Black Bike Week

La Semana Negra de la Moto reúne a cerca de medio millón de moteros, la mayoría afroamericanos, en Carolina del Sur. Esta concentración va camino de convertirse en la mayor de EE.UU.
Martin Pashley/I.G. Fotos: James Cheadle -
Black Bike Week
Black Bike Week

Todo comenzó a finales de la década de los años 70 en la ciudad de Atlantic Beach, que era la única playa en el estado de Carolina del Sur que permitía su uso a los estadounidenses de raza negra. La Semana de la Moto, también conocida como el Festival de la Moto, ha pasado de unos cientos (la mayoría moteros negros) a casi medio millón. Ahora vienen aficionados de todo tipo que llenan las playas de Carolina del Sur durante el fin de semana del Memorial Day, que es una fiesta nacional en honor de las personas de las fuerzas armadas que han perdido la vida cuando servían al país.

Esta reunión no ha estado exenta de polémica, algunos años ha habido tiros y demás actos violentos, pero la Bike Week no ha parado de crecer y ahora es la cuarta reunión de moteros en EE.UU por número de asistentes y según algunas predicciones en una década podría ser la número uno. Un motero de Mississippi que responde al nombre de «Boss» me dijo: «Aquí hay muchos motoclubes de negros que vienen de todo el país, es fantástico. Pero es más que una concentración. Sturgis es una concentración, Daytona también, esto es otra cosa. Es un fenómeno social».

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Le pregunté a algunos pilotos que por qué la Hayabusa era tan popular. La mayoría está de acuerdo en que es fácil de pilotar, hay una gran cantidad de modificaciones disponibles pero, lo más importante, es que es realmente rápida. «Giras el puño de gas y sales disparado», dice Kevin, que ha venido de Alabama.

Aunque no hay muchas ocasiones para ir rápido. El casi medio millón de visitantes hace que la policía controle el tráfico de manera exhaustiva, por lo que se puede hacer poco más que pasear arriba y abajo luciendo cada motero y moto sus mejores galas. Podría decirse que no hay dos decoraciones iguales, y que buena parte de todos los cromados del mundo han ido a parar este fin de semana a las calles de Carolina del Sur. «Es un show. Tienes que venir con tus mejores galas porque los demás van a ir a tope», me dice un tipo de Pittsburgh quien no deja de hacer hincapié la importancia de la pinta que tengan las motos y la ropa de los asistentes a la concentración durante el fin de semana.

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Paseando por Ocean Boulevard

«Hay mogollón de tías penosas, cada año es peor», me dice Melanie, una motera de Indiana, que se queja del número de chicas que no tienen nada que ver con esta concentración y que vienen a pasárselo bien «y a meterse en toda clase de líos. Buscan una moto que les guste y se quedan ahí esperando a que llegue el dueño. No van en moto, solo quieren lucirse yendo de paquete ataviadas con unos minúsculos pantalones cortos». Para Melanie estas chicas son lo peor de lo peor.

Con cientos de personas en las aceras, las motos pasan lentamente por la avenida junto a la playa. Hay tanta carne al aire como durante Mardi Gras en Nueva Orleans. La mayoría de la gente bebe mientras le echa un vistazo a los pechos o los culos de las chicas en moto. Las más exhibicionistas tampoco las tienen todas consigo porque después de algunos percances en la playa se ha prohibido el uso de tangas.

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Pese a las quejas de Melanie, al menos el 40 % de los que pasean en moto por Ocean Boulevard son mujeres, algo que no cambia durante todo el fin de semana. Hay multitud de motoclubes femeninos con chicas en Harley o en Suzuki. Shuggababe en la presidenta de las Divas de Carolina del Norte (que en su foto oficial salen todas vestidas con ropa interior negra), me dice: «Hace 13 años que vengo y cada vez hay más mujeres con sus motos. Las chicas ven más y más moteras y el número no para de crecer. A algunas les gusta ir tranquilas pero nosotros les damos caña a nuestras Hayabusa». Isis, otra chica, ha venido de Raleigh, Carolina del Norte, a los mandos de una Hayabusa violeta con llantas rosas. «Empecé a montar en moto porque para mí es una terapia. Voy a una autopista despejada, giro el puño de gas y mi mente se libera».

A lo largo del bulevar los bares cuentan con personal extra de seguridad, estos hombres van vestidos como si fuesen mercenarios del siglo XXI. Botas, pantalones de combate, polos, gorras de béisbol y gafas de sol Oakley. Para pedir una copa parece como si tuvieses que entrar en un cuartel militar. Muchos policías también van vestidos de forma parecida por lo que a las puertas de los bares parece como si hubiese una reunión de Los Hombres de Harrelson. A pesar de esta bienvenida a lo Checkpoint Charlie, miembros de motoclubes de todo EE.UU se reúnen en los bares y ven la procesión de motos.

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En la parte más tranquila de la calle principal el espectáculo es diferente. Un dueño de un bar me dice que la Bike Week ha hecho que casi no tenga clientes. No le echa la culpa a los moteros, sino a que los turistas no quieren pasar el fin de semana de Memorial Day en una ciudad tan atascada que es casi imposible circular. «Los moteros traen dinero a la ciudad pero no a mí bar. Se lo montan mucho al aire libre, hacen barbacoas y la gente se trae su propia bebida. No quieren pagar los precios de los bares por lo que prefieren beber en la calle».

Nadie puede dudar que la Bike Week supone una inyección de dinero para Myrtle Beach y las zonas turísticas cercanas. No es fácil saber la cifra exacta pero se calcula que en el fin de semana se recaudan más de 20 millones de dólares extra. Los que quieren acabar con esta concentración niegan la mayor, pues según ellos los gastos derivados de la policía y el acondicionamiento del tráfico cuestan más de lo que se recauda.

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La mayoría de los moteros no hacen caso a los que quieren abolir esta reunión: «Más de 400.000 personas vienen aquí durante el fin de semana. Nos gastamos la pasta. La mayoría es gente de clase media con buenos trabajos, cuesta dinero tener motos como estas. Los hoteles están hasta arriba. El mar es precioso pero no venimos aquí a simplemente contemplar el océano. Venimos a divertirnos». Le pregunto que si piensa que hay un componente de racismo en los que quieren acabar con la concentración: «Por supuesto».

Pese a que se trata de un evento que comenzó como reunión de pilotos negros, no solo hay personas de esta raza. La inmensa mayoría son afroamericanos, pero hay gente de otras razas que también son miembros de los motoclubes. Un tío blanco que, como no podía ser de otra manera, va a lomos de una Hayabusa, me dice: «Me encantan las Hayabusa. No es algo de negros o blancos, es cosa de moteros. En casa me ha preguntado por qué vengo y que si no tengo miedo. De lo único que tengo miedo es de la vuelta», confiesa entre risas.

La gente no acaba de creer que en algunos círculos se diga que vienen a montar follón. Kevin, miembro del motoclub Hielo Negro de Rochester, Nueva York, trabaja en General Motors: «Los medios de comunicación están dando una mala imagen de la reunión. Hay mogollón de gente negra aquí. No va a haber problemas. La mayoría de la gente viene aquí a montar en moto o a ligar, o mejor las dos cosas». Gene, otro miembro del motoclub añade: «Hay algunos incidentes, no te lo voy a negar. Puede haber un altercado entre dos tíos pero va a ser como si la Bike Week hubiese destrozado la ciudad».

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En el centro comercial

En un aparcamiento que está cerca de la playa Atlantic hay cientos de moteros para hacer un desfile cuando caiga el sol. Parece que están aquí todas las fuerzas del orden del estado de Carolina del Sur. Incluso hay un camión de bomberos con sus integrantes asomados por la ventana admirando a las motos y a las chicas. El ambiente es extraño, no es que sea tenso pero tampoco es festivo. Como una fiesta en la oficina vigilada por un jefe estricto. Un agente está encargándose de que nadie pise cerca de la hierba donde se encuentra una fila de coches de policía. Los únicos que se quejan es un equipo de televisión, todos blancos, a quienes les dice que se echen para atrás.

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Me pongo a hablar con Clarence que ha venido en su Harley desde Georgia. «Soy demasiado viejo para algo que no sea cómodo». Un helicóptero de policía sobrevuela la zona, su ruido se mezcla con el de los motores de las motos. Clarence sigue con su cigarrillo eléctrico y mira hacia el cielo, se encoge de hombros, sonríe y dice: «Esos tíos tienen la mejor vista de todos».

Me cuenta que en los años en los que ha venido ha visto más y menos gente. Algunos años hay más violencia y en otros la tranquilidad es casi absoluta. «Aquí hay muchos jóvenes. Algunos tíos quieren fardar. Siempre va a haber un poco de tensión. Creo que hay quienes incluso echan de menos algo de acción para luego quejarse. Deberían relajarse y, simplemente, disfrutar». Señala al parking lleno de motos relucientes: «Esto hace años que existe y no va a desaparecer de un día para otro. La gente de aquí tendrá que acostumbrarse, ¿verdad?».

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