Despertando de Glasgow3 en Guttmann, por Kenny Noyes

Seis años después del terrible accidente sufrido en MotorLand Aragón, Kenny Noyes ha querido plasmar sus vivencias en un libro de próxima publicación, del que te anticipamos en su integridad el primer capítulo

MOTOCICLISMO

Kenny Noyes nos anticipa su autobiografía.
Kenny Noyes nos anticipa su autobiografía.

Capítulo 1 - Despertando de Glasgow 3 en Guttmann (I)

Lo siguiente es una serie de recuerdos que tuve al despertarme del coma en el hospital. Aquí están escritos todos seguidos pero estos primeros recuerdos pasaron durante más de dos meses.

Oscuridad… todo negro… intensa oscuridad… nada de luz…

Oigo ruidos dándome cuenta que son voces, pero no las puedo entender, parece que están muy lejos. De repente las oigo mejor, pero sigo sin saber quiénes son ni de qué hablan. Tampoco sé quién soy yo ni dónde estoy… ¿Por qué no enciende alguien una luz?

¡Un momento! Hablan supertranquilos y están en la oscuridad, algo no cuadra. ¿Puede ser que solo yo esté en la oscuridad? Y yo, ¿quién soy? Bueno, seguro que todo se aclara si alguien enciende una luz. Pero hay algo más que me molesta, esta oscuridad es demasiado intensa, no hay ninguna lucecita de un transformador, ningún reflejo, ni nada… solo hay oscuridad, nunca he visto nada así.

Al menos oigo y tengo sentido del tacto. ¿Tengo ojos? Creo que sí, pero no sé ni quién soy

Oigo voces, hablan castellano que puedo entender y dicen algo sobre medicina. ¿Son médicos o enfermeros? ¿Hablando en la oscuridad? No tiene ningún sentido. Puede ser que por algún motivo me hayan tapado la cabeza con una manta o una sábana. Busco con la mano, pero no siento nada que me tape la cabeza y, de repente, me asusto porque toco algo metálico a mi lado, como una barra. Sigo sin ver nada, sintiéndome bastante frustrado ahora.

Al menos oigo y tengo sentido del tacto. ¿Tengo ojos? Creo que sí, pero no sé ni quién soy, o sea que, será mejor comprobarlo. Me toco la cara y noto algunos vendajes, pero efectivamente tengo dos párpados que están cerrados. Al apretar sobre ellos noto que tengo ojos por debajo. ¿Será que creo que hay oscuridad, pero realmente tengo los ojos cerrados?

A pesar de que es un gran esfuerzo, consigo abrir los ojos y lo noto enseguida…

Todo blanco. Me duelen los ojos. ¡Demasiada luz! ¡Socorro! ¡AUXILIO!

Intento gritar, pero no consigo hacer ningún ruido. Me quedo parado con los ojos cerrados. Me tendré que adaptar a la luz, porque si los médicos o enfermeros (o lo que sean) lo han conseguido, yo también podré.

Estoy parpadeando durante lo que me parece una eternidad.

Blanco… negro… blanco… negro… blanco… negro… blanco… negro…

Por fin empiezo a distinguir algo. Es un techo blanco con una luz fluorescente a un lado. Mirando alrededor un poco, veo máquinas y utensilios médicos de los que se utilizan para operar. Estoy tumbado en una cama, pero, ¿dónde estamos? ¿Y quién soy?

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Kenny Noyes nos anticipa su autobiografía.

Pienso durante bastante tiempo, pero nada, ni idea. De repente me viene el recuerdo de que soy piloto de motociclismo. Compito en velocidad y también corría en flat track. Si de verdad soy piloto y he despertado en una especie de hospital, esto no puede ser bueno. No recuerdo nada, que tampoco es buena señal. Tengo dos manos y la cabeza, no sé si están bien, pero están completos… y los pies… ¡puede que no los tenga! Miro rápidamente debajo de la sabana y, sí, están allí. ¿Pero los podré mover… sentir? Me concentro mucho logrando mover con éxito las piernas y los pies. Además, noto con ellos las sábanas de la cama.

Entonces, ¿por qué me tienen aquí atrapado? Decido que tengo que escapar inmediatamente, pero no consigo ni moverme. No sé por qué no puedo salir corriendo, ni tampoco por qué estoy aquí. Estoy en una cama de lo que parece ser un hospital. Me cuesta mucho moverme... De repente me duermo, pero es extraño porque no recuerdo bien el paso del tiempo entre recuerdos. Podrían ser unos minutos, horas o días.

Me despierto y junto a mí hay una chica que, en mi opinión, está muy buena. Habla como si me conociera, me explica que yo había tenido un accidente con la moto en circuito y esto es un centro de recuperación. Ok, ¡esto me cuadra bastante! Pero, ¿quién es ella? Y, ¿cómo sabe tanto? Haciendo un gran esfuerzo consigo preguntárselo.

—¿Otra vez? —murmura ella cerrando un poco los ojos.

Pero no recuerdo haber hablado con ella nunca.

Tú eres Kenny y yo soy Iana. Soy tu mujer y vivimos juntos desde hace un montón de años. Tú eres un piloto profesional de velocidad. Estuviste dos años en el Mundial de Moto2 y el año pasado ganaste el título del FIM CEV de Superbike. ¿Recuerdas algo, Kenny?

¿He estado en el Mundial? Sé lo que es eso, lo de Rainey y Rossi. Pero, ¿yo estuve allí?

Estoy callado con la mirada perdida, intentando recordar algo, pero nada. Aunque debo acordarme de que ella es mi mujer para la próxima vez que esté despierto. Si es verdad que estoy casado y soy piloto debo ser mayor de lo que pienso… sería imposible que solo tuviera 16 años. ¿Y he estado en el Mundial? Sé lo que es eso, lo de Rainey y Rossi. Pero, ¿yo estuve allí? No creo que sea posible… me vuelvo a dormir. Bueno, en realidad no es exactamente dormir. Es más parecido a una desconexión.

Cuando me vuelvo a conectar mi mujer ha desaparecido y en su lugar hay un hombre que se parece bastante a mí. Canta, bailando de una forma muy graciosa. Me hace reír mucho pero no tengo ni idea quién es.

—Un segundo, ¿tú quién eres? —le interrumpo preguntando.

—¿Otra vez? —murmura, igual que la chica que decía ser mi mujer.

Soy tu hermano, Denny, tú eres Kenny, un piloto que… —y empieza a repetir lo mismo que la chica.

—Recuerdo que tengo un hermano pequeño —digo aunque él estaba todavía a media frase.

—Sí, exacto. ¡Soy yo!

—Pero no puede ser, porque mi hermano pequeño tiene unos 14 años. Dos menos que yo.

—Y tú, ¿cuántos crees que tienes, Kenny?

—16 —le contesto rápidamente.

Un momento, mi edad no cuadra. Si he estado… bueno, “estoy” casado, y además he corrido en el Mundial… No puedo tener 16 años.

—Bueno, ¿26? —le pregunto.

—Sí, los tenías hace como 10 años —contesta intentando no reírse—. Envejecemos todos, pase lo que pase.

¡Qué fuerte! Pero no sé si creérmelo… 36 son casi 40… imposible, no puede ser. De repente me viene otro flash: conducir por Malasia e ir al mercado de imitaciones que había por las calles… fui con Iana. Sí, sí, ahora recuerdo que era (es) mi mujer y estábamos en Malasia para correr una carrera del Mundial. Ahora también recuerdo que había una carrera de karts organizada por Dorna que se me dio bastante bien. Llegué a la final, en la que estaba Valentino Rossi.

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Kenny Noyes nos anticipa su autobiografía.

Todo parece cuadrar… menos mi edad. Cierro los ojos y me vuelvo a desconectar.

Al reconectar sigo en la misma cama, pero ahora tengo los brazos pegados a los lados del cuerpo como una momia. Llevo unas manoplas de plástico enormes y absurdas. No puedo mover los brazos ni tocar nada. ¿Por qué estoy así? ¿Quién me ha hecho esto? Quiero decir algo pero no puedo y no paro de moverme.

—Para, Kenny… para, por favor… —me dice otra señora.

La reconozco enseguida, es mi madre, Heidi Noyes. Paro un momento. Entonces yo me apellidaré Noyes igual que mi madre. Aunque creo que he averiguado cómo me apellido, sigo sin saber por qué me tienen aquí atado. Mi madre me miraba como si entendiera mis pensamientos.

—Te han tenido que atar los brazos y ponerte manoplas porque no parabas de sacarte los tubos del cuello.

Ah, sí. Ahora recuerdo que tengo tubos de goma metidos por el cuello que bajan hacia la zona del estómago. Claro que me los quiero sacar, son supermolestos y no entiendo para qué sirven. Siempre intentaba tirar de ellos, pero cuando levantaba las manos hacia los tubos no me dejaban, me decían todos que parase. Parecía que estaban todos compinchados en mi contra: médicos, enfermeros y hasta mi propia familia. Aun así, un par de veces conseguí sacarme los tubos. Era una sensación bastante desagradable, sobre todo cuando se daban cuenta, y los enfermeros me los volvían a meter.

Me vuelvo a desconectar pero esta vez me despierto (bueno, creía estar despierto) en medio de una batalla naval. El barco más grande de todos era una especie de princesa flotante completa con velas. La parte delantera era su cabeza que me hablaba.

—Ven conmigo. Que aquí estarás bien y no hay dolor —me dijo.

¡Pero si hay una batalla naval! —le respondo gritando, y de repente oigo un “WWWUUUUSSSHHHH” muy alto. Al momento todos los otros barcos desaparecen. Solo queda el barco/princesa que se mueve suavemente.

Ven conmigo, que aquí no hay dolor, y estaremos flotando eternamente— decía la mujer/barco

Yo no tengo cuerpo ni barco, soy unos ojos suspendidos allí, como pasa en muchos de los primeros juegos de realidad virtual. Puedo mirar hacia todas las direcciones, y moverme, pero sin cuerpo. Es como si no existiera físicamente.

—Ven conmigo, que aquí no hay dolor, y estaremos flotando eternamente. O haciendo lo que tú te imagines… —la mujer/barco volvía a hablar.

“¡Socorro!”, pienso. Contigo no quiero ir ni de coña, apenas te conozco y ya me pareces muy rara.

Cierro los ojos pensando que quiero que desaparezca este mar con todos los barcos. Quiero tener otra vez un cuerpo real. Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy aliviado porque ha desaparecido todo lo marítimo. Vuelvo a tener cuerpo que está en la cama del centro de rehabilitación. Es una realidad chunga, con bastante dolor… pero muy real.

(Continuará).

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Kenny Noyes presenta su autobiografía: ‘Los retos de Superbike, Moto2 y Glasgow 3’

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