Un billete sólo de ida, así es como Anthony West recupera la esencia del motociclismo

Las peripecias del carismático piloto australiano nos devuelven a épocas pasadas.
Nacho González -
Un billete sólo de ida, así es como Anthony West recupera la esencia del motociclismo
Un billete sólo de ida, así es como Anthony West recupera la esencia del motociclismo

Dicen los más viejos del paddock del Mundial que aquello ha cambiado: que la profesionalización del motociclismo –y los pilotos- ha traído progreso, motos y monos salpicados de patrocinadores, fama y lujo… pero que se ha llevado la esencia de tan bello deporte. Es verdad.

Sin embargo, por debajo del radar de MotoGP todavía se pueden encontrar resquicios de décadas pretéritas, de puro amor por la competición por encima de todo. Pilotos que salían de su casa con un mecánico a recorrer Europa, inscribiéndose en un gran premio precisamente para eso: para ganar el gran premio (metálico) que le permitiese seguir soñando. Y si no, a ahorrar para poder volver lo antes posible a una parrilla.

Aunque no por propia voluntad, el australiano Anthony West está recuperando esa esencia. Otrora conocido por su habilidad con el asfalto mojado, a sus 35 años se resiste a claudicar. Tras quedarse sin sitio en Moto2 a final de 2015, se plantó en la cita inaugural de Supersport en 2016. Pam. Podio.

De poco le sirvió, ya que no pudo correr más en la categoría. Disputó unas cuantas citas de Superbike en la segunda mitad de año con el Pedercini Kawasaki, logrando resultados más que notorios, pero en este 2017 volvió a encontrarse compuesto y sin moto. Retirarse nunca fue una opción, así que volvió a la carga: cita inaugural de Phillip Island en Supersport. Pam. Podio.

¿Y ahora? El tercer puesto de Australia fue casi un milagro, corriendo con una Yamaha YZF-R6 que acabó con un motor prestado –al romperse tres- procedente del nacional australiano; y con tres buenos amigos haciendo de mecánicos. Plantarse en parrilla (en última fila) ya había sido todo un desafío. Llegar desde allí hasta el podio escapa a toda lógica. Al menos a toda lógica moderna.

Demasiado como para quedarse ahí. West ha hecho la mochila y se ha ido a Tailandia. “Allá vamos. Billete de ida a Tailandia”, explica en su Instagram enseñando con orgullo el ticket de esta aventura, que justifica por dos motivos: “El primero, espero que alguien me deje una moto este fin de semana para defender mis puntos”, confiesa el australiano.

Lamentablemente, en la siguiente foto –en la que no pierde la sonrisa con el Chang International Circuit al fondo- explica que no ha sido posible: “Lo he hecho. Nueve horas de vuelo y siete conduciendo para llegar a esta pista de Tailandia desde mi casa en Brisbane”, relata. “Bueno, no había motos disponibles para correr, pero no puede decirse que no lo he intentado”, prosigue.

Volviendo a la escena anterior, el segundo motivo es el permiso de Dorna para correr todo el año. “Así que voy a reunirme con ellos”, exclama satisfecho. “Voy a enviar una moto a Europa la próxima semana. Con nuevos y FUERTES motores”, recalca sonriente, explicando su nuevo proyecto, si es que se le puede llamar así:

El EAB Team de Holanda me va a ayudar con el transporte de la moto. Herramientas. Taller. Quizá un mecánico o dos”, enumera antes de poner el mismo pero de siempre: “Solo necesito encontrar presupuesto para terminar la temporada”, reconoce.

A la vieja usanza. “Tengo suficiente para hacer Aragón, y quizás Assen. Así que me voy a arriesgar”, afirma asegurando que unos pocos patrocinadores se han subido a bordo tras su carrera en Phillip Island, así como un crowdfunding. “No sé si lo que estoy haciendo es inteligente o estúpido, pero voy a hacerlo”, sentenciaba ayer.

Hoy, la aventura continúa. Tras no poder correr en Buriram, pondrá rumbo a Europa: “Mañana por la noche conduciré siete horas de vuelta al aeropuerto y me meteré a un avión rumbo a España”, afirma West, todavía con algunas lagunas en su plan: “No tengo donde vivir, pero ya improvisaré algo”, concluye.

La de West es una historia de pasión convertida en una bendita locura. En realidad, es mucho más que eso: es la demostración de que, lejos de los focos de MotoGP, la esencia del motociclismo sigue muy viva y seguirá muy viva mientras siga latiendo el corazón de un motero dispuesto a salir de su casa con una mochila. Buena suerte, Anthony. Te la mereces.

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