Eugene Laverty, el chocolate y las burbujas

Hace menos de cinco años peleaba por el título mundial. Hace tres meses no podía mover las piernas.
Nacho González -
Eugene Laverty, el chocolate y las burbujas
Eugene Laverty, el chocolate y las burbujas

Parece que han pasado varias décadas, y en realidad no hace ni cinco años. Fue allá por 2013, cuando Eugene Laverty se proclamaba subcampeón del mundo de Superbike con Aprilia.

Aquel año ganó hasta nueve carreras –las mismas que el campeón Tom Sykes y subió al podio en 19 ocasiones, más que nadie. Sin embargo, los fallos mecánicos de su RSV4 y alguno que añadió él acabaron decantando la balanza en favor del de Kawasaki.

El norirlandés atravesaba el mejor momento de su carrera. A sus 27 años estaba llamado a pelear por el título mundial de Superbike, después de que se le hubiese escapado por dos ocasiones el de Supersport, siendo subcampeón tanto en 2009 ante Cal Crutchlow como en 2010 ante Kenan Sofuoglu. Saltó a Superbike con Yamaha y ya deslumbró con un doblete en Monza, firmando al año siguiente por Aprilia.

Tras un primer año a la sombra del campeón Max Biaggi, la retirada del Corsario le daba galones de número uno en la casa de Noale. Aunque Sykes le dejó sin título, Laverty ganó claramente la comparación con su compañero, el francés Sylvain Guintoli, que sólo logró un triunfo por los nueve de Eugene.

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Por eso, cuando Aprilia decidió ir a por todas y fichar a Marco Melandri, resultó un tanto incomprensible que optasen por la continuidad del galo y dejasen a Laverty fuera. Esa decisión cambió la vida de los dos: Guintoli se proclamó campeón en 2014 y Laverty tuvo que encontrar acomodo en Suzuki, cuya GSX-R1000 estaba lejos de ser una moto ganadora.

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La victoria en la primera carrera de Phillip Island fue un mero espejismo. El resto del año fue un vía crucis del que solamente se salvó el podio que logró en la primera manga de Sepang, donde fue tercero en el doblete de Aprilia, con Melandri primero y Guintoli segundo. Hasta el día que subía al cajón tenía que recordar que su antigua moto estaba muy lejos de la actual.

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Ante un panorama nada halagüeño en Suzuki, optó por probar suerte en MotoGP de la mano del Aspar Team, volviendo a los prototipos siete años después de su periplo de dos temporadas en 250cc. Con Nicky Hayden como compañero y a lomos de una Honda RC213V-RS de la subcategoría Open, apenas pudo puntuar en cuatro carreras para ser 22º.

Mucho mejor le iría en su segunda temporada. La desaparición de la Open llevó a Aspar a hacerse con sendas Ducati Desmosedici GP14. A Laverty, que ahora compartía box con el colombiano Yonny Hernández, no le importó tener una máquina de dos temporadas atrás. Por fin tenía a su disposición una MotoGP real, y estaba decidido a aprovechar la oportunidad.

Lo cierto es que Laverty cuajó una temporada impresionante para los medios de los que dispuso. Acabó 17 de las 18 carreras y puntuó en 15 de ellas (sólo lo hicieron en más ocasiones Marc Márquez, Maverick Viñales y Pol Espargaró), acabando el año en 13ª posición con 77 puntos, casi cuatro veces más que su compañero. Notable fue su actuación en Argentina, donde acabó cuarto tras Marc Márquez, Valentino Rossi y Dani Pedrosa.

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Su actuación en Termas de Río Hondo asombró al mundo, pero dejaba una sensación agridulce. Un cuarto puesto en MotoGP con una moto tan inferior era toda una hazaña, pero la cuarta posición –la de la llamada medalla de chocolate- sabía a poco para alguien que se había acostumbrado a degustar el champán del podio.

Siendo su mejor resultado, también destacó al ser séptimo en Assen o sexto en Brno, pero nada de eso le valió para encontrar una moto mejor. Además, el fichaje de Álvaro Bautista por parte de Aspar comprometía sus opciones de continuidad, ya que todo hacía presagiar que el segundo piloto sería de pago. Finalmente fue Karel Abraham, y Laverty decidió volver a Superbike.

Fue un cambio de cromos, ya que Laverty fue al Shaun Muir Racing en el que había militado Abraham la temporada pasada con BMW. Sin embargo, habían decidido cambiar a Aprilia para 2017, y el conocimiento de la RSV4 de Laverty le convertía en un activo realmente valioso. Con todo, el norirlandés sabía que llegaba para sufrir, ya que desde que la marca de Noale se fue de forma oficial del campeonato, marcas como Kawasaki, Ducati e incluso Yamaha se habían situado claramente por delante.

Se arremangó y empezó a coleccionar presencias en el top ten, sumando a la sombra y tratando de recortar la desventaja con los nuevos cocos de la categoría. Paso a paso, acabó el año rozando el podio en dos ocasiones: tanto en Portugal como en Qatar acabó cuarto una de las mangas. Más chocolate.

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Había fe en este 2018. La trayectoria ascendente del año anterior llevaba a creer que la vuelta al podio estaba realmente cerca. Australia no fue del todo bien, y en Tailandia se consumó el desastre para el pobre Laverty, cuando caía en la quinta vuelta y era arrollado por la MV Agusta de Jordi Torres.

Un accidente que se saldó con una fractura de pelvis, pero cuyo relato por parte del propio piloto resulta escalofriante: “El miedo inicial de estar tendido en el suelo y no poder mover las piernas es algo que nunca antes había sentido”, confesaría después. Tuvo que pasar varias semanas en el hospital tailandés antes de poder volar de vuelta a casa.

En menos de dos meses ya estaba corriendo.

En Imola se lo tomó con calma, y ya en Donington se salió con un sexto puesto, el mejor resultado del año. Lo repitió en la primera manga de Brno, y en la segunda aprovechó la parrilla invertida y las caídas de los favoritos para ser cuarto. Un resultado muy por encima de lo esperado, pero que una vez más se traducía en quedarse a las puertas del podio.

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Y llegaba Laguna Seca, el escenario de uno de sus mejores triunfos de su inolvidable 2013. En la primera manga realizó una carrera casi intachable… para acabar cuarto, a un par de segundos del podio. Una nueva medalla de chocolate que no hacía sino aumentar sus ganas de champán. Por eso, en la segunda manga salió a por todas.

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Desde la pole que le daba el cuarto puesto del sábado, lo dio todo sin mirar atrás. Lideró hasta siete vueltas hasta que le pasó Jonathan Rea. Aguantó nueve más el segundo puesto, pero Chaz Davies se lo arrebató con un adelantamiento arriesgado que le hizo perder tiempo. El galés se disculpó, pero le había hecho perder unas décimas vitales para evitar que le cogiera Alex Lowes.

El de Yamaha parecía tener mejor ritmo y se acercaba peligrosamente, dispuesto a repetir el idéntico podio del sábado, con Kawasaki, Ducati y Yamaha pero sin representación de Aprilia. Por delante, nueve vueltas eternas. La amenaza de más chocolate, de otro maldito cuarto puesto. No lo podía permitir.

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Laverty apretó los dientes y empezó a hacer un ritmo prácticamente calcado al de Lowes, para mantener a raya al de Yamaha y, esta vez sí, cruzar la línea de meta en tercera posición. Le sobró más de un segundo para volver al podio, más de cuatro años después de la última vez.

Un tercer puesto puede saber a poco para un piloto que hace menos de un lustro ganó nueve carreras y subió al podio 19 veces, pero en Laguna Seca la botella de champán de Laverty estaba medio llena.

Más de cuatro años sin pisar un podio. Apenas tres meses después de estar tirado en Buriram sin poder mover las piernas. El escalón a ocupar era secundario. Después de tanto chocolate, de una maldita vez, por su garganta volvían a bajar miles de burbujas. Eugene Laverty ha vuelto.

Eugene Laverty, el chocolate y las burbujas

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