El yin y el yang de Marc Márquez

Pretender que accione un interruptor a mitad de carrera es algo que va en contra de su propia naturaleza

El yin y el yang de Marc Márquez (Fotos: Repsol / Gold & Goose).
El yin y el yang de Marc Márquez (Fotos: Repsol / Gold & Goose).

No se puede analizar a Marc Márquez como piloto desde dos extremos separados. No se puede hacer un listado con dos columnas para separar los pros y los contras. No se puede separar el piloto que capaz de ganar saliendo último del que se cae cuando ya ha hecho lo más difícil. Sencillamente, no se puede dividir lo bueno y lo malo de Marc Márquez.

No se puede dividir porque Marc Márquez es un todo, un deportista único en el que conviven el yin y el yang.

A las 14 horas, 7 minutos y 31 segundos, Marc Márquez cometió un primer error que le iba a costar todas las opciones de victoria en el Gran Premio de España que abría la temporada 2020.

A las 14 horas, 35 minutos y 38 segundos, Marc Márquez cometió un segundo error que le puede costar todas las opciones de conseguir su noveno título mundial en la temporada 2020.

En medio de esos dos errores, ofreció dos auténticas exhibiciones de motociclismo. En primer lugar, unos siete segundos de algo mucho más parecido al motocross que a la velocidad sobre asfalto para volver a pista cuando parecía que su carrera se había acabado.

Visto a posteriori, más le hubiera valido sufrir una caída a baja velocidad en ese momento y haber visto el resto de la carrera desde el vial. Pero si no hubiese ido más allá de los límites de toda lógica para mantener erguida su Honda RC213V entre la grava hasta retornar a pista con menos de diez segundos perdidos no sería Marc Márquez.

Dejadas las roderas en la escapatoria, regresó a pista y, a partir de ahí, hizo una de las cosas que más le gustan en el mundo: entregarse a la épica. Sabedor de que podía convertir un error en una de las páginas más brillantes del deporte, comenzó una de las exhibiciones más memorables que se recuerdan en toda la historia del motociclismo.

Con el asfalto seco y en la época de mayor igualdad mecánica de la historia de la categoría reina, empezó a ganar posiciones como si estuviese en el videojuego. Y además, sin hacer locuras. Nada que ver con aquel encabritado Márquez de Argentina 2018. Con adelantamientos agresivos, tal y como tocaba, pero limpios.

En un primer momento, lo lógico era pensar que al acercarse a las posiciones cabeceras se le iría complicando paulatinamente la tarea de atrapar y adelantar, pero no encontró más oposición que un intento de Jack Miller de recuperar la posición, como quien pospone la alarma del móvil sabiendo que el destino no será otro que el de levantarse.

El yin y el yang de Marc Márquez

Marc Márquez durante la carrera.

Con Fabio Quartararo caminando plácidamente hacia su primera victoria en MotoGP, Márquez ya estaba en posición de podio y tenía a tiro a Maverick Viñales. Tenía, además, todo el tiempo del mundo.

Desde fuera, la lógica invitaba a coger aire, relajarse, dar un par de giros a la rueda del de Rosas y preparar con calma el adelantamiento para hacerse con el segundo escalón del podio, llevarse los 20 puntos y esperar al siguiente fin de semana para asaltar el liderato, para lo que hubiera dependido de sí mismo.

Lo que sucede es que, si eres Marc Márquez, cuando la épica entra por la puerta la lógica sale por la ventana. Estaba encendido, totalmente eufórico, oyendo en la distancia a los espectadores entusiasmados, sintiendo el griterío virtual en el silencio de Nieto-Peluqui, consciente de que había transformado un cero seguro en un podio y, por encima del frío resultado, de que había vuelto a demostrar que nadie le puede ganar, que él es el que pierde. Estaba dando un puñetazo que partía en dos la mesa de MotoGP.

28 minutos después del primer error, llegó el segundo. Tras haber hecho lo más difícil, acababa por los suelos, con un cero en el casillero y, lo peor de todo, con el húmero fracturado, una intervención quirúrgica en el horizonte y la duda sobre el alcance real de la lesión.

Y claro, hubo rincones en los que los elogios se transformaron en críticas. En cuanto la épica se arrastró por los suelos de Jerez, la lógica volvió a abrirse paso y el de Cervera pasó a convertirse en una diana fácil. En un duelo de argumentación, toda la razón a quienes tienen la lógica de su parte. Pero la leyenda de Marc Márquez está cincelada en épica, no en lógica. Y pretender que accione un interruptor a mitad de carrera es algo que va en contra de su propia naturaleza.

No se puede separar al Marc Márquez que suma ocho títulos mundiales en diez temporadas del que se cayó cuando tenía a tiro la segunda posición tras haber remontado desde el fondo del pelotón. Es indivisible.

Si Marc Márquez es ocho veces campeón del mundo es porque jamás se ha conformado con una posición si cree que puede alcanzar la siguiente. Si Marc Márquez fuese un piloto que saliese con la calculadora puesta en la primera carrera de la temporada, no tendría tantos títulos mundiales.

Es así. Su yin y su yang. La locura de un genio. La genialidad de un loco. La dualidad de un solo ser. Nadie va a cambiarle. Hay que disfrutarle tal y como es, con sus dos caras. Porque sin una no existe la otra.

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