Ai Ogura: La línea invisible

Píldoras 2020, capítulo 23: Ai Ogura, tercero en el Mundial de Moto3 2020.

Ai Ogura tuvo opciones de ser campeón de Moto3 2020 hasta la última cita en Portimao
Ai Ogura tuvo opciones de ser campeón de Moto3 2020 hasta la última cita en Portimao

Si algo ha cambiado la creación de la Asia Talent Cup, cuya edición inaugural fue en 2014, es la presencia de pilotos japoneses en la parrilla del Mundial de Moto3, donde poco a poco van recuperando el peso que tuvieron hace más de dos décadas en el octavo de litro. Con la MotoGP Rookies Cup y el FIM CEV como puente, han ido tomando posiciones.

A lo largo de ese Road To MotoGP, algunos fueron dibujando un trayecto ilusionante. Kaito Toba y Ayumu Sasaki fueron los primeros, dando el salto en 2017 tras pasar por la copa monomarca en 2016. Allí había un tercer japonés, también prometedor: Ai Ogura. En 2017 siguió progresando y logró victorias tanto en la Rookies como en el Mundial Junior de Moto3, pero una lesión le impidió acabar más arriba. Para colmo, el título de la Rookies iba para otro compatriota: Kazuki Masaki.

Se centró en el FIM CEV en 2018 y luchó hasta el final por el subcampeonato, terminando quinto. Suficiente para que el Team Honda Asia le hiciese hueco en el Mundial, donde Toba, Sasaki y Masaki no terminaban de despuntar.

A él le sucedió todo lo contrario: desde el primer día se sintió como pez en el agua en el Mundial. En su año de rookie puntuó en todas las carreras que acabó salvo una, y coronó su gran temporada estrenándose en el podio con un segundo puesto en Aragón para terminar décimo y muy cerca de Tatsuki Suzuki, el mejor japonés.

Ai Ogura subió siete veces al podio en 2020, más que ningún otro piloto de Moto3
Ai Ogura subió siete veces al podio en 2020, más que ningún otro piloto de Moto3

Comenzó 2020 y refrendó su gran pretemporada subiendo al podio de Losail al ser tercero. El parón por el Covid-19 no interrumpió su progresión y volvió con un segundo puesto en Jerez. Tras el traspié en el segundo paso por Jerez enlazó una gran serie de cinco carreras: tercero, cuarto, tercero, segundo, tercero.

Abonado al podio como ningún otro piloto de una categoría donde la igualdad propicia una enorme variedad de resultados, las posibilidades de título se antojaban reales. Japón ya no era solo una fuerza numérica en parrilla, también se hacía habitual en el podio. Sin embargo, Ogura empezaba a desinflarse, arañando puntos lejos del cajón, al que tardaría cinco carreras en volver.

Pese a una pobre secuencia de resultados, los errores de sus rivales le permitían llegar a la cita final con posibilidades de ser campeón. No era fácil, tenía que ser al menos séptimo y esperar el fallo de Albert Arenas. Acabó octavo y perdió el subcampeonato, terminando el año tercero, que además de ser su puesto más repetido en carrera (cinco veces) es el mejor para Japón en una década, desde el título de 250cc que logró Hiroshi Aoyama en 2009.

La sensación que queda es que, pese a que su enorme regularidad le permitió mantener la esperanza hasta el final, siempre le faltó algo. Ese último paso. Traspasar la línea invisible que separa a los candidatos de los ganadores, a los llamados de los elegidos. Tendrá que aprender a cruzarla, pero ya será en Moto2.

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