Marruecos en moto

Siempre es recomendable un viaje a Marruecos, y mucho más si es en moto. Por exótico y por desconocido, es un destino que evoca aventura, promete experiencias diferentes y ofrece muchas facetas que además seguro nos desmontarán muchos clichés.

Juan Magaña -
Marruecos en moto
Marruecos en moto

Aunque es un país seguro, conviene informarse de las costumbres y de determinadas precauciones a tener en cuenta para evitar situaciones desagradables, incómodas o peligrosas.
En otoño de 2009 mi mujer y yo, a lomos de nuestra BMW Adventure, nos dirigimos hacia Algeciras. Allí nos esperaba el ferry que nos llevaría al otro lado, y también mis padres que nos acompañaban en un Jeep. Que vinieran mis padres en un coche de apoyo me daría tranquilidad, sobre todo cuando circuláramos por pistas, y también la responsabilidad de preparar un viaje del que disfrutásemos todos.
Hay muchas formas de enfocar un viaje de este tipo. Se puede ir por el camino rápido a las grandes ciudades, y pasar unos días descubriéndolas, o se puede elegir el camino más largo y menos transitado y los pueblos más remotos. Se pueden preparar etapas largas, con muchos kilómetros por delante cada día, o bien tomarlo con más calma. Se puede disfrutar de los paisajes de montaña del Atlas, o de los paisajes desérticos y las dunas que esperan más al sur.
Nosotros decidimos hacer un poco de todo, y en varias etapas bastante ambiciosas pudimos descubrir diferentes aspectos de un Marruecos que tiene mucho que ofrecer. Y es sorprendente cómo, desde la misma frontera (nosotros cruzamos por Ceuta) empiezas a sentirte en un país totalmente nuevo y diferente, y que te recibe con los brazos abiertos.

El trámite de la aduana es el primer encontronazo con una forma diferente de hacer las cosas. Colas desorganizadas, trámites que no terminas de comprender muy bien al principio (aunque no son complejos: un papel para las personas, y otro para los vehículos), y alguna ventanilla que funciona mejor con un pequeño incentivo monetario. También hay algunos que pululan por ahí ofreciéndose a hacerte (y agilizar) el papeleo por unos pocos dirhams. Pensándolo bien, nuestra burocracia no funciona mucho mejor. Nuestros primeros kilómetros transcurrieron entre charcos y carreteras embarradas (y en ocasiones, totalmente destrozadas por la lluvia) y estábamos encantados. Las ruedas de tacos que monté expresamente para este viaje me estaban sorprendiendo gratamente por su comportamiento incluso en mojado, y desde luego las recomiendo si se prevé hacer pistas.
En nuestro primer día, en nuestra primera parada a comer, elegí un sitio que me pareció que tenía buena pinta: una parrilla con buena brasa, piezas de carne colgando, y poco más. Quizá algunas moscas, pero no nos hagamos los finolis, que moscas hay en todas partes (aunque lo cierto es que había demasiadas...). Sin duda no era un sitio orientado a turistas, pero eso fue precisamente lo que más me gustó. De modo que me dirigí al amable dueño para preguntar si podíamos comer ahí, y por cuánto. Recordé entonces la importancia que tiene en África el regateo, y ya iba preparado para poner cara de que eso es muy caro, y que te doy la mitad. Entonces me explica que nos iba a poner un buen plato de carne a la brasa, cebolla fresca, y pan, por unos dos euros por persona. El caso es que durante el viaje comimos en sitios mejores, sobre todo en algunos hoteles, pero recuerdo aquel «kefta» como el mejor que he comido en mucho tiempo. Puede que sea porque le quitó las moscas a la carne antes de picarla. Y no me atreví a regatear, claro. ¡Dos euros por persona! Pero, excepto en este caso, el regateo está siempre presente.
Es algo que puede resultar incómodo, pero lo cierto es que no lo vamos a poder evitar, así que es mejor mimetizarse y aprender a poner caras de «qué caro» o de «mi mujer no me deja pagar tanto». Eso sí, al volver a España hay que tener cuidado, y que no os pase como a mí, que seguía regateando hasta en el Mercadona.

Otra constante a lo largo de todo el viaje fueron las motillos que se te pegan en cuanto llegas a un pueblo, y más aún cuando llegas a una ciudad grande. En nuestro camino hacia Ifrane tuvimos que atravesar Fez y ahí se me pegó el primero, que me pilló totalmente desprevenido. El guión es siempre el mismo, aunque yo no lo sabía: te deben oler desde lejos. «Snif, snif, huele a turista». Matrícula española. A por ellos. Y una vez a tu lado te saludan. Son realmente amables. Y como digo, siempre el mismo guión: que de dónde somos, que si es muy amigo de los españoles, que si su primo tiene una agencia de viajes en España, que si él es guía oficial, y que a dónde vamos, que el nos llevaba.
Confieso que no me hacía ninguna gracia, porque no sabía si nos quería perder, o incluso robarnos. Pues no. Nos llevó donde queríamos, que en este caso era al otro lado de la ciudad. Solo se aseguró de que me apuntara su teléfono para que fuese nuestro guía en nuestra visita a Fez, y para que nos alojásemos en el fabuloso riad de su primo (otro primo, imagino).
Evidentemente no se trata de guías oficiales, y en la visita a las ciudades te llevarán a las tiendas de sus amigos (o de sus otros primos; deben de ser bastantes, por lo que se ve), pero de lo que no cabe duda es de su amabilidad. Más adelante, pude comprobar que esto se repetía en cada pueblo grande por el que pasábamos. Lo cierto es que llevaba GPS y no necesitaba que nos guiaran, pero ellos no desisten, así que visto que no suponen ningún peligro les dejo que me acompañen unos kilómetros.
Otro consejo que me dieron antes de venir, y que seguí a rajatabla fue el de no cambiar la hora en los relojes. En Marruecos no hacen cambio horario, de modo que allí tenían dos horas menos que en la Península. Lo que se me olvidó es precisamente eso, de modo que después de pasar nuestra primera noche en Ifrane (un pueblo montaña y de gente de pasta, también conocido como la Suiza de Marruecos) nos levantamos temprano para desayunar a las ocho y comenzar la ruta del día. Pues no, majete, que son las seis y no se han levantado ni los de la recepción, así que toca hacer un poco de tiempo antes de poder desayunar y ponernos en marcha. Pero, ¿y lo que mola madrugar?

Para muchos Marruecos se asocia directamente con el desierto, y aunque es verdad que las dunas presentan un espectáculo único, no hay que olvidarse de los paisajes verdes y de alta montaña que ofrece el Atlas, o de las azules costas del Mediterráneo. En el Atlas pudimos disfrutar además de pistas de montaña realmente divertidas (y en ocasiones tan deterioradas por la lluvia que tuvimos que retirar las piedras para abrirnos camino), de inmensos bosques de cedros y de los simpáticos monos que comen de tu mano.
Según avanzamos hacia el sur, las carreteras van dejando las curvas y los paisajes van perdiendo la vegetación. Ese paisaje desértico, pedregoso, y que en ocasiones parece lunar (no es que haya estado en la Luna, pero imagino que se parece a esto) es también sobrecogedor, y deja en evidencia por dónde pasa algún río, ya que a su vera la vegetación, fundamentalmente palmerales, crece a sus anchas ofreciendo un paradisíaco contraste.
A pesar de las largas etapas de muchos kilómetros que teníamos previstas, tuvimos tiempo de visitar preciosos pueblos, como Ait Ben Haddou (que es de película) y otros sitios como la Garganta del Todra (de la que parece que va a salir Indiana Jones a recibirte), además de otros pueblos que te encuentras por el camino, aparentemente sin encanto, pero que te sumergen en el día a día de las personas de Marruecos, más allá de las rutas turísticas.
Y por supuesto el desierto. Estuvimos en dos zonas diferentes, Zagora y Merzouga, y son impresionantes por igual, aunque cada una a su manera. Quedarse mirando las dunas es como mirar el mar. Puedes quedarte embobado durante horas (mejor desde dentro de una jaima, que el sol pega fuerte). Como recuerdo nos trajimos a casa arena de cada sitio en un par de pequeñas botellas, y se puede ver cómo hasta la arena es diferente en un sitio y en otro. Por cierto, que no se anime todo el mundo a esto de traerse arena de recuerdo a ver si nos vamos a quedar sin dunas.

Un tema con el que hay que tener algo de cuidado, aunque cada vez está mejor, es el combustible. La recomendación es siempre repostar en gasolineras de marca (la local Afriquia, o Total), pero no es siempre posible. Nosotros tuvimos que parar en otro tipo de gasolineras, e incluso poner gasolina de una garrafa, y aunque no sé si será perjudicial para el motor, el caso es que tanto la moto como el coche no iban tan finos, y además el indicador de combustible perdió precisión. Nada que no se arregle poniendo de nuevo gasolina buena, y que además yo ayudé con un limpiador de inyectores. Por si acaso.
Lo mejor de todo son sin duda los niños. Algunos son más descarados, acostumbrados al paso de turistas, y otros se asustan al ver nuestra moto y nuestra pinta, pero la sonrisa sincera y la cara de alegría al darles un caramelo, un lápiz de colores, o un pequeño juguete bien vale un viaje como este.
De los muchos consejos que leí y escuché antes de venir, uno de los más importantes es que hay que evitar conducir de noche. Solo en una ocasión, por un error al calcular la distancia que había por el camino largo (evitando el camino corto, como siempre), tuvimos que conducir bastantes kilómetros de noche y realmente es un peligro: coches que circulan sin luces (y que ya son un peligro de día, pues de noche no te quiero ni contar), personas circulando por la carretera (quiero decir por el medio de la carretera, no por el arcén, que en todo caso muchas veces ni existe) y animales sueltos. Y animales quiere decir burros, no pequeños gatitos. Aunque yendo con cuidado no tiene por qué pasar nada, es mejor evitarlo.
De modo que no puedo dejar de recomendar un viaje a Marruecos. No solo os recibirán con una amplia sonrisa, sino que estoy seguro de que os sorprenderá. Nosotros ya estamos deseando volver.

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