturbiado en parte un viaje que había sido precioso.

A pesar de estar en el mar, de que viajamos muy pocas personas y todos controlados, y que una persona de la tripulación vio como un ruso de 35 años se la llevó, no pude hacer nada. De nuevo Raúl Lapuerta fue quién nos ayudó con las traducciones para entendernos con el capitán. Pedimos por megafonía que al menos devolvieran las tarjetas de vídeos y fotos, pero no hubo suerte. Sobre las 11 de la noche fuimos los últimos en desembarcar en Travemünde, bajo una impresionante nevada con la autopista sin limpiar que acumulaba unos 15 o 20 cm de nieve, haciendo que circuláramos a unos 25 km/h durante unos 15 km hasta llegar a un hotel en Lubeck.

Tres jornadas nos separan de casa y la nieve y el agua no da tregua, empezamos ya a estar un poco cansados, porque la conducción en estas condiciones es difícil y desgasta mucho psicológicamente. Entramos en España por la Junquera intentando buscar mejor tiempo. En mi caso supone hacer 450 km de más, pero salimos juntos y juntos volvemos. Llegamos a Gerona, donde nos espera un amigo, pero no podemos bajar la guardia porque las previsiones en Navarra son de nieve a partir de la tarde del día siguiente, así que madrugamos un poco, para llegar a la hora de comer a casa y por su puesto a eso de las 17:00 horas empezó a nevar y tras tres días, la nieve continuaba.


Para despedirme me gustaría dar las gracias a las personas que nos han ayudado en nuestro viaje sin pedir nada a cambio: Motosprint-shop, Dynamic Line, Bagster, 2TMoto, Asociación Mutua Motera, Comrider.com, Scorpion Helmets, Rodamoto, BikerLand, MKR emecar, Ds Bike protection, ArteHerramienta-LLavesa, Moto Rutas, Pentax/Pentaxeros y MOTOCICLISMO, por el apoyo y confianza que nos habéis prestado a nosotros, gente pequeña que ha conseguido un gran reto: ser los primeros españoles en llegar en moto y en solitario hasta Nordkapp en pleno invierno en tan solo 25 días.

Unos 10.000 km de frío, viento, hielo y nieve. Sabemos que del buen equipamiento y buena preparación depende en gran parte el éxito de un gran reto y en este caso hemos dado con todo lo que necesitábamos, haciendo el viaje más cómodo y seguro. Además jamás podremos olvidar todo el cariño recibido por parte de los componentes del grupo de Facebook, Desafío Nordkapp en invierno, porque aunque nosotros seamos los ejecutores del viaje, hasta allí ha llegado la ilusión de todos. Gracias de todo corazón, no vemos en ruta.


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