Misión Balcanes: Croacia, Bosnia, Serbia y Rumanía

Las antiguas repúblicas yugoslavas ceden sus caminos más inhóspitos para conocer las entrañas de un territorio que, en moto de campo, también muestra la cara más amable de la humanidad.
Fran Rico -
Misión Balcanes: Croacia, Bosnia, Serbia y Rumanía
Misión Balcanes: Croacia, Bosnia, Serbia y Rumanía

Guerra, destrucción, asesinatos entre civiles… Son muchas las historias que conocemos de la península de los Balcanes, pero veinte años después de la masacre, la recorremos en moto de campo, descubriendo unas rutas y unos caminos absolutamente envidiables.

Zonas donde transitar con calma y donde rodar con tacos no está penado ni mal visto. En cualquier parte siempre se te recibe con agrado. Más cuando llevas una ruta desde España hacia Sibiu para presenciar Romaniacs.

Viaje Balcanes

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Costa croata y Bosnia

En Croacia es imposible no parar a contemplar sus azules playas y, tras Dubrovnik, tuve la sensación de dejar atrás Europa. La frontera sur de Bosnia, o mejor dicho, Herzegovina, me abrió las puertas a un nuevo mundo dentro de Occidente. El paso de Croacia a Herzegovina es como pasar de la España actual a España hace 80 años, ¡Increíble!

Mi camino discurría por una pista por un monte bajo en el que no se cruzó ningún coche hasta llegar a Medjugorje. El mapa marcaba mi ruta por tramos y en un cruce paré a buscar el rumbo cuando ante mí se levantaba un cartel que advertía que me encontraba en un campo de minas.

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Una vez pasado la peor cara de la guerra, contemplé la división real entre la población de Bosnia y Herzegovina. Se trata de un país completamente artificial donde viven croatas (católicos), eslavos (ortodoxos) y bosniacos (musulmanes). De repente, llegaba a un pueblo de croatas y la bandera que se alzaba era la croata y no la azul y amarilla de Bosnia.

El siguiente pueblo a cinco kilómetros era de musulmanes y mostraban la bandera de Bosnia, pero también la turca, al ser ‘hijos’ del Imperio Otomano y los letreros de las carreteras que venían en eslavo estaban tachados. En las cascadas de Kravica fue donde encontré al bueno de Goran. Trabaja alquilando piraguas en un pequeño lago que se llena con un impresionante salto de agua.

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«Creo que en 15 ó 20 años el conflicto se volverá a desatar. La guerra dejó una herida abierta que todavía no se ha cerrado». Esas fueron las palabras de Goran, un chico bosnio de 28 años que cuenta con pasaporte croata.

Mostar, encuentro con España

Continué por el valle de Neretva. Se trata de la primera misión donde España participó como «soldados de paz» para proteger a la población civil. A lo largo del valle, los soldados españoles fueron muy queridos, tanto que los bosniacos aún sienten agradecimiento hacia nosotros.

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Como ejemplo, la calle principal de Trebinje se llama «Avenida de España» y la carretera del valle denominada durante la guerra «La Ruta de la Muerte» ha pasado a ser «La Ruta de los Españoles». Pero más aún, la plaza mayor de Mostar se llama «Plaza de España» o «España TRG», en su lengua. Es aquí donde la bandera rojigualda ondea sobre los nombres de los 23 españoles fallecidos.

No encontraba sitio para dejar la moto porque el centro es muy estrecho y un «vigilante de parking» vino a cobrarme cinco euros por estar todo el día allí aparcado. Es decir, una estafa. A los segundos apareció el dueño de un pequeño bar echando al «vigilante» y diciéndome varias palabras en español. Me invitó a beber lo que quisiera y saqué de la maleta un sobre del mejor jamón ibérico envasado al vacío.

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Me dio las gracias por ser español y no fue el único. Cada vez que alguien veía mi matrícula con la «E», de España, me decía hola, buenos días, gracias, o me sacaban el pulgar. Abandoné Mostar dirección Sarajevo por las montañas. ¡Impresionante!, qué discurrir montañoso.

Sarajevo, la otra Bosnia y Srebrenica

La muerte del Imperio Austrohúngaro tiene mucho que ver con Bosnia. En una visita del sobrino del emperador Francisco José, el heredero al trono y su mujer, Francisco Fernando y Sofía Chotek, fueron asesinados en el puente Latino de Sarajevo.

La capital de Bosnia también recuerda el horror de la guerra en sus grandes barriadas soviéticas, en el aeropuerto y en las montañas. Una ciudad que perdió más del 60% de su población durante el Sitio de Sarajevo, seis años de bombardeos constantes por parte del Ejército de Yugoslavia. Una ciudad dividida y que sigue en esta situación. Porque… ¿Has oído hablar de la República Srpska?

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El itinerario me llevaba hacia la frontera con Serbia pero a las afueras de Sarajevo, unos botes de pintura derrochados sobre un cartel que indicaba mi entrada en la República Srpska me daban la bienvenida.

Bosnia está dividida en tres partes: **Bosnia (bosniacos) y Herzegovina (croatas) **forman una federación, y la otra mitad del país, dividida a su vez en dos territorios, es la República Srpska (serbios). Se trata del territorio de los serbios dentro de Bosnia.

Nada más cruzar la frontera imaginaria, comienzan a aparecer estaciones de esquí ancestrales fruto de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. Quedan pocas horas de sol pero el objetivo es dormir en el famoso, por desgracia, pueblo de Srebrenica. Se encuentra en el este de Bosnia, en un espacio comprendido entre la República de Srpska y Serbia.

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Las mezquitas vuelven a aparecer a mi paso y un nuevo valle da vida a Srebrenica y Potocari. A parte de los más de 8.000 musulmanes que yacen en un enorme cementerio donde todavía siguen enterrando a gente, es increíble que apenas haya hombres en el pueblo y los que hay son bastante jóvenes.

Hoy en día, la población musulmana vive con la ortodoxa e incluso el alcalde de la ciudad es serbio. El ambiente es sobrecogedor y las vueltas que me da la cabeza hacen que aún lo sea más. Ya en tierra del «enemigo» serbio, el nacionalismo es imperante y hay cantidad de hoces y martillos. Tan solo me detengo en Belgrado para disfrutar de una de las ciudades más cosmopolitas de los Balcanes porque el resto del país es bastante industrial.

Rumanía: camino del cielo

Las carreteras se vuelven caminos y los caminos carreteras. Voy en busca de la carretera Transalpina, una obra faraónica que discurre a más de 2.000 metros de altura y que cruza los Cárpatos hasta prácticamente Sibiu. La estampa es inimaginable, una montaña rusa que deja escenas salvajes y que solo se puede recorrer en verano debido a la nieve.

El fondo del valle llega hasta el río Olt y desde ahí no queda otra cosa que volver a subir, esta vez, por otra vía de peregrinación para los amantes de las dos ruedas, la famosa carretera Transfagarasan. Se trata de una obra militar construida bajo el régimen de Ceausescu como respuesta a la invasión soviética de Checoslovaquia.

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Tras varios días en Brasov en casa de mi amigo Mihai Birca, pude ver su hermosa iglesia negra, las ciudadelas, las calles austrohúngaras y el castillo de Bran y no de Drácula. Mi parada, más tarde, se trasladó por dos días a Sibiu para ver de primera mano el enduro extremo más duro del mundo, Romaniacs. En el primer día de carrera, me despedí de mis compañeros del hard enduro buscando de nuevo las antiguas repúblicas Yugoslavas.

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