América en moto (II): Viaje al centro

Me encuentro en Buenos Aires y por delante 10.000 km y un total de ocho países, pero ¡que países! Los más grandes de América del Sur. Norte argentino, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile, Perú y Ecuador.
José Ángel Pais -
América en moto (II): Viaje al centro
América en moto (II): Viaje al centro

2ª Etapa: Argentina-Ecuador

En esta parte del recorrido decía adiós a mi Buenos Aires querido, para embarcarme en una aventura llena de contrastes. Me esperaban los desiertos, la gente, los blosqueos, el caos del tráfico, la suciedad, los ríos, los policías... Todo forma parte de mi ''mi viaje'' y tanto ''Linda'' como yo superamos con creces todas las fases de este recorrido

Recorrido: 8.765km

Tiempo empleado: 34 días

Si en la primera etapa el enemigo fue el viento, en esta segunda habrá dos enemigos que serán el ''soroche'' o mal de altura y el reloj que se empeñará en contar mi libertad obligándome a rodar sin detenerme.

Directo al transbordador que nos cruzaría el Mar de la Plata hasta Colonia, la primera ciudad uruguaya. La primera sorpresa la encuentro a la llegada: la oficina de aduanas en el puerto es un coche... Sí, sí ¡un coche! Allí tienen una máquina de escribir que portan en el asiento y rellenan los papeles de importación temporal, ect. Sin palabras.

Urugay...''re-lindo''. Las carreteras perfectas, poco tráfico y muchos coches antiguos por la carretera. Paisajes verdes, muy verdes ''adornados'' por centenares de vacas. Lagos por doquier y plantaciones de cerales. ''Linda'' iba muy bien, mi ánimo por las nubes y no estaba cansado. Desde que presenté el pasaporte en una ventanilla y una señorita me dijo ''bom dia, tudo bem?'' la emoción dibujó una sonrisa aún más gande. Ya estaba allí, ''Linda'' y yo habíamos llegado a la latinoamérica que nos fascina: Brasil. Colores, olores, gente y más gente.

Es otro tipo de gente. No se si más o menos formales, pero sí muy simpáticos y amables, Brasil es enorme. Por primera vez en mi vida, vi amanecer en la moto, soporté el calor del sol en las horas del mediodía, vi cómo atardecía, vi ponerse el sol e irse, y rodé dos horas más en plena noche. Camino del siguiente país, Paraguay, nos encontramos con una de las maravillas del mundo, las cataratas de Foz de Iguazú. Impresionante es poco calificativo ¡hay que verlas!

La frontera entre Paraguay y Brasil es un puente espectacular, no por la altura, longitud, etc, sino por el tráfico de mercancías y gente que por allí transita a diario. Sabía que era muy peligroso. De hecho iba a enfrentar la jornada más peligrosa para mi integridad de esta segunda etapa. Había un atasco tan grande en la entrada del puente que llegar a él era trabajo de una hora incluso en moto. Tuve suerte, fui a hablar con el policía que había a la entrada y me dejaron pasar sin esperar.

Empiezan los bloqueos

Kilómetro tras kilómetro iba avanzando por una carretera perfectamente asfaltada y muy recta. De pronto, lo esperado... Un tipo vestido de policía indicándome que pare. Ya son famosos esos policías que lo único que quieren es que les paguen para poder continuar. Pero conmigo las llevaban claras. Al final me escapé airoso. Llegamos a Asunción, la capital de Paraguay. Caos en su máximo esplendor. Rápidamente paro a un muchacho en una pequeña moto y le pido que me lleve hacia el puente de la Concordia, frontera con Argentina. Volamos por aquella ciudad, era la única manera de cruzarla seguro.

Una buena propina y vuelvo a Argentina, como andar por casa. Ahora nos enfrentamos al NOA (territorios noroeste argentinos). Si en el sur los enemigos son el viento y la escasez de gasolina, en el norte son los bloqueos de carretera provocados por revueltas populares. Justo en la mitad de esta ruta, una fila de camiones. Un bloqueo. Me adelanto hasta la policía y ellos me ponen al tanto que los indígenas del lugar bloquean la vía hasta las 12 del mediodía. «Linda» al arcén y yo a esperar.

Pido permiso para acercarme a los manifestantes y la policía me dice que no debería, y que si lo hago que sea andando, no con la moto. Unos 50 indígenas. Después de hablar largo y tendido con ellos, me despedí. Me autorizaron a cruzar y fui a por la moto. Antes de irme, se reunieron todos alrededor de ''Linda'' y de mí, y comenzaron a orar en voz alta. Continuamos la ruta, el calor es tan grande que ''Linda'' va recalentada, Tengo que llevar la moto a velocidad suficiente para que refrigere pero no muy forzada para que no se caliente. La temperatura ambiente sobrepasa los 45 grados y yo me estoy desintegrando.

Siguiente destino: el sur de Bolivia. Hablar de naturaleza, de gente linda, de buena comida, de bellezas que te dejan sin respiración... esa es Bolivia. Cruzar la frontera a ese país es muy fácil, sólo me hicieron unas preguntas sobre la gripe A ya que fue en ese entonces cuando estaba ''de moda''. Carreteras impresionantes, llenas de curvas entre montañas, con un paisaje espectacular, una selva que deja sin palabras. Ríos, lagos... un sueño. Olor a verde. Gente andando en solitario por las orillas de las carreteras, campesinos armados con sus machetes de trabajo. Vacas, muchas vacas en medio de la calzada, pastores trasladando sus rebaños.

Regresamos a Argentina para seguir nuestra ruta hacia Chile. Será la tercera vez que pisamos territorio argentino.

Altura y calor

Llegó el día de la prueba más dura del viaje, hoy alcanzaremos casi los 5.000 metros de altitud y en solitario: Paso de Jama. Me vi envuelto en puerto de montaña con unas curvas como no podía imaginar incluso contemplándolas en primera fila. El GPS se volvía loco, los giros eran de segunda velocidad, la pendiente súper pronunciada y el altímetro pasaba los 3.000 metros. Pudimos repostar combustible a los 4.000 metros. El sistema electrónico de admisión de ''Linda'' funcionó a la perfección. Pasé esas planicies y pequeñas pendientes en cuarta y quinta velocidad. La moto jamás hizo un amago de poca fuerza o de trabajar mal. A lo largo de mi vida he cruzado varios desiertos. Pero lo que hoy me tenía guardado la ruta fue una de las experiencias más bonitas. La gran cordillera de Los Andes tiene en su extensión varios desiertos de sal.

Hace miles de años esas montañas estaban bajo el mar. Por movimientos tectónicos fueron ascendiendo hasta formar lo que hoy conocemos como Los Andes. Las lluvias van lavando esos terrenos que antiguamente estaban hundidos y llenos de sal, para depositarla en las llanuras. Una capa tras otra, van formando los desiertos de sal.

Hice varias paradas para contemplar una inmensa llanura que se perdía en el horizonte, era una llanura blanca, era la llanura de sal. Por fin mis ojitos podían verla. La meta de ese día, San Pedro de Atacama (Chile). Es una ciudad muy pequeña, de casas muy rústicas y que vive exclusivamente del turismo. Todo son tiendas y oficinas para contratar excursiones turísticas.

Voy de desierto en desierto. Es el turno del desierto de Atacama. Pronunciar su nombre ya impone muchísimo respeto. Los paisajes son desoladores, inmensos, las formaciones rocosas erosionadas por las inclemencias de las variaciones térmicas. Sus colores marrón, gris y crema, difuminados sobre las llanuras lo hacen realmente bello. Su silencio impresiona y su tamaño te deja desconcertado. No puedo olvidar en la carretera un cartelito que decía «Llanura de la paciencia». Las carreteras generalmente están en buenas condiciones, pero hay que tener en cuenta que sólo recorrí la cuarta parte de ese larguísimo país.

Del cielo, al infierno

Cruzar desde Chile a Perú es toda una odisea, es sin duda la frontera más complicada de las que había cruzado hasta el momento. Debido a su horario de apertura las colas son interminables.

Salí de aduanas a toda velocidad con la ilusión de seguir viendo el desierto, sus dunas y paisajes. Error, gran error. todo lo que veía era basura en los laterales de la carretera que oscurecían el paisaje. No podía creerlo, todo tan sucio... Mi esperanza es que fuera sólo los primeros kilómetros, pero lamentablemente está toda la carretera en iguales condiciones, desde el sur hasta el norte en la frontera con Ecuador.

En las ciudades como Arequipa, el caos es aún peor. ¡Madre mía! Todos se te echan encima y como saben que eres vulnerable más te aprietan. Aparte de su tráfico, Arequipa es una linda ciudad donde se come muy bien. Pronto llegarían las rectas hacia Nazca, y con ellas la arena y las dunas vivas. Son unas dunas que por el empuje del viento se va rodando y ocupan la carretera. Las llaman las zonas de ''arenamientos''. Sorprendente y peligrosísimo. Tras esa recta de unos 200 metros nunca imaginé lo que me iba a encontrar. Toda la carretera estaba llena de dudas, sólo había un carril por donde se circulaba dificultosamente. Los coches y camiones se turnaban para cruzar, una vez de un lado y otra del otro. La moto patinaba como en el París-Dakar. Una experiencia primero preocupante, pero luego muy divertida.

Nazca es una ciudad pequeña que se encuentra a unos 400 km de Lima, la capital de Perú. Allí se encontraron unas marcas en el desierto con forma de animales y objetos que han traído locos a los científicos de medio mundo. Se les llama ''las líneas de Nazca''. Continuó la ruta hacia el norte: Ica, Lima, Chimbote. Arena y más arena... Polvo y como nuevo fenómeno la polución. Al cruzar Lima, la chaqueta de la moto quedó color gris oscuro de la cantidad de polución que tiene esa ciudad.

La ruta y los 900 kilómetros diarios que estaba haciendo me llevaron directamente al norte. Ciudades como Trujillo, Chiclayo, Tumbes me hicieron disfrutar de las bellezas y hospitalidad peruana. Saliendo de Tumbes, última ciudad donde dormí en Perú, el paisaje es totalmente desértico. Cruzas la ''famosa'' frontera y aparece la vegetación exuberante. El cambio es tan radical como noche/día, blanco/negro. Sin palabras.

Avanzan los kilómetros en Ecuador y me acercaba a la ciudad de Machala, mi sonrisa era aún más grande. Cientos de kilómetros de plataneras, bananeras como jamás había visto. Sin darme cuenta ya estaba ''persiguiendo'' los carteles que decían Machala y centro ciudad. Ahora debería prestar el 100% de mi atención para no tener problemas en esa ciudad tan caótica. Rodaba sonriendo, recordando las anécdotas de esta etapa, los buenos y malos momentos y me sentía muy orgulloso del viaje, bendecía la hora en que se me ocurrió viajar. Casi me paso el cartel del hotel, pude desviarme y allí estaba, cansado y esa vez con dos kilos menos. La segunda etapa había concluido sano y salvo.

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Mucha suerte.

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