Yamaha FJR 1300. Prueba La Moto

Ya lo sabíamos. La primera FJR lo demostró y la última versión de esta excelente turismo lo corrobora. Para ser una GT cuenta con unas interesantes reminiscencias deportivas que nos harán hervir la sangre siempre que lo deseemos. Interesante pero, ¿el fin justifica los medios?

Luis López. Fotos: Rossen Gargolov -
Yamaha FJR 1300. Prueba La Moto
Yamaha FJR 1300. Prueba La Moto

He de hacerte otra pregunta, ¿en qué piensas cuando tienes en mente una moto para viajar? ¿Tal vez en una enorme tragamillas provista de un amplísimo carenado y maletas de enorme capacidad? Si mides las aptitudes de una GT por este rasero es posible que la FJR nunca te haya encajado. Pero créeme si te digo que aunque parezca duro reconocerlo, de algún modo practica el maquiavelismo. Lo más interesante de todo es que le funciona, ¡y de qué manera!

A los mandos de la Yamaha FJR 1300A nos damos cuenta de que, efectivamente, el fin justifica los medios. Convertir una moto rutera en una deportiva adaptada a las circunstancias, no solo merece la pena sino que logras, en gran medida, distanciarte de lo convencional; bien, en realidad ha sucedido un poco al contrario. Yamaha ha partido de un concepto deportivo, con un motor «marca de la casa», para dar vida a una turística de eminente carácter sport. El resultado es una moto tremendamente divertida, con un motor explosivo sin necesitar cifras de potencia desbordantes y una ergonomía y confort que en poco envidia a las más equipadas del segmento. En otras palabras, si no quieres ver penalizada la versatilidad de una moto convencional por un peso y dimensiones de GT, la FJR te ofrece una de las mejores opciones para exprimir al máximo tanto sus cualidades viajeras como los desplazamientos del día a día, o esas salidas domingueras aprovechando los tímidos rayos de sol invernales que vete tú a saber cuándo los volveremos a disfrutar…

Hace tiempo que he perdido la cuenta de las motos que he probado en mi vida. Sin embargo, algunas de ellas me han llegado a resultar más familiares o cercanas por diferentes motivos. En este caso, esta Yamaha FJR1300A me trae muy buenos recuerdos. Mi hermano tuvo tiempo atrás a bien hacerse con los servicios de una de ellas, azul, preciosa, con ABS. Él venía de una deportiva sin compromisos y apenas dudó llegada la hora de elegir su próxima moto; eso sí, su mujer demandaba mayor confort y un lugar donde meter sus pertenencias en cada viaje. Recuerdo que me pidió consejo, pero en realidad no sé con qué motivo; sí, yo la había probado y me encantaba pero él, sin hacerlo, ya tenía los números preparados para acercarse a Motos Cortés y pagar lo que le pidiesen por ella.

Fue así como se inició una relación inseparable entre la FJR de mi hermano y un servidor. Yo no era su dueño, pero como siempre hemos compartido nuestras motos, la verdad es que, cada vez que la usaba, la sentía como mía. Solo llegué a darle vueltas a tres detalles que consideraba, tras muchos kilómetros a sus mandos, mejorables: la progresividad y recorrido de la suspensión trasera, la ausencia de una sexta en el cambio y, sobre todo en verano, el insoportable calor que desprendía su motor desde el interior del envolvente carenado. Sin duda el «plan de evacuación» no había sido bien trazado.

Con el paso del tiempo Yamaha ha sabido ir retocando su FJR para limar asperezas, y si bien el asunto de la refrigeración parece haberse enmendado en gran parte gracias a sus laterales escamoteables, lo cierto es que durante estas semanas de frío que me ha tocado «disfrutar», con temperaturas inferiores a 6 grados de máxima, poco te puedo indicar en este aspecto. En cuanto a la suspensión, las dos posiciones de muelle disponibles restringen en cierto modo el margen de maniobra: o te quedas algo corto sufriendo topes o la notas demasiado rígida y poco progresiva. Mientras tanto, la sexta marcha sigue siendo la eterna esperada. Los consumos lo agradecerían, si bien en una conducción más o menos relajada tampoco se encuentra penalizada.

Aquella FJR sigue en el garaje de mi hermano; de hecho, la batería original ya ha pasado a mejor vida por falta de uso y no precisamente porque él ya no monte en moto, pero así son las cosas. Mi hermano y yo sabemos que en cuanto le instalemos una nueva, arrancará a la primera y volverá a transmitir las mismas sensaciones medidas, como no podía ser de otra forma, en decenas de miles de kilómetros de satisfacción. Aunque pensándolo bien, ¿para qué recuperarla teniendo no en el suyo, pero sí en mi garaje, la FJR1300A 2013? ¡Habrá que disfrutarla!

Todo me ha parecido indicar, tras unos días «de trato» con ella, que el paso del tiempo no ha minado la moral de una moto incombustible, aunque siempre hay excepciones. Por ejemplo, la maniobrabilidad en parado nunca ha sido uno de sus fuertes y así sigue siendo en la nueva FJR, no por la anchura de las maletas precisamente. Los 289 kilos en orden de marcha pasan factura en momentos como éste, aunque por fortuna solo lo notarás cuando tengas que mover la moto en el garaje para no raspar con las maletas al coche del vecino o cuando aparques en la acera; no te valdrá cualquier hueco ya que esta Yamaha resulta algo voluminosa, pertrechada de las maletas. No lo es demasiado sin ellas, pero si las llevas encima sabrás que ellas llegarán antes de lo que imaginas a los obstáculos que te encuentres a ambos costados.

Nada nuevo que deba sorprenderte o resultarte negativo. De hecho, lo que de verdad llama la atención es lo bien que se circula con ella a baja velocidad. Con la altura mínima del asiento al suelo y la posición que ofrece el manillar, también regulable, te mueves a sus mandos con una soltura increíble. Sin duda, gran parte de ello se consigue no solo por la posición, sino también por un motor tan dulce como elástico. El salto entre marchas es mínimo y, al poco de moverte con esta FJR por recorridos urbanos, acabas subiendo de primera a quinta en un suspiro para circular a bajo régimen en la marcha superior… ¡Parece que ruedes con la versión automática!
Para rematar, la dirección gira lo suficiente como para apenas maniobrar en un palmo realizando cambios de sentido, o sortear coches atascados en hora punta. A la suavidad del motor se une un embrague que no se queda atrás y un cambio que, además de bien escalonado, cuenta con un selector también de mantequilla.

Desde luego y como te he comentado más arriba, el peso y las inercias se dejan notar rodando por la urbe, aunque a poco que te desenvuelvas con esta Yamaha sabrás cómo salvarlo. Ella te lo facilita más de lo que puedas imaginar en un principio. Esa suavidad de la que hace gala en la práctica totalidad de sus elementos la traslada a otros ámbitos sin despeinarse. De hecho, tal vez peque por exceso si la carretera se retuerce y llega el momento de quemar adrenalina. La FJR pretende, y lo consigue en gran parte, hacerte olvidar que ruedas sobre una Gran Turismo en esos tramos en los que estiras más cada marcha y aprovechas a tope la capacidad de los frenos. Es en este instante cuando se echa en falta una horquilla con más retención, al menos para soportar el mordiente de unas pinzas que se ríen del peso; la suspensión no tanto. Incluso en zonas en las que aguantas con la maneta apretada notas cómo tiende a subvirar un poco, a lo que tienes que hacer frente tirando más hacia dentro de la moto mientras sueltas con suavidad la maneta derecha y el pedal del mismo lado.

Te lo diré con otras palabras, ¡cómo va entre curvas para ser una GT! Ese doble carácter que lleva implícito esta «efe jota… erre» lo sabe aprovechar, y de qué manera, cuando llega la ocasión. Algo que no todas las de su segmento son capaces de exprimir y que resulta especialmente bienvenido si, como en el caso de mi hermano, deja de pensar en una deportiva en el momento de jubilarla para encaminar sus pasos hacia su próxima compañera de fatigas.

Pero si pasártelo bien con una GT por carreteras de segundo orden no solo es posible, sino además muy recomendable con la FJR, al saltar a recorridos por tramos abiertos, libres de tráfico y si es posible con amplios curvones sin radares, de repente reclama el máximo protagonismo; vamos, que «el mundo es suyo» y apenas ofrece margen de maniobra para que una igual se le acerque. Curiosamente, con el gas roscado prácticamente a tope y pista libre por delante, se echa en falta una mayor protección de la cúpula incluso con ella fijada a su máxima altura. Por un lado hay que elogiar la falta de rebufos en su posición superior, algo difícilmente achacable a otras compañeras suyas que, a cambio, sí aportan más protección tanto por altura como a ambos lados de su superficie. ¡Es deportiva hasta para esto! Ahora bien, no creas que vas a prescindir de la necesaria desviación del viento para buscar el techo del motor. Cuenta con ello, pero lo cierto es que con una pantalla más generosa, apenas te saldrá ese gesto intuitivo de agachar la cabeza entre los hombros para mirar a través de la propia pantalla, en busca de ese efecto aerodinámico que nos hará ganar algún que otro kilómetro por hora extra.

Sea o no mejorable la aerodinámica para el cuello del piloto, lo cierto es que la FJR es, metida en faena, lo más parecido a un tren… pero no uno enorme de mercancías con muchos vagones de los que tirar, sino otro más bien ligero, algo así como un AVE con la palanca de velocidad en la posición de «máxima potencia». Una vez más, el motor se presenta como auténtico protagonista de nuestra particular película, con una elasticidad que apenas te hará bajar de quinta si has de cortar gas. Su respuesta es inmediata desde muy bajo régimen y lejos de intimidar, consigue una linealidad y progresividad que generan una confianza absoluta. Al final acabas jugando con el gas sin nada más, ya que la retención al cortar es la suficiente para reducir velocidad de forma considerable, mientras que con solo abrirlo de nuevo te encontrarás de nuevo y en pocos segundos flirteando con velocidades de vértigo.

Si bien antes encontrábamos a las suspensiones algo remolonas a adaptarse a una conducción más o menos agresiva, en esta ocasión la suavidad ofrecida por las mismas se agradece, lo que nos recuerda también al tacto que nos regaló entre las calles de la ciudad, donde se tragaba sin apenas rechistar uniones de asfalto, baches y juntas como si apenas existieran. Todo ello consigue hacerte reflexionar sobre la verdadera razón que ha impulsado a los ingenieros de Yamaha al diseñar las suspensiones de la FJR. En realidad, lo que debe primar en una moto así es eso mismo, el máximo grado de confort, sumado a un buen comportamiento en carretera traducido en un tacto neutro, y estabilidad total a velocidades elevadas. Dicho y hecho.

Con lo que posiblemente no cuenten esos mismos ingenieros es con los límites de velocidad impuestos en nuestro país. Tal vez piensen que alguna vez podremos darnos el capricho de viajar hasta Alemania y allí poder disfrutar rodando sobre las autovías libres de limitación. Pero tanto tú como yo sabemos que el problema no es lo mucho o poco que pueda llegar a correr una moto, sino en lo bien o mal que se tenga amueblada la cabeza. Por desgracia, en nuestro país el número de descerebrados por metro cuadrado resulta preocupante y, ante semejante circunstancia, lo más «indicado» es legislar para la masa en plan «café para todos».
Mientras me detengo en una gasolinera a repostar, comienzo a darle vueltas a todo ello. Qué pena. En fin… Al menos reanudo la marcha con una sonrisa en labios. Tengo como mínimo dos motivos para ello: el consumo de la FJR no es demasiado exagerado para el ritmo que he llevado con el último depósito y… ¡ya está bien!, voy a hablar con Ramón para poner al día su FJR. El dire me acaba de mandar un SMS al móvil diciéndome que tengo que devolver la moto esta misma mañana. La competencia también quiere probarla. No me extraña. Ésta es una de las novedades estrella de 2013 y doy fe de que lo es, no solo sobre el papel.

La verdad es que, después de tantos kilómetros a sus mandos, me acabo de dar cuenta de que ni el frío me ha detenido. No, yo no me quiero quedar con las ganas de seguir disfrutando de una moto así, de modo que tiraré de paga extra para comprar la batería. Menos mal. Una vez más, el fin justifica los medios.

Cuando una moto perdura en el tiempo sin grandes cambios, eso es señal de un trabajo bien hecho. Yamaha partió de cero al concebir su FJR allá por el año 2001 pensando en un modelo con recorrido, y así ha sido. Su planteamiento, heredado en cierta forma de las primeras Yamaha FJ 1100 y Yamaha 1200 de los brillantes años 80, ha enamorado a usuarios de dos décadas por múltiples motivos, entre los que destaca su doble carácter turístico deportivo que ha ido más allá de la típica imagen, tranquila y «señorial», de cualquiera de las GT conocidas hasta entonces. Pero lejos de mostrarse como una moto agresiva, Yamaha ha conseguido un motor extraordinariamente dulce y lleno que ofrece precisamente una imagen totalmente contraria a esta. Esa doble personalidad de la que te hablo también la encontramos en su tetracilíndrico, de temprana respuesta a cualquier régimen, nulas vibraciones y fuerte temperamento a medida que subimos de vueltas. Todo ello convenientemente aderezado con una posición de conducción donde puedes ajustar manillar y asiento, así como una parte ciclo tan apta para rápidos curvones a tope como agresiva en decididos cambios de dirección. Con una GT así, ¿para qué necesitas pensar en otras motos? Bueno, sí, tal vez en la misma base pero con cambio automático. Apenas me he bajado de la FJR1300A y ya estoy deseando rodar con la AS…

A favor

  • Doble carácter sport turismo
  • Comportamiento del motor
  • Compacta para ser una GT


En contra

  • Protección de pantalla mejorable

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