La era Marc Márquez y el desierto de MotoGP

La situación actual de la categoría reina deja dos interrogantes abiertos: cuándo y por qué.
La era Marc Márquez y el desierto de MotoGP
Marc Márquez lidera la salida en Motorland (Fotos: Gold & Goose).

Jack Miller, explosivo, animando el inicio de carrera. Maverick Viñales, sólido, persiguiendo antes de ser engullido. Fabio Quartararo, novato, buscando la solidez. Andrea Dovizioso, sigiloso, viniendo desde atrás hasta ser segundo. Álex Rins, precipitado, hipotecando su carrera en cuatro curvas. Valentino Rossi, perdido, sin poder seguir a una Aprilia. Danilo Petrucci, renovado, engullido por el pelotón. Jorge Lorenzo, hundido, debatiéndose entre seguir o claudicar. Johann Zarco, ausente, recordando que hace poco era un caramelo en la puerta del colegio.

Al otro lado del desierto, Marc Márquez. Jugando a otro deporte distinto y esperando en meta, mientras MotoGP encarga una fotocopia de la placa del año pasado, y del anterior, y del anterior.

La carrera de Motorland fue el perfecto ejemplo de en qué se ha convertido MotoGP. Un sinfín de historias cruzadas, de remontadas, de problemas, de alegrías y de tristezas que deambulan por un desierto donde el segundo puesto es un pequeño sorbo de agua mientras Marc Márquez espera en un oasis que casi parece un jacuzzi.

La mejor noticia para Márquez es que, por tercer año consecutivo, Dovizioso es su gran rival. Es una gran noticia porque le tiene perfectamente controlado. Sabe que le puede ganar un puñado de carreras, aquellas donde la Desmosedici todavía marca la diferencia, pero nada más. Que, ahora que la Honda también se comporta en recta, las oportunidades de vencerle a 19 grandes premios tienden a cero. Y cuantas más carreras metan al calendario, más margen de error tendrá y más favorito será.

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De momento va a por el cuarto, cuya consecución ya es virtual. Dejará atrás las rachas de tres títulos de mitos como Geoff Duke, John Surtees, Kenny Roberts o Wayne Rainey; igualará los cuatro de Mike Hailwood y se pondrá a tiro de los cinco de Mick Doohan y Valentino Rossi.

La peor noticia para los demás es que sigue una trayectoria ascendente y que no se cansa de ganar. Que solamente se va a pescar para relajarse antes de volver a subirse a la moto y que, como él dice, cada vez es un piloto más completo. El impacto de lo sucedido en Aragón fue devastador.

La era Marc Márquez y el desierto de MotoGP

Marc Márquez se exhibición en Motorland de viernes a domingo.

No tanto por la escapada en carrera ‘a lo Lorenzo’, sino por lo logrado en el FP1. Cuando todavía humeaban las cafeteras de Motorland, se puso el mono, salió a pista y tras un par de tandas de aproximación puso un registro que nadie podría batir el resto del fin de semana. Lo que para los demás parecía una meta casi imposible, pera él era el punto de partida.

Semejante golpe moral es casi imposible de digerir. Y eso es exactamente lo que pretendía el ilerdense. Después de tres carreras decididas en el último suspiro, tenía ganas de lanzar un mensaje inequívoco: en sus circuitos no hay pelea. No solo eso, durante todo el fin de semana repitió en numerosas ocasiones la palabra ‘Austin’. También era parte del mensaje: en sus circuitos domina como quiere y, para colmo, aprende de los errores propios.

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Es más: sin el error de Austin, desde la frialdad matemática, la realidad es que Márquez hubiese festejado el título en Aragón. Exactamente, hubiese necesitado 27 puntos más para tener 125 de ventaja: los 25 que hubiera ganado en el Gran Premio de las Américas unidos a los dos que sumó allí Dovizioso con su caída: fue cuarto (13 puntos) en vez de quinto (11).

Universos paralelos aparte, lo cierto es que Márquez ha cambiado la pregunta básica de MotoGP: por mucho que la pregunta obligatoria a principio de curso es la de quién será campeón del mundo, a nadie se le escapa que a día de hoy tiene más sentido preguntarse en qué carrera conseguirá Márquez añadir una placa más a un título cuya última línea prácticamente monopoliza.

La era Márquez se acabará algún día, cierto. Tan cierto como que ese ocaso no se vislumbra en el horizonte de ese desierto en el que ha convertido la lucha de los demás; porque no parece que Honda vaya a volver a fallar como en 2015, y de momento no se divisa ningún binomio capaz de batirle en términos de regularidad.

De nuevo, la duda es el cuándo: cuándo acabará su era. A su vez, eso abre otra duda, que es la de por qué acabará: si será por el propio declive del 93 –que por edad se intuye todavía lejano- o si algún otro piloto será capaz de recorrer el desierto que ahora mismo ha puesto entre él y el resto.

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