Despertando de Glasgow3 en Guttmann, por Kenny Noyes (y IV)

Os ofrecemos la última entrega del primer capítulo de la autobiografía de Kenny Noyes, “Desafíos de Superbike, Moto2 y Glasgow3”.

Kenny Noyes

Despertando de Glasgow3 en Guttmann (y IV).
Despertando de Glasgow3 en Guttmann (y IV).

(Continúa del tercer fragmento)

Esto me dejó completamente descolocado: estaba en un hospital, en una silla de ruedas, no me podía casi ni mover, hablaba muy mal y en general estaba fatal.

—¿Suerte? —le contesté con total incredulidad.

—Sí… ¡exactamente! —reiteró—. Creo que cuando te cuente la historia de mi accidente lo entenderás mejor.

Hizo otra pausa y, con un tono de voz más bajo, empezó a contarme su historia que todavía recuerdo, palabra por palabra:

Una mañana me levanté tras varios pitidos de la alarma, como de costumbre. Me hice un café con leche, me vestí y salí pensando que desayunaría bien en la cafetería que hay al lado de mi oficina. Vivía cerca del trabajo, porque me pillé el piso después de tener mi posición en la empresa asegurada.

»Salí a la calle pensando en cosas de trabajo mientras caminaba por la acera. Iba tranquilo. Silbando algo, creo, ya que solía silbar, al ir al trabajo por las mañanas. De repente noté un impacto fuerte en la espalda, salí volando hacia adelante y también hacia arriba. Luego caí sobre la acera, di bastantes volteretas y giros raros. En las vueltas que daba mi cuerpo me di varios golpes fuertes contra el cemento. Cuando estaba casi parado, oí unas ruedas de coche chirriando y el grito de una mujer, pero no veía nada. Me intenté levantar, y esa es la primera vez que lo sentí… De repente todo lo demás perdió importancia, porque intentaba mover mis manos y piernas, pero nada, no reaccionaban y no las sentía como antes.

Los médicos me dijeron que mi vida no estaba en peligro, que iba a sobrevivir pero me iba a quedar tetrapléjico para el resto de mi vida

»A mi alrededor empezó a llegar mucha gente buscando heridos, pero yo, por más que lo intentaba, no conseguía moverme ni levantarme. En uno de los intentos hice un ruido, como un gemido, que se oyó. Una de las personas que había allí se acercó preguntándome si le podía oír, pero se dio cuenta de mi estado. Pronto llegaron los de la ambulancia y me pusieron en una camilla.

»Aquí mis memorias se vuelven borrosas. Hubo muchas operaciones en el hospital, pero después de cada una de ellas me acuerdo que no conseguía mover nada. Finalmente me dijeron que mi vida no estaba en peligro, pero que al romperse mi cuello la médula espinal había sido cortada sin opción a poder ser arreglada. Vamos, que iba a sobrevivir pero me iba a quedar tetrapléjico para el resto de mi vida.

Tienes suerte, porque sabías el riesgo que había cada vez que te ponías la equipación y salías a pista. Yo, en cambio, iba andando y un conductor de autobús se durmió y me atropelló

»Por eso digo que tienes suerte, porque sabías el riesgo que había cada vez que te ponías la equipación y salías a pista. Yo, en cambio, iba andando a trabajar como cada mañana, un conductor de autobús se durmió metiéndose por la acera atropellándome. Por suerte a esa hora no había más gente, si hubieran estado conmigo andando les habría dado a ellos también.

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Despertando de Glasgow3 en Guttmann (y IV).

»Siempre he tenido miedo al riesgo, con mi Ducati iba lentísimo por la calle y nunca me he metido en circuito. Lo más arriesgado que hice fue ir a esquiar con mis amigos. Una vez tuve una caída el viernes que me asustó tanto que, aunque tenía el pack de fin de semana ya pagado, no esquié más. Me quedé los tres días allí esperando a mis amigos. Estaba todo el día en el bar como un alcohólico profesional (sonrió un poco) empezando con carajillos por la mañana y acabando por la noche con un montón de copas. Pero mira… el destino ha sido cruel conmigo. Me dio un autobús, y ahora tengo que aprender a subsistir con parálisis para el resto de mi vida.

Paró de hablar, y se quedó mirándome. Tardé un poco en asimilar lo que había dicho. Cuando lo entendí se me quedó una expresión de sorpresa y horror.

—Joder… qué fuerte… —murmuré, intentando imaginarme en su situación.

Nos quedamos un rato en silenció hasta que vino a buscarle un familiar, o amigo suyo. No me dijo nada más al irse. Yo estaba impactadísimo por sus palabras. Me quedé completamente solo, en silencio repasando todo. Pasado un rato vino a buscarme mi mujer, que enseguida me vio la cara y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, pero que estaba pensando en muchas cosas.

A partir de ese día dejé de preguntar a todos los pacientes por su lesión. Me sentía muy desafortunado por mi estado, pero me di cuenta que había gente pasándolo mucho peor.

“Está claro que no he tenido suerte, pero tampoco he tenido tan mala suerte, joder… ¡Qué fuerte!”, pensaba sin parar.

Al gimnasio

Cuando ya me podía moverme más, los fisioterapeutas me comentaron la posibilidad de que fuera a hacer sesiones al gimnasio. Recuerdo que era bastante grande, con distintas zonas para diferentes tipos de actividades. En cada zona solo había uno, o unos pocos fisioterapeutas.

Desde el primer momento me pareció que había demasiados pacientes para muy pocos fisios. Aun así me metí junto con los demás. No recuerdo exactamente cómo funcionaba, pero sé que había un horario y cada uno de los pacientes tenía una rutina específica. El problema es que éramos muchos, todos con una lesión distinta. Era un follón tremendo.

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Despertando de Glasgow3 en Guttmann (y IV).

Mi plan era hacer todo para mejorar cuanto antes, y poder irme de este sitio tan chungo. Un día tuve un conflicto grave con un pobre chaval de unos quince años que había tenido un accidente grave. Sé que yo tenía muchos problemas, pero me di cuenta rápidamente que él tenía más problemas mentales que yo. No paraba de molestarme y no hablaba pero se reía sin parar.

Estábamos los dos en la misma zona del gimnasio, en un sitio donde había unas barras paralelas, entre las que había que ponerse de pie sujetándolas con las manos. Para mí era muy complicado, pero lo intentaba una y otra vez, sin parar. De repente, una de las veces noté que alguien me pellizcaba el estómago por un lado, por la zona de la cintura. Grité bastante asustado, miré para ver quién era y vi a este chico.

—¿Qué haces? —pregunté bastante irritado—. ¡Para!

Me sujeté en la barra con una mano y con la otra le lanzaba bofetadas (bastante patéticas) con la mano abierta

Pero el chaval no me respondía y no paraba de reírse. Me di la vuelta para seguir con el ejercicio, pero pronto sentí otro pellizco. Esta vez sin parar ni girarme, le dije que se estuviera quieto. Esto se repitió otras dos veces, sin ningún cambio. Estaba más pendiente de los pellizcos que del ejercicio, hasta que llegué a cabrearme de verdad.

¡Si me vuelves a pellizcar te reviento la cara! —le amenacé.

Esto solo le hizo reírse más y en cuanto me giré para continuar con los ejercicios me pellizcó igual que antes. Furioso, me di la vuelta tan rápidamente que casi me caigo. Me sujeté en la barra con una mano y con la otra le lanzaba bofetadas (bastante patéticas) con la mano abierta. Él primero las bloqueaba pero luego empezó a lanzarme tortas a mí (también patéticas). Pronto los dos empezamos a chillar. Los fisioterapeutas se dieron cuenta de lo que estaba pasando. Vinieron corriendo y gritando para que paráramos. Pero nos tuvieron que apartar físicamente, para que dejáramos de pegarnos.

El personal nos separó, para hablar con nosotros individualmente de lo que había ocurrido.

—¿Cuál es el problema? ¿Os vais a pelear más? —me preguntaron.

—Me irrita, y por mucho que se lo diga no para de molestarme… seguro que si estamos juntos pasará algo otra vez y nos volveremos a pelear —insistí.

Entonces, en el gimnasio nos separaban para que nunca estuviéramos en la misma zona. Desde ese momento nunca volví a sentirme tranquilo entrenando. Por pura suerte, un día averigüé que había otro gimnasio completamente separado, allí al lado, en el propio recinto de Guttmann. Enseguida pensé que tenía que cambiarme y menos mal que lo hice porque, aparte de que no estaba el chavalín, este nuevo gimnasio tenía mejor atención personalizada.

En Guttmann existían varias zonas pero no estaban señalizadas ni había papeles para explicarlo claramente. Algunas zonas son parecidas a un hospital clásico donde te ingresan al principio. Otras se parecen más a un gimnasio que a un hospital. Aquí es donde se trabaja para mejorar tanto a nivel físico como cognitivo.

Pensaba que el “gimnasio” en el que estaba era el mejor, que no había ninguno más, pero estaba muy equivocado. Había uno que llamaban “privado” pero no te informan de esto. Esta zona no está abierta a todos los pacientes, principalmente por problemas económicos con los seguros. En cuanto descubrimos que había esta zona, mi mujer en seguida se puso con ello y al día siguiente ya podía ir.

Aquí es donde mi auténtica recuperación empezó porque había una verdadera atención personalizada. Realmente tengo que agradecer al chaval con el que me peleé, porque si no hubiera sido por los conflictos con él, probablemente, no habría descubierto esta zona. Sin la cual no quiero ni imaginarme como estaría ahora.

Estos primeros recuerdos son de cómo fue mi despertar del coma. Sé que está escrito de una forma bastante confusa, pero así es cómo me sentía de verdad. Quería intentar captar eso precisamente. Qué veas lo complicado que resulta para todos los que se despiertan de cualquier traumatismo craneoencefálico, y también para su familia.

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