Genios en moto

La historia del Mundial de Velocidad está llena de grandes maestros y extraordinarios pilotos, pero sólo hay unos pocos genios. Estos pequeños talentos, dotados de una formidable precocidad, aparecen de década en década. Hoy, el Mozart de las motos es Marc Márquez, pero hubo otros antes que él.

Juan Pedro de la Torre. Fotos: MPIB -
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Cuentan sus biógrafos –y también Wikipedia–, que Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, conocido como Wolfgang Amadeus Mozart, componía sus primeras obras musicales y daba conciertos a la edad de cinco años. A esa edad, Marc Márquez ya se desenvolvía con soltura ayudado por una Yamaha PW50 con ruedines, y se iniciaba en el arte del motociclismo participando en los Enduro per Nens, al cuidado de su padre Juliá. No hace tanto tiempo de aquello. Era 1998, cuando el motociclismo español buscaba con ilusión su primera corona en el Mundial de 500, que no tardaría en llegar, de la mano de otro niño prodigio, Alex Crivillé. Ahora que Márquez pulveriza todos los records y registros, y no deja en pie ni un solo hito del pasado, es un buen momento para recordar a otros talentos que, como él, fueron considerados unos verdaderos genios del motociclismo.

La diferencia entre unos y otros la marca la época en la que vivieron. Márquez, con sólo 20 años, se encamina hacia su tercera corona mundial, y suma ya 31 victorias. Todo ha llegado muy pronto porque se ha iniciado jovencísimo en esto de la competición, y ha debutado en el Mundial con 16 años recién cumplidos, tras una larga trayectoria en categorías de promoción y un par de temporadas en el CEV, que es una excelente plataforma de formación. En otro tiempo, el momento de tomar la decisión de competir llegaba a una edad mucho más avanzada, y por eso según pasa el tiempo, los antiguos registros van cayendo de forma paulatina, aunque todo tiene su límite. Loris Capirossi sigue marcando la referencia del campeón más joven en la historia del campeonato, con 17 años y 165 días, un récord que a Márquez se le escapó por tan sólo 98 días, pero resulta difícil imaginar que haya un piloto capaz de mejorar a Capirossi. Aunque, quién sabe…

En otros tiempos, la madurez que ahora muestran los jóvenes talentos del campeonato llegaba mucho más tarde. Pero no es porque fueran mejores o peores, sino porque la propia sociedad tiende a tener prisa por todo. Hay que ser famoso antes de los 30, millonario antes de los 40, y jubilarse antes de los 50, y si un piloto no está en el Mundial a los 18, mejor que se dedique a otra cosa, dicen. Yo no creo que sea así.

Muchos de los mejores pilotos del campeonato comenzaron a correr a la edad a la que algunos pilotos de la era moderna ya han sido campeones del mundo. El gran John Surtees, sin duda, el primer talento precoz del Mundial de Velocidad, se estrenó con solo 17 años, corriendo el Ulster Grand Prix, un escenario que se convertiría en una pista especial para él: allí debutó, allí logró su primer punto en el campeonato, y allí conseguiría su primera victoria. Surtees se inició tan pronto en las motos por afición familiar. Su padre, Jack, regentaba un importante negocio de venta de motos en South London, y además corría en sidecares de grasstrack. Allí inició al bueno de John en las carreras, como pasajero suyo, con 16 años. Pero el muchacho no tenía intención de confiar su destino en las manos de nadie, aunque fueran las de su padre, y al año siguiente (1951) sorprendió a todos, incluso a su progenitor, con una formidable segunda posición en Thruxton, tras el increíble Geoff Duke y su Norton oficial, con una Vincent que él mismo se había encargado de preparar.

No fue fácil abrirse camino en el campeonato, que estaba plagado de excelentes pilotos británicos. Debutó en el TT en 1954, y en 1955 logró su primera victoria, en la carrera de 250 del Ulster Grand Prix, con 21 años. Teniendo en cuenta que en aquella época en muchos países la mayoría de edad no se obtenía hasta alcanzar los 21, y que era frecuente ver a pilotos ganando carreras en torno a los 40 o por encima de esa edad, la victoria de Surtees resultó impactante por su anticipación. El conde Agusta le contrató en 1956 para su equipo de 500, junto a Umberto Masetti, y con sólo 22 años Surtees se proclamó campeón.

Fue un año extraño, hay que reconocerlo. La Federación Internacional había suspendido por seis meses a algunas de las estrellas del Mundial por secundar un boicot de los pilotos de 350 en el Gran Premio de Holanda del año anterior. Esto hizo que pilotos como Duke, Ahearn, Armstrong, Campbell, Brown, hasta un total de 13 pilotos, se perdieran las dos primeras carreras de la temporada, que solo tenía seis pruebas, y puntuaban los cuatro mejores resultados. Surtees ganó las tres primeras carreras, pero se lesionó en la cuarta, y no pudo correr el resto del campeonato. Y aún así fue campeón. Después, a partir de 1958, camparía a sus anchas por el campeonato, ganado los títulos de 350 y 500 entre 1958 y 1960. Y decidió, con sólo 26 años, dedicarse a la Formula 1, donde ya había hecho un prometedor debut, abandonando precipitadamente el campeonato. No fue una mala decisión, porque en 1964 ganó el Mundial de F-1 con Ferrari. Es el único campeón del mundo en las dos especialidades.

Las cosas no han cambiado mucho en el mundo de las carreras más allá de lo evidente. Ya entonces hacían falta recursos, buen material y una adecuada metodología de trabajo. El profesionalismo ya estaba inventado. Entonces, como ahora, la clave para poder iniciarse temprano en las competiciones era el potencial económico. Si tenías recursos podías conseguir el mejor material y si además tenías talento, aprendías rápido. En la figura de Stanley Michael Bailey Hailwood, Mike Hailwood, confluían ambas cosas. Su padre, Stan, era un acaudalado hombre de negocios y un apasionado de las carreras, así que no fue extraño que el joven Mike se aficionara a las motos –otra cosa que tampoco ha cambiado con el paso del tiempo-, aprendiendo el arte del pilotaje en los jardines de su finca de Oxford. Y cuando tuvo edad suficiente, 17 años, comenzó a correr. Y lo hizo muy bien desde el principio gracias a un talento innato, pero también a una minuciosa y cuidada programación. No bastaba con darle una NSU 250 de primera línea, o una MV Agusta 125 que no estaba al alcance de cualquiera. Stan, todo un precursor en lo que a la dirección deportiva de un piloto se refiere, preparó concienzudamente la carrera de su hijo, pensando en la mejor manera de formar a Mike para su estreno mundialista. Stan lo mandó a Sudáfrica, para participar en las numerosas competiciones que se disputaban al abrigo del verano austral. Fueron tres meses de carreras plagadas de éxitos. Pero Hailwood no fue un caprichoso niño rico, ni mucho menos. Además de correr, trabajó como aprendiz en la fábrica Triumph de Meriden, y con los premios obtenidos en su gira sudafricana, Mike pagó a Stan hasta el último penique que se gastó en la NSU y la MV Agusta. Vamos, que no le regaló nada.

Con 18 años debutó en el Tourist Trophy con un tercer puesto en la carrera de 250, y además fue triple campeón británico en 125, 250 y 500. Y un año después, con 19, lograba su primera victoria en el Mundial al ganar el Ulster Grand Prix, con una Ducati 125, la última victoria de Ducati en el campeonato antes de que Loris Capirossi ganara el Gran Premio de Cataluña en 2003.
Solo dos años después, Hailwood se proclamó campeón del mundo de 250, con Honda, a los 21 años, y fue subcampeón de 500, permitiéndose la machada de ganar tres carreras en el Tourist Trophy: 125, 250 y 500, algo que hasta ese momento nadie había conseguido. Y al año siguiente superó a Surtees en precocidad al conseguir su primera corona de 500: 22 años y 160 días, 22 días menos que Surtees. Esa marca permanecería durante más de 20 años.

Costó muchísimo volver a ver talentos tan precoces ganando campeonatos. Hubo jóvenes promesas, pero no campeones precoces. Por ejemplo, Giacomo Agostini logró su primer título de 500 con 24 años y 87 días. Un carcamal. Y en las demás categorías tampoco había campeones mucho más jóvenes: Phil Read, que también fue una joven promesa, no consiguió su primer título hasta los 25 años, lo mismo que el malogrado Bill Ivy. Ángel Nieto fue bastante precoz, debutó con 17 años, fue campeón de 50 con 22, y con 25 ya había ganado cinco títulos, pero siempre en 50 y 125.

Habría que esperar hasta 1975 para volver a toparnos con un talento arrollador y sorprendente. Fue Johnny Cecotto. Tenía 19 años cuando llegó a Europa. Todo lo que se sabía de él es que con una Yamaha TZ700 del importador venezolano Venemotos, había sido tercero en las 200 Millas de Daytona, saliendo el último. Y el día de su debut en el Mundial, en el Gran Premio de Francia, en Paul Ricard, ganó las dos carreras en las que tomó parte: 250 y 350. Nadie ha vuelto a tener un estreno similar. Cecotto fue campeón de 350 esa temporada, con solo 19 años, lo que le convertía en el campeón más joven de la historia del Mundial. Después su trayectoria estuvo marcada por los altibajos, en buena medida por culpa de varios accidentes, aunque en 1978 ganaría el Mundial de 750, terminando tercero en 500 por detrás de Kenny Roberts y Barry Sheene. Tan prematuro inicio trajo consigo una temprana retirada: Cecotto dejó el Mundial antes de cumplir los 25.

Ganar con 19 años ya es un gran récord, y parecía algo insuperable, pero todos sabemos que la marca de Cecotto está claramente superada. Hubo otros hitos memorables: en 1980 Randy Mamola se convirtió en el ganador más joven de 500, mejorando la marca de Hailwood: 20 años y 239 días. Dos años después, Freddie Spencer lo batió: 20 años y 196 días. El joven Spencer fue un piloto de un talento extraordinario, uno de esos prodigios que aparecen de década en década, como Surtees, como Hailwood, como Rossi, como Márquez. Pero fue extremadamente fugaz, ya que solo hizo tres temporadas completas. “La luz que brilla el doble, dura la mitad”. Es una frase que define de forma excelente el paso de Spencer por el Mundial de Velocidad. Proviene de la película Blade Runner, de Ridley Scott. El punto en común entre Spencer y la generación actual es su temprano inicio en el mundo de las carreras. Con solo 13 años, Spencer ya estaba compitiendo, por todo el país, como si de un piloto profesional se tratara. Un distribuidor de Bel Ray lo descubrió y llamó a un amigo de las carreras, un veterano que llevaba más de veinte años trabajando en el Mundial. “¿Cuántos años tiene?”, preguntó. “Trece”, le dijo. “Pues entonces, llámame dentro de un par de años, y ya veremos”. Pero un año después las llamadas se sucedieron con mayor insistencia.

En aquella época parecía que aún había tiempo para todo: para hacerlo bien y que llegara, o para hacerlo muy mal y perderlo por el camino. Pero hoy en día, nadie duda ante un talento de 13 años. Se invierte en él a poco que apunte maneras. Spencer fue campeón de 500 en 1983, con 21 años y 258 días, y consiguió el doblete en 250 y 500 con 23, pero el talento de Márquez ha terminado haciendo añicos la marca de Spencer dos decenios después.

Antes de que terminara la década asistiríamos a la explosión del fenómeno del “baby boom”, los campeones adolescentes. Alex Crivillé se convirtió en el campeón más joven de la historia al ganar el Mundial de 125 en 1989 con 19 años y 176 días, pero su registro sería superado solo un año después por Loris Capirossi: 17 años y 165 días, y desde entonces nadie ha superado esa marca. Sin embargo, hemos asistido a la aparición de muchos campeones precoces, aunque no todos han sido genios del motociclismo. Simplemente van al ritmo que marcan los tiempos. Desde aquella corona de Capirossi, casi todos los campeones de 125 han ganado con 20 años o menos: Haruchika Aoki, Valentino Rossi, Manuel Poggiali, Dani Pedrosa, Andrea Dovizioso, Thomas Luthi, Mike DiMeglio, Marc Márquez… y también muchos de 250, como Jorge Lorenzo y Marco Melandri. La consagración definitiva, la que marca la diferencia entre el maestro y el genio, la da el éxito en la categoría reina. Valentino Rossi es ese genio contemporáneo que ha dejado su huella en el motociclismo en los últimos 15 años. Ninguno más ha conseguido mantenerse a tan alto nivel durante tanto tiempo.

Desde su llegada al Mundial en 1996, hace ya 17 años –cómo pasa el tiempo, para algunos–, Rossi demostró una capacidad sin límites, y año tras año fue adornando su palmarés con victorias y títulos que le han llevado a ser el segundo piloto más laureado de la historia, con 106 victorias, y uno de los que más títulos tiene, con nueve coronas. Al calor de los éxitos de Rossi han crecido muchos jóvenes pilotos italianos, pero ninguno ha sido capaz de mantener su nivel, y se da la circunstancia de que esa existencia tan dependiente de Valentino ha descuidado la excelente cantera italiana, cuyo motociclismo nunca había vivido semejante carencia de resultados en las 65 temporadas de historia del campeonato.

Jorge Lorenzo también ha demostrado algo más que su maestría, y ha sido, junto al retirado Casey Stoner, los hombres que han puesto punto y final a la triunfante carrera de Rossi. Pero entre la retirada del australiano y la irrupción de Márquez, la etapa de hegemonía de Lorenzo se vuelve intermitente. Parece como si el presente y el futuro estuvieran ya en manos de Marc Márquez, aunque nadie puede asegurar lo larga que puede llegar a ser su carrera deportiva. Ni Surtees, ni Hailwood, ni Cecotto, ni Spencer, por diferentes cuestiones, fueron capaces de permanecer en el Mundial tantos años como los que lleva Rossi. Ya se sabe, los genios son imprevisibles.

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