Anécdotas, travesuras y otras aventuras de los pilotos de Aspar Team

Los pilotos de Aspar fuera de las pistas.. Héctor Barberá recuerda anécdotas y travesuras de su vida. Así, como sus primeras aventuras sobre dos ruedas.
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Anécdotas, travesuras y otras aventuras de los pilotos de Aspar Team
Anécdotas, travesuras y otras aventuras de los pilotos de Aspar Team

Ahora son deportistas de élite, famosos, aparecen en la tele con frecuencia, pilotan motos al límite cada fin de semana, atienden a una legión de aficionados, y cargan los compromisos y responsabilidades con patrocinadores sobre sus hombros. Son niños adultos, madurados antes de tiempo. Como dummies, pero con piernas y brazos articulados con vida propia.

Se estrellan y levantan en acto reflejo, ni el dolor ni los lamentos comulgan con su doctrina, para ellos no hay diccionario que contenga términos como abandono, rendición o miedo. No entienden de frío ni se arrugan con el calor, no se encojen bajo el agua ni sucumben al viento. No son superhombres, pero casi. son pilotos de motociclismo, son los pilotos del Aspar Team.

Ahora son grandes, y no sólo de tamaño, pero también hubo un tiempo en que fueron niños de verdad, en cuerpo y alma, en el que fueron traviesos e intrépidos. Hubo un tiempo para la inocencia y las barrabasadas de chiquillos. A continuación, en una serie de tres reportajes breves, podrás descubrir algunas de las anécdotas más singulares de los pilotos del Aspar Team, narradas en primera persona.

Pare empezar, posiblemente el plato más fuerte de los seis pilotos Aspar Team, seguramente el más pillo, histriónico y provocador. El que conserva bastante de aquel niño irreverente, que lanzaba la piedra y escondía la mano, aquel que era reprendido por los profesores del colegio, aquel niño tan noble como bicho, el piloto MAPFRE Aspar Team, Héctor Barberá:

"Tengo dos hermanas mayores que en mi infancia me gastaron las mil perrerías. Mis padres regentaban bares y siempre estaba a cargo de ellas, me obligaban a vestirme con su ropa, me hacían comer de todo para fastidiarme. De pequeño era pillastre y desenvuelto, estaba todo el día en la calle montando en bici y en moto, y siempre llegaba tarde a las comidas. Recuerdo que en Dos Aguas, el pueblo donde nací y consumí los primeros años de mi vida, sólo había dos bares. Uno era de mis padres y el otro de la competencia, pues yo iba al de la competencia y obsequiaba a toda la clientela con un recital de cabriolas y volteretas, y a continuación pasaba la mano para recaudar, era un desvergonzado.

También recuerdo que venían niños más mayores que yo al bar de mis padres para jugar con las máquinas recreativas. Aparcaban las bicis en la puerta y yo se las robaba. Como no llegaba a los pedales me metía entre el cuadro para poder pedalear. Luego me buscaban para zurrarme, menudas tundas me llevaba.

Conservo una anécdota de la que ahora me río, pero gracias a la cual estuve castigado una larga temporada. Siempre he sido muy amigo de los animales, un día vino el pescadero con su camión frigorífico a distribuir a Dos Aguas. Mientras despachaba a mi padre, yo sin mala intención metí un gato dentro para jugar fresquito. Me despisté un momento y al volver el gatito había malbaratado todo el género, cuando regresó el pescadero yo no sabía dónde esconderme. A mi padre le tocó pagar todo el berenjenal y luego me castigó, claro. 

En mis primeras pruebas de trial me pegaba unas tortas soberanas, porque daba gas a fondo sin controlar el equilibrio, la verdad es que siempre he sido bastante intrépido.

En mi primer año de Mundial, para ir de Inglaterra a Sachsenring debía ir en avión, pero Pablo Nieto, por aquel entonces mi compañero de equipo, me ofreció ir con él en la caravana. Íbamos a cruzar el Canal de La Mancha en barco, pero yo no tenía billete y me propuso esconderme dentro de la caravana.

Me hizo pensar que el personal de aduanas pretendía retenerme. Me tapé entre las sábanas como cuando eres niño y tienes pesadillas, y crees que nada puede sucederte. Se dio un buen homenaje de risas a mi salud, así que decidí vengarme. Hicimos un alto en el camino para ir a Disneyland París. Mientras hacíamos cola en las escaleras de una atracción, le bajé los pantalones porque sabía que no llevaba calzoncillos, cuando se agachó a subírselos le puso literalmente el culo en la cara al señor que tenía detrás de él. Entonces me reí yo y le devolví la jugarreta".

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