OSSA Motoball

En la última etapa de su vida, OSSA lo intentó todo para sobrevivir, como por ejemplo probar fortuna en una especialidad tan minoritaria como el «motoball», que acabo suponiendo un gol en propia puerta para la marca del trébol.

Joan Carles Orengo

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La especialidad del motoball es una de tantas de carácter minoritario, con una gran raigambre en ciertas zonas, pero en otras supone algo desconocido, por no decir grotesco. España suele ser un país muy conservador en este sentido y cualquier tipo de introducción de disciplinas más allá de las más populares en todo el mundo, ha acabado casi siempre suponiendo un fracaso, aun habiendo contado con cortos espacios de tiempo en forma de gloria y euforia. Como el motoball, que como fácilmente podréis deducir los que no tengáis «más de una edad», se trata de la práctica del fútbol, pero a los mandos de una motocicleta.

En España, concretamente en Cataluña, se practicó de una forma más o menos continuada entre la segunda mitad de los años 50 y la primera de los 60, una época muy pionera del motociclismo deportivo en nuestro país y en la que todo era más o menos aceptado mientras que hubiera alguien dispuesto a practicarlo. Cabe decir que una de las «estrellas» del momento, a los mandos de una Derbi 98, fue Pere Pi, el polifacético piloto y técnico catalán que entre sus muchos éxitos le cabe el de ser el primer campeón de España de Trial en 1968. Tras verse abocado prácticamente al olvido con la irrupción con fuerza de las especialidades de montaña, especialmente, del trial, el motoball volvió con una curiosa fuerza -seguramente inspirada en la relativa popularidad que esta disciplina tenía y sigue teniendo en Francia- a principios de los ochenta, llegando incluso a crearse una Copa de España en los años 1983 y 1984.

En serie

En esta época, el Moto Club Esplugues, muy potente a nivel deportivo, tenía su propio equipo de motoball, que participaba con motos artesanales. La relación de la marca con un concesionario muy influyente en OSSA, Doble Rueda, y la necesidad por parte de la marca -entonces convertida en cooperativa de trabajadores- de subsistir, hizo que se llegara a fabricar una corta serie de unidades diseñadas de forma específica para darle al balón. La base elegida fue la de una Phantom 77 de cross, con las suspensiones muy recortadas para bajar la altura de asiento. El motor había sido modificado para que pudiera desarrollar su mejor efectividad a bajo régimen (volante con mucha inercia y embrague muy reforzado) y el cambio de marchas estaba limitado a dos velocidades con un mando manual tipo Vespa en el puño izquierdo.

Lamentablemente, las ventas no pasaron de las del propio M.C. Esplugues y de algunas unidades que se exportaron a Francia, siendo éste uno de los últimos proyectos y que pasará a la historia por ser quizás el del primer modelo de serie pensado para esta especialidad. Como curiosidad, en la actualidad una de las motos más populares en Francia y los países Bálticos, que es donde más auge tiene el motoball, es también española, una Gas Gas.