200.000 kilómetros con una Suzuki GSX-R750

Una mala caída con mi anterior moto me hizo pensar que era hora de cambiarla. Mi CBR600F tenía ya 6 años y 120.000 km, yo andaba un poco alicaído y empecé a pensar en modelos menos deportivos. Fui a ver la gama SV y al entrar la vi. Era todo lo contrario a lo que buscaba, pero ¡Dios!, era preciosa.

José Leandro Novellón. Fotos: J.L.N. -
200.000 kilómetros con una Suzuki GSX-R750
200.000 kilómetros con una Suzuki GSX-R750

Mi parte lógica decía que no, pero mi corazón dijo sí y a la segunda visita me la compré. Recuerdo perfectamente las primeras impresiones de la moto. En carretera abierta la postura era un poco más incomoda que la de mi CBR anterior, pero descubrí que la cúpula era más alta y ¡me cansaba menos! Pero, sin duda, lo que más define a esta moto y lo que me tiene enamorado, es su motor. ¡Maravilloso! No sólo hay caballos en la parte de arriba. La parte baja y media también son muy buenas. Poco a poco me fui acostumbrando y empecé a disfrutar de ella. Está claro que no me equivoqué en la decisión. Lo único que no sabía eran todas las experiencias que me esperaban.

La historia de mi moto es la de una moto «utilitaria» que se usa todos los días. He viajado con ella bastante, pero la mayor parte de los kilómetros no han venido de esta faceta. 90 km diarios para ir al trabajo, son unos 18.000 km al año. Así que, en mi caso, el campo de batalla habitual de mi moto son las carreteras A2, A1 y M50. Si vais de Alcalá de Henares a Alcobendas, es muy posible que os hayáis cruzado conmigo. Lo único bueno de hacer kilómetros yendo a trabajar es que la moto sufre poco. A veces me cuesta decir lo que duran las cosas porque la gente me mira raro... Pero hasta los 30.000 km de media anual, quedan 12.000 de pura diversión. Salidas los fines de semana, vacaciones, Jerez, Cheste... Siempre hay una buena ocasión para coger la moto.

Como a mi vieja CBR le hice 120.000 km, vi normal que la moto llegase sin ningún problema a ellos. De hecho, se comportó incluso mejor, porque la moto se desgastó menos. Casi no dio problemas y no apareció ningún desgaste raro. Todo fue gasolina y cambios de filtros y aceite. Mis vacaciones con la moto siempre han sido iguales: pongo un poco de ropa en la bolsa sobredepósito y a tirar millas, sin dirección ni finales programados. Lo disfruto más que así. En su primer verano, visité el pirineo aragonés y me dio por pasar a Francia. El segundo año, la moto me llevó hasta Portugal. Nunca había estado allí y descubrí un montón de carreteras llenas de curvas. El tercero lo recuerdo por el calor. Mi moto me llevó a las tierras del sur: Sierra de Alcaraz, Alicante, Almería, Córdoba, Lepe, Almadén, Madrid. Llegando a Córdoba hacía tanto calor que la moto iba a casi 100ºC y mi aliento era más fresco que el aire que llegaba. «¡Ozú, qué caló!» Con todo esto, los 100.000 km llegaron pasados 3 años yendo a trabajar. Foto de rigor y a seguir.

Con 120.000 km entré en el Jarama para hacer unas tandas. Soy piloto de carretera abierta y nunca me ha llamado mucho entrar en circuito. Fue una experiencia agridulce y estresante. La primera tanda tumbé menos que en mis carreteras favoritas. La segunda tanda fue la mejor. Los muñequitos que llevan los Michelin justo en el borde habían desaparecido. ¡Morid malditos, que siempre os reíais de mí! La tercera… fue el desastre. Pensé: «sal despacio, disfruta y vuelve a casa contento». En la tercera vuelta, al llegar a Pegaso, la rueda trasera quiso adelantar a la delantera.

Arreglé la moto y continué adelante. La otra parte importante de este periodo es la llegada de mi novia, Montse. Descubrió que le gustaban las motos deportivas, las curvas y la velocidad. La GSX-R la aceptó bien y de esta época destaco la visita a Salamanca en pleno invierno y con nieve, la ruta por la serranía de Cuenca con parada en Albarracín y la visita a la Bañeza para ver las clásicas.

En esta etapa, llegó el segundo examen a la moto. Quería hacer un viaje por Francia y la moto contaba ya con cerca de 180.000 km. ¿Aguantaría? Lo tuve claro. Revisión y la GSX-R, Montse y yo conoceríamos Francia. Hicimos 3.600 km, visitando el valle del Loira, París y Normandía. Fue y volvió como una campeona. Y así pasaron los kilómetros hasta que el 20 de marzo de 2011 salí a disfrutar de una ruta del fin de semana y tuve que parar en Priego (CU). La moto marcaba 200.000 km. Salté, bailé y casi lloré. Nunca pensé que llegaría hasta aquí. La moto me dijo: «¿Te quieres parar aquí?» Y yo le dije que no, y continuamos la ruta. El 200.000 fue desapareciendo hasta el día de hoy, en el que marca 228.000 km.

Todo lo que tiene un principio, tiene un final. Eso es lo que dicen, y es verdad. El brillo de los carenados va desapareciendo, algunas piezas de plástico están envejeciendo. ¡Pero el motor sigue sin consumir aceite! ¿Cuanto durará? Quién sabe. Algunas veces pienso cómo será el final. Tal vez lo mejor sería que un día el motor hiciera ¡pun!, y se parase. Después de tanto tiempo sin ningún problema, no soportaría que empezase a tener fallos ahora. O guardarla en una urna de cristal. Son tantos buenos recuerdos. Aun así, he de reconocer que últimamente le he sido infiel y he empezado a ver otras, pero no encuentro moto que me robe el corazón. La estética de los años 2000 me gusta más que la década actual, y no hay muchas alternativas al motor de mi 750 cc.

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