Tailandia en un triciclo

Desde Chiang Mai a Bangkok (Tailandia) hay 783 km. Lo que significa 13 horas en tren o 50 minutos en avión. Nuestros protagonistas lo han hecho en 75 horas a lomos de un triciclo.

Ildefonso García/MRD. Fotos: R.G. -
Tailandia en un triciclo
Tailandia en un triciclo

Lleva una camisa azul tres tallas más grandes. Al abrir los labios quedan al descubierto unos dientes entre amarillos y marrones. «No hay problema», dice por décima vez con una sonrisa. Nos asegura que sí, que puede llevarnos pues su vehículo está más que preparado: neumáticos que nunca se pinchan, combustible que no se agota, y un conductor que lo sabe todo. Además, nos recuerda repetidas veces, tiene la «experiencia» necesaria pues ha realizado el viaje más de 10 veces. Thongtherm Chabchinda aparenta unos 50 años. Está casado y es padre de dos hijos. Se trata del conductor de un triciclo en el norte de Tailandia, un tipo de vehículo que por estos lares llaman tuk tuk. Chapurrea el inglés y nos asegura que nos llevará hasta el aeropuerto de Bangkok, que está a 783 km.

Le habíamos preguntado a muchos conductores de estos triciclos si nos podían llevar hasta la capital. La reacción de todos había sido la misma: imposible, pues se trataba de una distancia demasiado grande. Para empezar, los tuk tuk que están matriculados en Chiang Mai no pueden salir de los límites de la ciudad. Además, los motores están diseñados para cubrir distancias cortas y el calor tropical los mata a la larga. Entre Chiang Mai y Bangkok no hay tuk tuk, y por tanto tampoco el combustible que usan: GLP (gas licuado del petróleo). Por si esto fuera poco, la mayoría de los conductores son analfabetos y no serían capaces de leer las señales hasta llegar a Bangkok.

Amanece en Chiang Mai con el calor de siempre. A las 08:57 aparece el señor Chabchinda, Chinda para los amigos, con su tuk tuk. Su vehículo es azul, tiene por matrícula el número 416, cuenta con unos 15 años y ya ha recorrido 244.052 km. El motor es un Suzuki tricilíndrico de 800 cc capaz de unos 22 CV. Dos tambores traseros de 250 mm se encargan de detener la bestia. Los pasajeros van en un asiento de un metro de ancho. En cinco bolsas que cuelgan hay provisiones para los próximos cuatro días: cuatro kg de naranjas, dos rollos de papel higiénico, tres litros de aceite, herramientas varias y un litro de líquido de frenos. En la parrilla trasera hay dos bombonas con el gas, que están unidas al depósito de 20 litros por una manguera. No muy seguro en caso de accidente. «Ningún otro tuk tuk puede ir tan lejos. Tengo experiencia, podéis estar tranquilos, ja, ja», nos dice Chinda. Tras una hora de viaje no hay ningún otro triciclo a la vista. En nuestro vehículo 80 km/h parecen 250. Tras una parada para fumar, el tuk tuk se niega a ponerse en marcha, después de 18 intentos nuestro héroe lo consigue. Llevamos 30 km, ya solo nos faltan 700 para alcanzar el destino.

Huele a líquido refrigerante. El termómetro marca 36? C y el sol amenaza con derretirlo todo. Chinda levanta la nariz y nos asegura que no hay nada que temer, ha sido un simple pedo mecánico. El aire es como el de un secador y te quema la nariz y los ojos. La calzada tiene un distintivo color después de años en los que se ha derramado líquido de frenos, refrigerante y aceite. Por la tarde paramos en Lamphun, donde en el año 1044 se empezó a construir los templos de Wat Chan Haripunjai, hoy pululan monjes con móviles, gafas de sol, y zapatillas de deporte. La ciudad, al igual que Chiang Mai, tiene un foso a su alrededor como medida de protección.

Comenzamos a subir unas montañas que marcan la frontera entre Chiang Mai y Lampang. El conductor reduce de cuarta a segunda y el triciclo lo da todo para superar unos desniveles del 20 por ciento. Nos topamos con un camión que va algo más deprisa que un peatón, dejando una humareda similar a la que usaría James Bond para despistar. Dejamos atrás un campo de elefantes donde los paquidermos dormitan y de pronto vamos cuesta abajo. «Fácil 100 km/h, fácil, fácil», grita Chinda. Nosotros nos agarramos a todo lo que encontramos. Neumático hechos polvo, cojinetes de dirección gastados, frenos testimoniales, 40 kg de equipaje, 90 kg de piloto, 150 kg de pasajeros y 40 litros de propano. Si chocamos podríamos dejar un cráter similar al que acabó con los dinosaurios. Llegamos a Lampang vivos y nos alojamos en un hotel, 350 baht (7 euros) la habitación doble, aunque la bañera es un festín de moho y el colchón está húmedo. En estas ciudades el visitante disfruta de un «cóctel de sonidos». A menos que te hayas refugiado en un hotel de lujo, estarás rodeado de todo tipo de ruidos. Bangkok no es la única ciudad tailandesa que nunca duerme. Encontrarás todo menos silencio: perros peleando, sirenas ululando, aparatos de aire acondicionado renqueando, televisores, portazos, gallinas, karaoke, y retenciones de tráfico hasta la medianoche.

Nada más empezar a rodar, Chinda se muestra nervioso y dice: «Solo necesito media hora». El muelle del pedal de freno se ha roto, el quinto taller al que vamos acepta reparar la avería. Lo más probable es que los otros mecánicos, por desconocimiento del tuk tuk en estas regiones, no hayan querido atreverse. Continuamos nuestro viaje, ahora hacia Tan. A ambos lados se extiende el campo plantado de arroz, formando algo parecido a un tablero de ajedrez dibujado por un niño de tres años. En medio hay unos promontorios resguardados de un metro de alto donde poder sentarse.

Continuamos a 80 km/h, con el tac, tac, tac del eje trasero cuando pasa por encima de un bache, el silbido de las bolsas de plástico con las provisiones, el aullido del motor de dos tiempos y el del rodar de los neumáticos. Unos sonidos que se interrumpen cuando una moderna berlina nos adelanta a toda velocidad o un camión nos supera aprovechando una bajada. Cargados a tope y más, con la mercancía agarrada con cuerdas, tirando aceite y con un chasis como de chicle, los camiones son algo a evitar. En Tailandia no hace falta permiso para conducir, basta con que sepas mantener el vehículo por lo negro. Aquí a un empleado de ITV le podría dar un infarto. Se viaja encomendándose a Dios y que sea lo que Él quiera.

El tuk tuk se detiene al borde de la carretera. Nuestro chófer saca un cigarrillo y abre una de las botellas de gas. Oímos un silbido mientras se iguala la presión entre el depósito y la botella. Nos ponemos a cubierto y confiamos en que la manguera no tenga ninguna fuga. Chinda, con el cigarrillo atravesado en la boca, sonríe: «Fácil, confiad en mí». Entre Tak y Kamphaeng Phet el paisaje cambia de cara. La autopista nos lleva a un verde valle embutido en medio de las montañas. Plantaciones de arroz, bosques de palmeras, hemos llegado al reino del río Ping. La niebla flota por encima del agua como si bajo ella hubiese un incendio. A lo lejos vemos un enorme puente que parece no tener fin. Este poderoso brazo de agua es la garantía para la supervivencia, incluso en los años de sequía. Protegido por campos de arroz y jungla el río avanza en su camino hacia el sur.

Continuamos por la autopista, cerca del río, rodeados de gigantescos arrozales hasta Nakhon Sawan. Al sur de esta ciudad se unen los ríos Ping, Wang, Yom y Nan al todopoderoso Chao Phraya. La humilde habitación de hotel vuelve a costar siete euros, en ella hay dos sillas a las que le falta una pata a cada una y la puerta no cierra bien. En la calle principal hay un mar de banderas amarillas y rojas que proclaman el nuevo año chino. La calle está llena de actividad, pero nadie para tener estrés. Hay vehículos de todo tipo que se mueven como si fuesen un río de lava. Aquí no hay reglas de circulación claras. Muchos scooter llevan soldados de aquella manera un sidecar, ¿frenos? ¿luces? Pues no mucho. La autopista tiene cuatro carriles, y una cinta de 10 metros con hierba separa los dos sentidos. En los primeros 25 km entre Nakhon Sawan y Chainat vemos tres accidentes serios, casi siempre debidos a fallos mecánicos o a que el conductor se ha quedado dormido.

La carretera está llena de agujeros y perros que han sido atropellados. En el centro de todo este caos se mueven los conductores de scooter y motos de pequeña cilindrada. Con brazos y piernas desnudos, indefensos ante el sol, los mosquitos o las caídas. Se estima que en Tailandia hay unos 20 millones de motos. En la carretera mueren 13.000 personas al año y una mayoría son conductores de vehículos de dos ruedas. Durante seis años Thaksin Shinawatra, el ex primer ministro, ha intentado hacer cumplir la obligatoriedad del casco con multas de 500 bath (11 euros). A pesar de todo, más de la mitad va con la cabeza al viento.

Ves a campesinos pobres vestidos de mala manera y otros con todoterrenos de última generación. Potentes tractores compiten con carros tirados por burros y modernas vallas publicitarias conviven junto a garabatos que anuncian un chiringuito en la calle. Tailandia es un país de contrastes, en el que el sueldo medio de un trabajador son 8.000 baht (165 euros), el litro de gasolina cuesta como un Big Mac (75 céntimos) y la prostitución es parte del día a día. Un país controvertido, por un lado: autopistas, grandes urbes y enclaves turísticos; frente a pueblitos donde el tiempo parece haberse detenido. En Phayuha Khiri casi chocamos con un camión, acabamos cerca de la puerta de la casa de una señora que vende pasta y arroz. En chozas diminutas viven familias de ocho miembros, junto con gallinas, cabras y gansos. En todas no falta un almanaque con el retrato del rey Bhumibol Adulyadej, que fue coronado en 1950.

Ya estamos a solo 100 km del aeropuerto de Bangkok, a pesar de ser día de fiesta la autopista está repleta de coches, y el asfalto parece un queso de gruyere. Nuestro tuk tuk es atacado por todos lados. Se ha roto la suspensión del asiento y saltamos como bolas dentro de un bombo de lotería. Es como si en los últimos días nuestro vehículo ha envejecido 20 años. Da la impresión que todos los habitantes de la ciudad de los 400 templos han decidido juntarse en esta autopista. No en vano la cuarta parte de la gente lleva una mascarilla. Hay un bosque de señales de tráfico y Chinda se muestra cada vez más nervioso: «Hacía 17 años que no venía a Bangkok, todo ha cambiado». Nuestro guía nos había engañado. Ha sido un milagro no tener un accidente en el final del viaje, pues nos damos cuenta que Chinda no ve bien y le cuesta una barbaridad reconocer las señales. Todo el camino se ha dejado llevar por su intuición.
A las 12 del mediodía, tras 75 horas exactas, estamos en la terminal del aeropuerto. Por la matrícula del tuk tuk los taxistas se dan cuenta que hemos recorrido 800 km: «Tienes que estar loco», le dicen a Chinda dándole palmaditas en la espalda. Nuestro guía no cabe de gozo. Ríe y se guarda en el bolsillo de su camisa azul la otra mitad de dinero que habíamos acordado entregarle a la llegada: «¡De locos, de locos! Ja, ja». No sabemos si se refiere a él o a nosotros.

  • 783 km con un triciclo: un viaje para locos. El chófer nos pidió 1.000 euros, que tras los regateos de rigor se quedó en la mitad.
  • Tuk tuk: En muchos países de Asia estos vehículos de tres ruedas son utilizados como taxi. El triciclo tailandés, que se fabrica desde los años 60, se ha convertido en un icono gracias a su aparición en películas y postales. En Bangkok hay unos 75.000, y solo el dos por ciento de los conductores son propietarios del vehículo. El alquiler diario suele costar unos 400 bath (10 euros). La mezcla de moto y coche hace que un viaje en tuk tuk sea una experiencia inolvidable que hay que probar al menos una vez, pese a que no esté exenta de peligro. La primera regla es acordar el precio antes del viaje. Si no quieres tener sensaciones fuertes lo mejor es que en Bangkok te muevas en un taxi con aire acondicionado, que incluso suelen ser más baratos que un tuk tuk. Un triciclo sin matrícula puede costar unos 1.600 euros.
  • Bangkok: No es extraño que los conductores de los tuk tuk estén compinchados con los dueños de clubes de alterne, boutiques, joyerías y tiendas varias. Hay mafias que te ofrecen un tour por la ciudad a precios irrisorios y luego lo que hacen es llevarte de tienda en tienda. Compres o no, al conductor los dueños de las tiendas siempre le dan una propina. Por la noche en los sex shows reciben un 20 por ciento de la entrada por cada turista que lleven.
  • Thongtherm Chabchinda: Tiene 61 años, aunque en su carné de identidad pone 56, él dice que es por el seguro. El señor Chabchinda es uno de los 4.000 conductores de tuk tuk que hay en Chiang Mai. Chapurrea el inglés, domina el chino y estudió ciencia política en la universidad, antes de trabajar en seguros. Nació en Bangkok y hace 15 años que se gana la vida con el triciclo. Tiene dos hijos ya adultos y el menor ha seguido los pasos del padre en el negocio. Diabético, su lema en la vida es: «Todos hemos nacido para morir». Bebe un litro de cerveza y despacha un paquete de cigarrillos cada día. Hasta ahora su viaje más largo había sido 100 km, cuando lo contrataron por dos británicos. Tras una jornada de 10 horas suele ganar entre 1.000 y 1.500 baht (25-38 euros), de los que tiene que descontar el alquiler del tut tuk y el combustible (unos nueve euros).


Tailandia:

  • Capital: Bangkok.
  • Superficie: 513.515 km2.
  • Año de fundación: 1238 A.D.
  • Moneda: Baht.
  • Habitantes: 65 millones.

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