En vez de comenzar con un falso y pedante «yo ya vi que iba para gran figura cuando disputaba el CEV», voy a hacerlo reconociendo que solo le sigo con atención creciente desde que en 2008 empezó a destellar en el Mundial de 125… pese a la KTM. Vamos, desde cuando para verle, aún había que saber mirar, y Angel Nieto, frente a sus compañeros televisivos, que eran muy fans del Cola-Cao, empezaba ya a defender lo bueno que le parecía aquel niño.
Y ahora, al grano. Fruto de mi seguimiento, creo haber descubierto el secreto de Marc: Corre como un poseso; y corre como un poseso… ¡porque está poseído! Respecto a lo primero, no me he quedado calvo para descubrirlo, claro. De quien, como él, corre con ferocidad y sin tregua, resulta bastante adecuado decir que corre como un poseso. Sin embargo, por qué creo que está poseído… y por qué o quién creo que lo está, sí requiere explicación. Pues bien, creo que está poseído… ¡por el espíritu de Ramón Torras! Ah, y me choca mucho no tener constancia de que alguien más se haya dado cuenta.
Cuando en el pasado GP valenciano, el equipo de Tele 5 agotó sus adjetivos laudatorios y optó por idear comparaciones, no logré digerir lo de que «Marc es el Nadal del motociclismo». Si se referían al tenista, carezco de conocimiento suficiente para evaluar el acierto del símil, pero como considero básico que las comparaciones sean homogéneas, ésa la encontré tan ilustrativa como decir que Nadal es el Alonso del tenis, o, rizando el rizo, que José Tomás es el Marc Márquez del toreo. De hecho, ni siquiera entiendo el topicazo de que «Marc es el nuevo Rossi». Quienes tal dicen y se quedan tan anchos, ¿qué les verán en común? Como no sea que ambos van deprisa en moto... Claro, si se conforman con cotejar palmarés, quizá (y aún para eso habría referentes más afines), pero si analizan sus pilotajes, en el más amplio sentido del término, ¡nada que ver!, y el que aún no se haya percatado, que se fije bien la próxima temporada cuando coincidan en la pista.
Sin embargo, me extrañó mucho que ni se mencionase a Torras durante un fin de semana en el que tan clara, fuerte e insistentemente llamó a la puerta del recuerdo (que alguien hubiera esbozado mi teoría de «la posesión Ramoniana» ya habría sido mucho pedir). Puedo entender que Ramón no esté en la memoria de los más jóvenes del equipo, e incluso disculpar a Dennis porque creo muy posible que nunca le viera. Pero Ángel… ¡coño, que sólo era veintiséis meses mayor que él y se vieron unas cuantas veces! Con su aguda lucidez habitual, ¿cómo no se le ocurriría algo tan evidente como que Marc es el Torras del siglo XXI? ¿Estaré ofuscado y sólo me parecerá evidente a mí?
Ante tal duda, pienso que lo mejor es exponer mi argumentación documentándola para que puedas juzgarla con independencia de tu edad, porque si en 1961 ya eras aficionado, sabes de quién hablo, y si alguna vez lo viste en acción ¡seguro que no le has olvidado! Pero si tu afición es posterior al fatal 30 de mayo de 1965, ya no pudiste verle y quizá incluso desconozcas su genialidad.
Ramón fue un motovelocista (luego aclararé por qué lo defino así) que debutó sobre asfalto en la Subida a Santa Cruz de Olorde de 1961, donde con una Ducson se impuso en Hasta 75 cc y quedó tercero absoluto. El ganador fue su mentor, Juan Sobrepera (“Tiger”), que con una Bultaco 175 subió en 4’ 43” 2/5, a 72,365 km/h, ¡y él lo hizo en 4’ 44” 2/5, a 72,151 km/h, mientras que el promedio del segundo de su categoría no llegó a 50 km/h!
Aquello le valió el apoyo de Ducson, pero a esa marca —por imagen— no le gustaban los pilotos demasiado arriesgados, y Ramón, como casi todos los novatos que van muy deprisa, se caía bastante, así que antes de una carrera en Mollet le plantearon un ultimátum: si volvía a caerse, no correría más con sus motos. Y César Gracia, que era el primer piloto del equipo, me contó así la carrera: «Aquel día no es que se cayera, ¡es que no pudo terminar porque casi desguazó la moto! En sucesivos golpes fue rompiendo manetas, estriberas, pedales, etc, hasta que ya no pudo seguir. Y desde luego, nunca más le dejaron una Ducson». Afortunadamente, “Tiger” no dejó en paz al Sr. Bultó hasta que lo fichó, y gracias a él, en septiembre de 1961 se formó el tándem que revolucionó irreversiblemente el motociclismo español. Dirigido por D. Paco y tutelado por el fino y rápido John Grace, Torras inició un palmarés breve, pero intensísimo, en el que apenas hay otra cosa que victorias, podios, incidentes… y accidentes.
Pero como aquí no se trata de narrar su historia, sino de aportar datos comparables, me limitaré a reproducir dos párrafos de su biografía que publiqué hace ahora veinte años en el nº 59 de MOTOR CLÁSICO, y a revelar una mínima parte de unas conversaciones inéditas que mantuve con D. Paco a lo largo de una semana en la Masía San Antonio y restaurantes próximos, repasando su vida. «Su pilotaje resultaba incomprensible para sus rivales y escalofriante para el público. En Zaragoza se cayó en 125 y aún así ganó (un hecho que repitió varias veces). La verdad es que cuando todo le iba bien desde el principio, corría como si quisiese doblar al segundo, y si arrancaba mal (caso frecuente) o tenía algún incidente que no le impidiese seguir, remontaba con una furia que asustaba. Iba siempre al límite, desde el primer entrenamiento, porque esa era su forma natural de correr».
Y esto me lo contó su compañero Paquito González refiriéndose a una carrera en un circuito francés que no conocían, justo después de acordar ambos tomárselo con calma porque estaba mojado: «Iba tomando referencias en los primeros entrenamientos (que no significa que fuese lento) y me hizo tal interior en una doble curva —con muro desprotegido de fondo—, que me rozó y casi nos caímos los dos. Inmediatamente fui al box a esperar sus disculpas y decirle cuatro cosas (pese a que éramos grandes amigos), pero él siguió en pista, y cuando al fin paró a modificar la puesta a punto, no me prestó mayor atención. Para Ramón, simplemente, no había sucedido nada raro».
Y con D. Paco hablé bastante de él porque compartíamos admiración, así que me ensalzó su calidad humana, su formidable dominio de la moto, etc, etc, hasta que en un momento dado dijo: «Lástima que por más que le decíamos y le recriminábamos, se caía mucho. Y lo peor es que él no consideraba que arriesgase demasiado». Y como le respondí: «Es que, para mí, fue mucho mejor corredor que piloto», me miro, hizo una pausa evidentemente reflexiva, captó perfectamente el matiz y finalmente me dijo: «Excelente definición, Andrés, ¡excelente definición!». De ahí que antes lo definiese como «un motovelocista», para no presentarlo ni como corredor ni como piloto.
Y ahora, te pregunto: ¿encuentras algún parecido entre Torras y cierto joven que sólo en el fin de semana valenciano (por no extenderme ni remontarme más), siendo ya campeón, fue sancionado —¡por acumulación de amonestaciones!— al tocarse con Corti cuando le hizo un interior que no era de amigo durante un entrenamiento libre sobre mojado en el que no se puede decir que hubiera gran cosa en juego? ¿Y con el que sabiendo que saldría último fuese cual fuese su tiempo clasificatorio, se cayó en las dos tandas cronometradas persiguiendo el mejor crono? ¿Y con el que de forma tan magistral como impresionante bordó una de las mejores carreras que he visto (si no la mejor), adelantando a veintidós rivales en el primer parcial de la primera vuelta, «descansando un ratillo» con Aegerter y Rea (yo llegué a creer que iba a intentar conformarse con haber llegado hasta ahí, y es cuando más miedo me dio porque veía que se los tragaba), y culminando con una sucesión de vueltas rápidas que nadie pudo replicar? Más aún, ¿crees que Alzamora habrá podido imaginarse alguna vez lo que sentían Johnny y D. Paco hace sesenta años? Entonces, ¿hay o no razones para creer que Marc está poseído por el espíritu de Ramón?
Bien, pues como si a estas alturas no te he convencido, ya no voy a convencerte, paso a mi siguiente revelación: cómo creo que se le puede ganar… o al menos intentarlo con las máximas posibilidades. La receta es muy fácil; lo difícil es ponerla en práctica: Hay que mantenerse muy cerca de él toda la carrera, sin acosarle ni ir nunca delante… ni intentarlo siquiera (ojo, que eso es importantísimo), y tratar de adelantarle en la última o como mucho penúltima curva de la última vuelta, para que ya no tenga posibilidad de reaccionar. Y ahora voy a razonar por qué.
Si te fijas, Marc suele ser más ganador de carreras que conseguidor de vueltas rápidas en entrenamientos. Para mí, igual que Torras, es la antítesis del piloto tiquismiquis. Siempre querrá que su moto corra más y vaya mejor, pero sobre todo para poder superarse a sí mismo, porque querer ganar le es connatural y a la hora de la verdad tira absolutamente a fondo con lo que haya. En entrenamientos, solito y a su aire, va rápido, rapidísimo, y en cuanto le informan de que alguien mejora su tiempo, reacciona. Pero para reaccionar necesita una vuelta más, así que para tratar de salir delante de él, lo más sensato es reservarse, entrenar por parciales en vez de por giros completos (para no dejarse ver), y echar el resto cuando no quede tiempo de dar otra vuelta. Sin embargo, en carrera no va solito. Ahí, si tiene rivales delante, los ve, y más que servirle de referencia, le sirven de objetivo y le estorban, así que, generalmente, los pasa, se anima, se va, ¡y listo! Por eso, si yo pretendiera ganarle, le dejaría marcar el ritmo, rezaría para que no le diese por correr contra sí mismo, intentaría seguirle sin molestar, y al llegar a la última curva aprovecharía su costumbre de entrar abierto y derrapando, para intentar un interior… confiando en que cuando nos tocásemos (porque es casi seguro que nos tocaríamos) no echásemos todo a perder.
Ahora, si añado que soy —no me importa reconocerlo— uno de los mayores admiradores que pueda tener Marc, habrá quien piense: «¡Pues vaya admirador, que cuenta cómo cree que se puede ganar a su admirado!», pero déjame que explique por qué no me importa hacerlo. Eso que he explicado es lo que creo que se le podría ocurrir —si no lo tiene pensado ya— a Rossi… y seguramente a ningún otro que tenga posibilidades de hacérselo; e igualmente creo que como mucho se lo haría una vez, porque anda que el chaval no aprende deprisa. Pero al desvelar la táctica me he cargado el factor sorpresa y he convertido «cómo creo que se le puede ganar» en «cómo creo que se podría haber intentado ganarle… si no hubiese publicado esto», así que, ¡de nada, Marc! Y ya, por fin, ahí va el pronóstico: Para mí, teniendo en cuenta su temporada 2011 en Moto2 y lo muchísimo que ha progresado y madurado en 2012, que Marc sea o no campeón al primer intento depende exclusivamente de que logre acabar suficientes carreras para lograrlo. Así de rotundo.
No voy a poner por escrito que le considero imbatible, porque como me dijo Luike hace treinta y dos años, «Cuidado, Andrés, que las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito, escrito queda», pero sí voy a escribir con todas sus letras que salvo inferioridad mecánica palmaria o incidencia que se lo impida, le considero capaz de batir a cualquiera, y conste que aunque pueda parecérselo a alguien, no es lo mismo una cosa que otra. Y como estando en Honda, la inferioridad mecánica es poco probable (por cierto: estoy convencido de que Marc es el piloto que necesitaba Ducati para volver a ganar, así que lo siento por ellos, pero celebro que haya podido llegar directamente a Honda, en vez de tener que pasar por experiencias delicadas), creo que lo realmente decisivo será que su entorno logre reducir el riesgo de incidencias intentando que Marc siga siendo cada vez más piloto sin dejar de ser tan corredor. ¡Ojalá!
¡Qué foto! Así, de pronto, nada especial ni espectacular: dos TSS oficiales muy similares abordando una curva cualquiera de un circuito urbano español a principios de los 60. Con la 21, Marcelo Cama, que en 1956, con una modesta (a nivel mundial) Montesa Sprint quedó segundo en el Tourist Trophy tras Carlo Ubbiali (seis veces campeón mundial de 125 y tres de 250) y su imbatible MV. Vamos, ¡un buen piloto! Con la 22, Ramón Torras: ¡un piloto excepcional! Veamos por qué.
Si observas con atención, Cama intenta la buena trazada clásica: entra abierto, con la horquilla bastante comprimida ya por la frenada, buscando con la mirada y con la moto llegar al vértice de la curva con casi todo el giro hecho, para salir abriendo la trayectoria y poder acelerar pronto y fuerte aprovechando toda la adherencia de aquellos Dunlop triangulares sobre pavimentos callejeros. Mientras, Torras, que mira más lejos y con mayor determinación (como si diera por hecho lo que va a hacer), le roba el sitio iniciando un interior sin apenas frenar aún (observa su horquilla), así que cuando Marcelo se dé cuenta, no verá el vértice de la curva sino la moto de su compañero, que al ir menos inclinado podrá frenar más fuerte y más tarde, e inmediatamente será capaz —¡quién sabe cómo!— de trazar más cerrado y rápido, y se alejará lamiendo el bordillo, las balas de paja o los neumáticos (lo que hubiera), acelerando como un poseso y haciendo gemir a sus asustados Dunlop.
Pues bien, para mí, quienes hacen lo que Marcelo habitualmente y con maestría, son buenos pilotos; si excepcionalmente realizan la maniobra de Ramón, se engrandecen; según la frecuencia y éxito con que intenten esa y cualquier otra genialidad, llego a considerarlos grandes pilotos; ¡pero sólo a quienes convierten la excepcionalidad en su pilotaje habitual los considero pilotos excepcionales! Y de esos, en más de cincuenta años, solo tengo una lista reducidísima, tan reducida que la abrí con Ramón Torras, de momento la cierra Marc Márquez… y casi me sobran dedos de una mano para contar a los demás.