Álex Crivillé y el último Río del motociclismo

‘El noi de Seva’ fue el encargado de cruzar la última frontera que le quedaba a España.
Nacho González -
Álex Crivillé y el último Río del motociclismo
Álex Crivillé y el último Río del motociclismo

Los británicos y los italianos llevaban décadas instalados. Era casi como si hubiesen nacido allí. Algunos nortamericanos habían encontrado el camino, seguidos por un par de intrépidos australianos. Se cuenta que hasta un rhodesiano había llegado hasta aquel lugar mágico, habitado solamente por apenas una veintena de elegidos.

Entre ellos, se entendían en una mezcla de inglés e italiano, los dos lenguajes ‘oficiales’ de aquellas tierras. Aunque vivían en un paraje superior, no eran ajenos a lo que sucedía al otro lado de la frontera. Sabían que, cada cierto tiempo, alguien nuevo llegaba y cruzaba la puerta.

I think the next is a Spaniard”, se oyó decir a aquel australiano de pelo plateado que había sido el último en cruzar el umbral, un lustro antes. Sabía de lo que hablaba, porque le conocía bien. Aquel tipo tenía razón: el siguiente sería un español.

No obstante, para explicar su llegada, no queda otro remedio que retroceder unas décadas, cuando un aventurero llamado Ángel Nieto se propuso ir más allá de lo que aparecía en los mapas: recorrer desconocidas montañas, trazando senderos donde hasta entonces sólo había maleza; abriendo los caminos por los que habrían de penetrar Ricardo Tormo, Jorge Martínez ‘Aspar’, ‘Champi’ Herreros y, finalmente, Álex Crivillé.

La diferencia de Crivillé es que no se quedó ahí. Surcadas las montañas se adentró un bosque, siguiendo los pasos de otros precursores distintos.

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Allí, las primeras huellas de pisadas eran de una Ossa, y llevaban la firma de Santi Herrero, aquel pionero que se enamoró de una isla y que se fue demasiado pronto… pero que antes de su temprano adiós había dejado las indicaciones que dos décadas después servirían para que Sito Pons y Joan Garriga hundieran sus huellas en las roderas de la historia.

Crivillé había dejado atrás las montañas y el bosque, caminando rápido gracias a que pudo surcar a toda velocidad esas roderas dejadas por sus predecesores. Al cruzar el bosque, ya casi podía sentir, a través de la espesa bruma, la existencia de aquel lugar del que tanto había oído hablar pero cuyo acceso siempre había estado vetado para los pilotos españoles.

No tuvo miedo de enfrentarse a lo desconocido. Intentó recorrer el tramo definitivo en varias ocasiones. Esa pared vertical que separaba los llamados de los elegidos. Decenas de pilotos no habían pasado del bosque, o directamente se habían quedado en las montañas. Sin ir más lejos, ninguno de sus predecesores había logrado escalarla.

La magnitud del desafío era suficiente como para amilanar a cualquiera. Crivillé estaba lejos de ser cualquiera. Lo acometió una y otra vez. Cada fracaso no hacía sino animarle a intentarlo cada vez con más ahínco, más convencido de sus posibilidades. Aprendiendo de sus errores, entrenando para ser más rápido, más fuerte, más inteligente. Mejor.

Aquel 1999, trepó con más agilidad, más decisión y más firmeza que nunca. Era el mejor y lo sabía; ya sólo tenía que demostrarlo.

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Mezclando grandes zancadas con prudentes pasos iba ganando altura. Algún leve traspié le hizo titubear, pero nada más. Había aprendido que saber sobreponerse y seguir avanzando en los momentos de zozobra podía marcar la diferencia entre el éxito o el fracaso de la empresa.

Cuando más subía, más sentía la presión. Le pitaban los oídos. Aunque no le alcanzaba la vista, podía sentir a un país entero animándole desde abajo, llevándole en volandas para dar los últimos pasos. Más pequeños pero más importantes. Casi podía ver la meta.

Faltaba el paso final. El último Río. Desde fuera, podía parecer un mero trámite. En la piel de Álex, una trampa. Había tanto que perder que lo más fácil era dejarse atenazar por la dimensión de la proeza que ya casi podía sentir con las yemas de sus dedos. Sucumbir al cansancio físico y mental que había soportado durante todo el camino.

Con los nervios a flor de piel pero seguro de sí mismo, ‘el noi de Seva’ se zambulló en el agua y, después de casi 46 interminables minutos, apareció en la otra orilla del Río. Por fin.

Allí estaba. Aquella veintena de pilotos, escépticos con los aspirantes pero hospitalarios con los que lograban cruzar el umbral, le recibieron con los brazos abiertos. Incluso habían aprendido algunas palabras en español para darle el recibimiento que merecía. “¡Bienvenido Crivi!”, acertaba a oírse entre esa selecta multitud.

Emocionado y exhausto, Álex Crivillé avanzó y se integró entre ellos como uno más. Porque ya era uno más en aquel lugar mágico en cuya entrada, ya a su espalda, se podía leer:

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(Reservado el derecho de admisión)

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