El peligro del TT y el sentido de la Isla

¿Por qué se sigue corriendo una prueba con un índice de mortalidad tan elevado?
Nacho González -
El peligro del TT y el sentido de la Isla
Fotos: IOMTT

Ayer fue un día duro para el motociclismo. En el TT de la Isla de Man, tres pilotos perdieron la vida en 24 horas: Davey Lambert, que llevaba crítico desde el domingo, fallecía el martes por la noche. Ayer miércoles, dos más: por la mañana, Jochem van der Hoek moría en la carrera de Superstock. Por la tarde, era Alan Bonner el que decía adiós en la práctica del Senior TT.

En primer lugar, mi recuerdo para Davey, Jochem y Alan. Como le dije ayer en Twitter a Josh Brookes -que hace un puñado de noches estaba retándose entre risas con Alan-, ahora mismo los tres se están retando en alguna montaña en algún lado. No soy una persona religiosa, pero me gusta (me consuela) pensar que los pilotos fallecidos siguen dando gas en algún limbo.

En cuanto a la gente que no entiende (y por ello critica) la celebración de una prueba con tal índice de mortalidad, prefiero no juzgarles. De hecho, les comprendo. Comprendo que piensen así, y me parece lícito y razonable. No pueden comprender lo que supone. Yo también pienso, en días como ayer, con tres pilotos caídos en 24 horas, que qué sentido tiene.

Pero luego, en frío, pienso en todos los demás pilotos, en todos aquellos que por habilidad y/o suerte burlan a la muerte tras cada bordillo, tras cada farola, tras cada árbol. Que se ponen a 300 por hora en carreteras donde yo estaría más tenso que una puerta en Hermano Mayor al superar los 100 km/h en coche. Que en una edición corren cinco o seis carreras, que dan más de 20 vueltas a la isla y viven para contarlo.

La cuestión es que viven, sí, pero no para contarlo. ¡Viven para volver! Cuando acaba una edición del TT, suspiran durante unos segundos. Se permiten un instante de satisfacción, de autoafirmación por haber derrotado a la montaña. Y, tras ese instante, ya solamente piensan en volver un año después. En arañar una milla por hora más a su mejor promedio.

Me viene, inevitablemente, el ejemplo de Antonio Maeso. Se destrozó la pierna, estuvo al borde de la muerte. Sin embargo, desde hace años, ha trabajado su pierna hasta más allá de lo que aconsejan los límites médicos con un sólo objetivo (ya cumplido) en mente: dar otra vuelta más a la isla.

O Michael Rutter. Más de 20 años acudiendo a la isla, y acaba de ganar en Lightweight. ¡Con 45 años! O el mito John McGuinness, que con edad para disfrutar la prueba desde fuera, pinta en mano, está sufriendo por no poder correr tras haber burlado a la muerte en la North West.

Podría seguir horas. Y os aseguro que, como periodista dedicado al motociclismo, no hay peor momento en la ‘oficina’ –lo cual es un decir porque trabajo en mi casa- que tener que contar el fallecimiento de un piloto. Ayer me tocó contar dos, y encargar un tercero a mi compañero Carlos porque me pilló fuera de casa. En esos momentos quieres mandar a la mierda al TT.

Pero, como les sucede a los pilotos al acabar, ese pensamiento sólo dura un instante. Después ves a Guy Martin, incapaz de confiar en su Honda CBR1000RR –y con razón-, plantearse salir al Senior TT (espero que no lo haga), y te quedas pensando: no lo puedo entender.

No puedo entender cuál es la satisfacción, a qué instinto primario obedece esa necesidad de burlar a la muerte una y otra vez. No quiero entenderlo. No necesito entenderlo. Sólo ellos lo entienden, y son libres de elegir volver una y otra vez. Y siempre eligen volver. Y con eso me sobra para amar esta carrera. Lo único que necesito entender es que el universo de las road races no se rige por las mismas leyes de la física que el motociclismo en circuito.

No es una visión racional, ni tiene que serlo. La Isla de Man apela a las emociones, es como la isla de Perdidos. Tiene vida propia, te atrapa, te absorbe, te obliga a volver. Allí, el sentido de la vida se convierte en el sentido de la Isla. He ahí su magia.

Ayer fue un día duro para el motociclismo. En el TT de la Isla de Man, tres pilotos perdieron la vida en 24 horas: Davey Lambert, que llevaba crítico desde el domingo, fallecía el martes por la noche. Ayer miércoles, dos más: por la mañana, Jochem van der Hoek moría en la carrera de Superstock. Por la tarde, era Alan Bonner el que decía adiós en la práctica del Senior TT.

En primer lugar, mi recuerdo para Davey, Jochem y Alan. Como le dije ayer en Twitter a Josh Brookes -que hace un puñado de noches estaba retándose entre risas con Alan-, ahora mismo los tres se están retando en alguna montaña en algún lado. No soy una persona religiosa, pero me gusta (me consuela) pensar que los pilotos fallecidos siguen dando gas en algún limbo.

En cuanto a la gente que no entiende (y por ello critica) la celebración de una prueba con tal índice de mortalidad, prefiero no juzgarles. De hecho, les comprendo. Comprendo que piensen así, y me parece lícito y razonable. No pueden comprender lo que supone. Yo también pienso, en días como ayer, con tres pilotos caídos en 24 horas, que qué sentido tiene.

Pero luego, en frío, pienso en todos los demás pilotos, en todos aquellos que por habilidad y/o suerte burlan a la muerte tras cada bordillo, tras cada farola, tras cada árbol. Que se ponen a 300 por hora en carreteras donde yo estaría más tenso que una puerta en Hermano Mayor al superar los 100 km/h en coche. Que en una edición corren cinco o seis carreras, que dan más de 20 vueltas a la isla y viven para contarlo.

La cuestión es que viven, sí, pero no para contarlo. ¡Viven para volver! Cuando acaba una edición del TT, suspiran durante unos segundos. Se permiten un instante de satisfacción, de autoafirmación por haber derrotado a la montaña. Y, tras ese instante, ya solamente piensan en volver un año después. En arañar una milla por hora más a su mejor promedio.


Me viene, inevitablemente, el ejemplo de Antonio Maeso. Se destrozó la pierna, estuvo al borde de la muerte. Sin embargo, desde hace años, ha trabajado su pierna hasta más allá de lo que aconsejan los límites médicos con un sólo objetivo (ya cumplido) en mente: dar otra vuelta más a la isla.

O Michael Rutter. Más de 20 años acudiendo a la isla, y acaba de ganar en Lightweight. ¡Con 45 años! O el mito John McGuinness, que con edad para disfrutar la prueba desde fuera, pinta en mano, está sufriendo por no poder correr tras haber burlado a la muerte en la North West.

Podría seguir horas. Y os aseguro que, como periodista dedicado al motociclismo, no hay peor momento en la ‘oficina’ –lo cual es un decir porque trabajo en mi casa- que tener que contar el fallecimiento de un piloto. Ayer me tocó contar dos, y encargar un tercero a mi compañero Carlos porque me pilló fuera de casa. En esos momentos quieres mandar a la mierda al TT.

Pero, como les sucede a los pilotos al acabar, ese pensamiento sólo dura un instante. Después ves a Guy Martin, incapaz de confiar en su Honda CBR1000RR –y con razón-, plantearse salir al Senior TT (espero que no lo haga), y te quedas pensando: no lo puedo entender.

No puedo entender cuál es la satisfacción, a qué instinto primario obedece esa necesidad de burlar a la muerte una y otra vez. No quiero entenderlo. No necesito entenderlo. Sólo ellos lo entienden, y son libres de elegir volver una y otra vez. Y siempre eligen volver. Y con eso me sobra para amar esta carrera. Lo único que necesito entender es que el universo de las road races no se rige por las mismas leyes de la física que el motociclismo en circuito.

No es una visión racional, ni tiene que serlo. La Isla de Man apela a las emociones, es como la isla de Perdidos. Tiene vida propia, te atrapa, te absorbe, te obliga a volver. Allí, el sentido de la vida se convierte en el sentido de la Isla. He ahí su magia.


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