Ruta de la Muerte: Bolivia y Chile

Iberoamérica siempre ha sido uno de los destinos más atractivos para el motero. Viajar por el altiplano en Chile y Bolivia supone una aventura inolvidable.
M. B./I. G. Fotos: M. B./C. W. -
Ruta de la Muerte: Bolivia y Chile
Ruta de la Muerte: Bolivia y Chile

Palpitaciones, dolores de cabeza, respiración agitada, todo te puede suceder en la ciudad portuaria de Arica, cuando has dejado sus chiringuitos de forma apresurada. No es una buena idea en pocas horas subir desde la costa en moto al altiplano chileno (3.300 metros sobre el nivel del mar). El mal de altura lo nota no solo el cuerpo humano, sino también la BMW F 800 GS. Algunos conductores mascan hojas de coca para combatir los síntomas. Estas pistas perdidas de la mano de Dios son un paraíso para la práctica del «off road». La soledad que puedes experimentar por estos lares es difícil de poner en palabras.

Llegamos a un poblado de chozas, donde hay aparcadas un buen número de motos. Allí conocimos a Alexis, quien tiene una pinta que nos recuerda a las imágenes de Jesucristo. El melenudo nos muestra su colección de raíces, piedras y animales disecados. Más que hablar, predica sin parar. Mientras, su bella mujer sonríe y sirve bebidas. Parece té pero en realidad me temo que es como una bebida mágica, que se supone que ayuda a combatir el cansancio y el mal de altura. Alexis tiene una fe ciega en el contenido que hay en la taza: «He venido directo desde los tiempos del Big Bang, desde entonces estoy en este planeta adoptando diferentes formas», dice Alexis sin mover un músculo de la cara.

Emoción

Lo que ocurre después nos produce una felicidad plena. Da la impresión que rodamos con la moto por un planeta desconocido. Sentimos con claridad las pulsiones del bicilíndrico, que a pesar de la altura mantiene el tipo con gran eficacia. La sensación de infinito es muy real, ¿en qué mundo hemos entrado? A lo lejos se ven volcanes nevados, y los lagos reflejan un cielo inabarcable. Quien aquí no tiemble de emoción es que no tiene corazón. 

A muchos km de la frontera boliviana ya huele a diésel, debido a una cola de camiones de bíblicas proporciones. Un vehículo pesado ha volcado, esparciendo toneladas de maíz por el suelo. La aduana da la sensación de ser un desguace. Muchos camioneros aprovechan el tiempo muerto para repasar sus vehículos, algunos los desmontan hasta la última pieza. Otros se conforman con un cambio de aceite en plena carretera.
Papeles, formularios, burocracia universal, todo esto para poder entrar en Bolivia. Una suerte que Florián, nuestro guía, ya conoce los pormenores. Tras cinco horas de espera podemos seguir hacia delante. Cuando vamos a repostar nos preguntan si queremos diésel. Además nos piden el pasaporte y la documentación de la aduana. Al menos el precio de la gasolina no es caro, al cambio unos 40 céntimos de euro por litro.
La belleza del altiplano boliviano compensa toda la burocracia del mundo. El aire es frío y el cielo es tan estrellado que crees que están viajando en una nave espacial por medio de la galaxia.

Recorremos aldeas donde los indígenas no se preocupan de en qué año viven, ni de conectarse a Internet o consultar un navegador. Estamos ante otra forma de vida, a millones de años luz de la europea. Un duro día a día donde hay que pelearse con la naturaleza para conseguir de ella los frutos que nos puedan alimentar.
La carretera tiene raíces con más de 30 cm de profundidad. Hay que concentrarse, además el tráfico se ha incrementado de forma considerable. Autobuses y camiones forman lo que parece un dragón de acero en dirección a La Paz. Muchos vehículos llevan inscripciones del tipo: «El Señor es mi pastor», «Dios es mi hogar»… Y desde luego el Altísimo tiene mucho trabajo con todo este caótico tráfico. Hay que llevar los ojos bien abiertos, reaccionar como el rayo, y no dudar a la hora de emplear el acelerador o los frenos. Llegamos a la populosa ciudad llamada El Alto, que como su nombre bien indica se encuentra a más de 4.000 m de altitud. Nos sorprende una gran amalgama de etnias, y una policía que no inspira demasiada confianza. Navegamos por sus calles, algunas sin asfaltar, sin tener muy claro si vamos a ser capaces de llegar a nuestro objetivo.

La Ruta de la Muerte

Aparcamos las motos en un sitio que quema la retina. La Paz, lo que en un tiempo fue un gigantesco valle, ahora es un tapizado de casas que se extiende de forma impresionante. Da la impresión de que algunas viviendas estén suspendidas en el aire y más allá se ve, cubierto de nieve, el Illimani (6.462 m) y otros picos de los Andes.

Para pilotar por La Paz hay que tener bien entrenadas las manos, es necesario estar accionando sin descanso las manetas de freno y embrague, además de desarrollar un sexto sentido que nos aleje del peligro. Muchas carreteras son estrechas, retorcidas y con un gran desnivel. El ambiente es maravilloso, lleno de plazas, mercados, mujeres indias con sus curiosos atuendos. La Paz es una metrópoli que parece sacada de una postal. Su corazón acoge a los forasteros que se preguntan qué queda ya por experimentar. La respuesta es clara: la Ruta de la Muerte. Una carretera a la que se accede para llegar al puerto de La Cumbre (4.700 m) que cruza la Cordillera Real. El trazado no es muy exigente, pero es necesario mantener los ojos bien abiertos debido a los enormes precipicios. Esta carretera se ha cobrado cientos de muertes. Después de una noche en Coroico hay que regresar a La Paz, pero la carretera está bloqueada. Así que volvemos por La Ruta de la Muerte, que está plagada de autobuses.

La amortiguación trasera de la BMW F 800 GS comienza a dar problemas. Tanto trabajo ha tenido sus consecuencias y la suspensión necesita con urgencia una buena puesta a punto. Por La Ruta de la Muerte hay que ir a paso de tortuga, cada vez que nos cruzamos con un autobús o camión hay que hacer lo posible para desaparecer del mapa. Soñamos con poder ver, antes de morirnos, el salar de Uyuni, incluso circular por él en moto. Al día siguiente el deseo se va a convertir en realidad. Tras una etapa de 550 km llegamos a Oruro, donde somos recibidos por unas gigantes esculturas de acero. Aquí se produce la cerveza Paceña y el ambiente que encontramos nos recuerda al carnaval. Por delante se abre un horizonte que no parece tener fin. El polvo, que uno diría que pesa kilos, se mete no solo en todos los poros del cuerpo, sino también en los pulmones. El viento amenaza con volarlo todo y los lagos de sal producen algunos espejismos. Una y otra vez es necesario extremar la precaución para no evitar que algún perro se meta debajo de las ruedas de la moto. En Huari por fin encontramos una gasolinera. ¡Pero no podemos repostar! ¿La razón? El encargado no tiene el papeleo necesario para apuntar las ventas de combustible a los extranjeros. Ni siquiera la intermediación del alcalde bastó para solucionar el problema.

Entramos en una pista con bastante arena. El sol ya está cayendo y todavía hay 180 km hasta llegar a Uyuni. El ondulado terreno no permite circular a mucha velocidad, y el piloto nota cómo las suspensiones trabajan a tope. Nos encontramos con una llama que debe pesar unos 200 kg, el animal de cerca es más alto de lo que imaginábamos. Nadie sabe de dónde sale y por qué está sola. Su instinto de conservación no parecía muy desarrollado, pues salió disparada al galope cruzándose justo en el paso de la moto. La GS dio varias vueltas de campana hasta que quedó inmóvil después de un tiempo que pareció una eternidad. El impacto fue como haber chocado contra un coche. Vamos corriendo a ver cómo está Claudia y enseguida vemos que la pantalla de su casco se ha teñido de rojo. Las próximas horas son para ella una tortura, pues ir a bordo de un todoterreno por estos parajes no es fácil y mucho menos cuando has sufrido un accidente. Cada agujero de la pista duele en el cuerpo y en el alma. En el hospital de Uyuni, tras una punción descubren que tiene cuatro litros de sangre en la zona del estómago. ¿Dónde demonios hay un hospital mejor dotado? Potosí no está lejos. Tras pagar por adelantado se organiza el transporte. Tres horas más tarde operan a Claudia de urgencia. Los médicos necesitan hacerle unas transfusiones, pero no hay disponible sangre de su tipo. El hígado muestra siete cortes, mientras que la bilis y los pulmones están seriamente dañados. Lo más probable es que la moto la haya golpeado.

La familia de Claudia ha llegado con urgencia a Potosí. Los médicos dicen que su vida corre peligro. Aún está por determinar todo el alcance de las lesiones y la paciente corre el peligro de desangrarse. Claudia entra en coma y tiene que ser ingresada en la unidad de cuidados intensivos. Ana Sánchez, una amiga de nuestro guía, donó parte de su sangre y nos ayudó a pedir donantes a través de la radio y la televisión. Tres días más tarde hay que hacer la operación definitiva, pero sin sangre suficiente. Los médicos no son muy optimistas…
Tenemos que evacuar a Claudia. El primer vuelo es hasta La Paz y se realiza en una Piper Seneca bimotor custodiada por dos médicos. En la pista del aeropuerto espera el doctor Fernando Arispe y será este ángel blanco el que le salve la vida. Cuando Claudia despertó del coma, una de sus primeras frases fue: «¿Cuándo vamos a montar otra vez en moto?».

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